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MÚSICA CRÍTICA

Sin complejos ni remilgos

Enrique Palomares, durante el concierto. | P.M.

Desde la poderosa irrupción del movimiento historicista allá por las últimas décadas del siglo pasado, la música barroca y ya hasta la clásica parecen haberse convertido en coto vedado de las formaciones con instrumentos originales. De hecho, hoy, bien entrado el siglo XXI, es muy extraño que una orquesta sinfónica, de instrumentos modernos, tenga la «osadía» de adentrarse en el «sacrosanto» coto de los historicistas y sus arcaicos instrumentos de época. Por ello, que la Orquesta de València, que una pequeña plantilla integrada por quince de sus mejores profesores de cuerda, haya tenido el coraje de adentrarse en las desnudas páginas vivaldianas de Las cuatro estaciones, supone, además de un riesgo de alto peligro en estos tiempos «historicistas», una osadía que pone a los «intrusos» a tiro de tantos puristas ortodoxos y escrupulosos.

Y lo han hecho, además, de la mano de uno de sus dos concertinos, el cullerense Enrique Palomares, músico de formación tan sobresaliente como su talento. Virtuoso inapelable, joven y veterano, Palomares ha abordado con sus colegas de la Orquesta de València y el clave de Ignaci Jordà un Vivaldi sin complejos ni remilgos. Han tenido la honestidad y buen juicio de no intentar ser «historicistas» desde la sonoridad de sus instrumentos actuales. Han sido y se han mostrado como lo que son: músicos sin corsés, que abordan la obra de arte como siempre la han sentido y escuchado.

Versiones, virtuosas, limpias, claras, sin dobleces afinadas y empastadas, que se aproximan más a las «clásicas» de toda la vida, como las de I Musici (tanto con Pina Carmirelli como con Félix Ayo); I Solisti de Zagreb con Antonio Janigro y Jan Tomasow al violín); Virtuosos de Moscú con Spivakov, y tantas otras, que a las «historicistas» de La Petite Bande y Sigiswald Kuijken, de Europa Galante y Biondi o The English Concert y Trevor Pinnock con Simon Standage.

No hace tanto, hubiera sido inimaginable que la Orquesta de València pudiera hacer realidad un Vivaldi de semejante empaque instrumental, de la cuidada calidad, criterio y hechura concertística como el escuchado el jueves en el Espai Rambleta. De tiempos más calmos que precipitados, que invitaban al regodeo en la riqueza melódica y armónico, particularmente, claro, en los movimientos lentos. También al lucimiento individual de los instrumentos, siempre ensamblados estupendamente en un bien acabado trabajo de conjunto. Como solista y concertador, Enrique Palomares se lució e hizo lucirse a sus compañeros en cada uno de los cuatro conciertos para violín que integran la famosa colección. Volvió a hacer brillar su bien proyectado sonido, su fraseo natural y ese aplomo y saber estar tan suyo, ya sea como solista como desde la posición de concertino.

Pero la música de Vivaldi no llegó sola. Intercaladas entre cada una de las cuatro estaciones, intercalaron sucesivamente y como bocanadas de modernidad, atrevimiento, humor y también alarde instrumental, las Cuatro estaciones porteñas del argentino Aitor Piazzolla, del que se conmemora el centenario de su nacimiento. En ellas, el virtuosismo se hizo versatilidad, y la perfección magia sonora. Aires populares, resonancias vivaldianas, y lenguaje propio se combinan en estas otras cuatro maravillas del gran Piazzolla. La poco propicia acústica no impidió que el público del Espai Rambleta se contagiara de las bellezas y sugestiones de todas y cada una de las ocho estaciones. Los muchos aplausos no lograran arrancar un solo bis a los músicos. Cosas quizá del toque de queda.

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