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Tribuna

Antón García Abril, la melodía y el mar

García Abril

García Abril

-¿Qué es tu novio?

-Compositor.

-Y ¿ en qué trabaja?

Áurea Ruiz García era alumna en el Conservatorio de Madrid cuando conoció a Antón García Abril. Éste acababa de llegar de València donde había estudiado con los grandes maestros de la época. Todavía no podía responder que su novio era compositor. Áurea solía decir que lo primero que vio en Antón es que era guapo. Éste había dejado la capital del Turia donde había estudiado en el Conservatorio. Antes fue músico de banda en Teruel como su padre. Antón dejó en València grandes amigos, más de un maestro, varios condiscípulos entrañables y sobre todo, el mar. Hasta el final de sus años de viajero siempre que podía visitaba València. Sobre todo, el mar.

Solía decir que tenía dos grandes pasiones: la melodía y el mar. Musicalmente perteneció a la generación del 51 en la que privó la música moderna, los nuevos conceptos que podían nacer en músicos como Stravinski, compositor que únicamente tenía pasión por lo tradicional cuando en Suiza acudía muchas noches a casa de José Iturbi para que la esposa de éste le sirviera de cena huevos fritos.

Antón fue alumno del Conservatorio de València, que por entonces dirigía Manuel Palau, autor entre otras obras de ‘Marcha burlesca’ y ‘Concierto levantino’, y entre otros profesores contó con don Eduardo López-Chavarri, con cuyo hijo compartió horas de estudio, fundamentalmente, de piano. En una de estas tardes en casa de don Eduardo, en la vieja Ciudad de los Periodistas a orillas de la Alameda, estaba Eduardito tocando el piano y su madre que era muy exigente musicalmente le espetó: «Que, Eduardito perfeccionando chapucerías». Antón siempre recordaba aquella frase que era gran exigencia y que tuvo mucho tiempo en cuenta para el estudio y la composición.

Antón mantuvo siempre contacto con València y aceptó encargos tan comprometidos como presidir el jurado del Certamen Internacional de Bandas de Música. Siempre recordaba que votó en favor de la Artística de Buñol, en 1913, año que obtuvo el primer premio. En Benicasim también aceptó ser jurado del concurso Internacional de Guitarra Francisco Tárrega. Antón no desaprovechaba las mañanas para pasear con Áurea por el paseo marítimo. En nuestras conversaciones salían a relucir grandes músicos valencianos como Daniel de Nueda, pianista y Abel Mus, violinista.

Antón fue homenajeado en València con la interpretación de dos de sus obras, ‘Guadalaviar’, el río cuyo cauce une tierras turolenses y valencianas y ‘La Gitanilla’. El concierto lo dirigió Enrique García Asensio. La biografía del compositor aragonés está, con motivo de su muerte, casi dedicada a su autoría de bandas sonoras de un buen número de películas. Fue autor de ‘Anillos de oro’, o la gran serie dirigida por Rodríguez de la Fuente, pero también fue autor de ‘Los santos inocentes’, ‘La Colmena’, ‘Gary Cooper que estás en los cielos’, ‘Los pájaros de Baden Baden’, ‘El crimen de Cuenca’, ‘La lozana andaluza’ y una serie de cintas del cine español con carteleras muy populares aunque no las mejores. Pero en todas halló el modo de compenetrar la música con el guión.

Sería injusto, como me ha parecido, que haya habido más recuerdo por el cine que por obras como ‘Concierto mudéjar’ y entre otras la ópera ‘Divinas palabras’. En su repertorio han sido piezas básicas de los conciertos de Ainoa Arteta y Teresa Berganza, por ejemplo, Plácido Domingo fue el intérprete de ‘Divinas palabras’. Algunas de sus composiciones más reconocidas están dedicadas a piano y orquesta. Su repertorio abarca canciones sobre textos de poetas como una extraordinaria colección de doce piezas para guitarra. Una de sus obras más reconocidas, es “Hemeroscopium”, para orquesta, cuyo título tiene que ver con el estilo arquitectónico de su hijo, también llamado Antón, reconocido profesionalmente por su estilo.

Antón recibió numerosos galardones, los más importantes de la música y el cine españoles y fue académico de Bellas artes de San Fernando de Madrid y de San Carlos de València, honor este que le satisfizo enormemente.

Antón abandonó al grupo de músicos que significaron vanguardia, pero en él dominó siempre el deseo de que su música estuviera casada con la melodía y de ahí que su discurso de ingreso en la Academia fuera, ‘Defensa de la melodía’.

«No puedo imaginar el mundo sin melodía, sin canción. Sería como concebir un pájaro sin canto o un río sin agua», «La melodía será eterna,, siempre distinta, siempre nueva, pero siempre ella misma para expresar el sentimiento de la música, para cantar la efusión de nuestros corazones».

Ante quienes le acusaron de abandonar la vanguardia sentenció: «No es verdad que le he dado la espalda a la vanguardia. La he vivido con pasión y me atrae, siempre que no esté en contra de los valores estéticos. También hay obras de vanguardia casi miserables».

El último día de su santo ya no le pude hablar de la foguera de Canals. Yo era de los pocos que le felicitaba el 17 de enero, y le decía: «hasta san Antón, Pascuas son».

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