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Fuera de compás

La mejor banda del mundo

La mejor banda del mundo

La mejor banda del mundo

Los Teenage Fanclub fueron el mejor grupo del mundo. Así, sin anestesia. Y lo fueron durante, al menos, diez años. No le den más vueltas, que no les líen. Como cuando les dijeron que los U2 eran la bomba y resultó que los buenos eran Echo and the Bunnymen. Las cosas claras y el chocolate, espeso. Háganme caso. Durante los años noventa nadie fue capaz de facturar seis discos perfectos, uno detrás de otro, desde «A catholic education» hasta «Howdy». Ojo a la ratio. Vale, igual los extremos no son de matrícula de honor, pero entre medias tienen «Bandwagonesque», «Thirteen», «Grand Prix» y «Songs from Northern Britain» que para sí los quisieran, que le diría yo, Radiohead. Que en aquella época sacaron dos discos brillantes, pero después se columpiaron que daba gusto.

¿Nirvana, dice? A qué santo. Dos discos fabulosos, pero no les dio tiempo a más. Kurt Cobain, todavía en plena posesión de sus facultades mentales, sentenció que los Fannies eran el mejor grupo del momento. El sinvergüenza de Noel Gallagher dijo que eran la segunda mejor banda de los noventa, por detrás de Oasis. Otros que tal, disco y medio. Los demás, para colgarlos de un hilo y espantar moscas. En aquella década sólo Blur podría hacerles sombra con una proporción parecida de discazos en diez años. O Paul Weller, antes de convertirse en un insufrible imitador de Richie Havens. Pulp fueron sensacionales, pero irregulares. Como los Charlatans o Manic Street Preachers. Pearl Jam me provocan náuseas, Wilco están sobrevalorados, Jayhawks y Suede pierden por cantidad. P.J. Harvey era demasiado errática, y su exnovio australiano, un tostón.

Oigo Cracker al fondo de la sala. Les falta un disco para empatar, pero podrían estar en el pódium, como Luna. Yo La Tengo eran demasiado experimentales y pasotas. Y siempre la cagaban con algún tema larguísimo y aburrido. Esos Sonic Youth, tan listos que eran y no sabían afinar las guitarras. Y no me vengan con grupos rarísimos como The Peticawns, aquel combo que montó el guitarrista de los Grijanders cuando el cantante se hizo concejal de urbanismo. Venga, humor noventas.

Los Teenage nunca fallaban. Melodías cristalinas, agridulces armonías vocales, electricidad cálida, estribillos colosales y una magnífica capacidad evocadora que tocaba la fibra sensible a cualquier amante del pop-rock clásico con deudas sesenteras. Actualizando el legado de los Byrds, Big Star, Neil Young, Beatles, y Badfinger eran superiores a los Posies, que se pasaban de ruidosos; a los Velvet Crush, que se escoraron demasiado al country o a los Gigolo Aunts, que no acabaron de cuajar. Eran humildes y agradables en el trato. Jamás publicaron un doble elepé, cosa que descalifica a los Smashing Pumpkins, pretenciosos petardos ridiculizados por Stephen Malkmus en «Range life». Y hablando de Pavement, a lo mejor fueron ellos el mejor grupo de los noventa, pero sus fans me caen fatal, sabihondos con aires de superioridad moral… En fin, miren el calendario y relajen la mandíbula. Piensen, si quieren, que todo ha sido una inocentada. Pero luego escuchen a los TFC y comprobarán, si tienen algo de oído, que tengo más razón que un santo.

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