Emocionarse en estos tiempos de coronavirus es difícil. El incesante martilleo de muertes y contagios ha creado una armadura casi infranqueable en torno a nuestros sentidos después de un año de pandemia. Como si hacerse fuerte frente a la adversidad significara ser un muro de contención, cada vez menos sensibles y más fríos. Antes, medir la felicidad era mesurar la temperatura emocional, su disfrute, pero ahora, que se observa todo desde un plano aséptico con distancias de seguridad y mascarillas, es estar confinado sin contagiarse.

Pero ayer, en medio de estas nubes de incertidumbre, Tomasa Guerrero “La Macanita” llenó el Teatre Martín i Soler en la tercera sesión del ciclo "Les Arts És Flamenco" y emocionó con su voz profunda, rasgada y bella. Su cante fue un homenaje a La Paquera de Jerez, a Fernanda de Utrera y a La Perla de Cádiz, tres puntales del flamenco que sobreviven a los envites de la actualidad y sus fusiones gracias a artistas como Tomasa.

La gitana de Jerez brilló en los tangos, las seguiriyas y las bulerías con una rotundidad absoluta porque su cante es incorruptible, hermético, sin grietas ni golpes de efecto. Su flamenco nacía con una elegancia absoluta y se convertía en una experiencia honda, siempre ardua y a veces dolorosa con ese tono tan personal y diferente, como roto de emoción de cada “quejío” que daba. Porque el flamenco puro requiere esfuerzo, constancia, paciencia e inspiración, cuatro virtudes que La Macanita mostró ayer para cantar con ese encanto misterioso con el que también toreaba Curro Romero o pintaba Zuloaga.

Pero el verdadero duende brotó al final de la función con dos letras que tuvieron sabor a fin de fiesta. Con los cinco protagonistas del acto de pie, fuera de micros y al borde de las tablas, crujió el sentido a capela con dos bulerías, al más puro estilo jerezano, con mucho poderío y sin dejar de bailar ni palmear. Al final, con todo el auditorio de pie, el silencio se transformó en clamor y recibieron una cariñosa ovación.

El broche de oro a capela de La Macanita en Les Arts J. R.

Asimismo, la cantaora que recibe el nombre artístico de su padre, El Macano, apareció en escena con solemnidad, ataviada con un precioso mantón de Manila, que se quitó en la primera canción y, antes de empezar a cantar, dio las gracias al público por permitirle trabajar, de nuevo, en un escenario: “Sin vosotros, esto no sería posible”, anunció antes de arrancarse con unas sentidas alegrías en un concierto que duró poco más de una hora. Entre tema y tema se acordó de las naranjas de la terreta, la paella valenciana y dedicó unos tangos a su primo Fernando Terremoto. Un micro enfilmado de plástico y una peineta que le molestaba en el pelo durante los primeros compases no le impidieron mostrarse tal y como es.

El guitarra Manuel Valencia acompañó a la cantaora y destacó con ese rasgueo tan particular que tienen los tocaores jerezanos. El hecho de llevar una guitarra de Hermanos Conde ayudó, pero la capacidad y el virtuosismo de Valencia también valieron la entrada e hicieron más auténtico si cabe el cante.

La Macanita se fue de València rota de emoción y agradecida. Y es que el flamenco forma parte indisociable de nuestra educación emocional gracias a su duende.