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Crítica

Verismo en vena

Una de las escenas de 'Cavalleria rusticana'.

De existir una representación operística redonda, posiblemente sea la que se vivió el domingo en el Palau de les Arts, en la última propuesta de una temporada lírica marcada por la pandemia y sus negativas consecuencias, pero en la que la ópera valenciana ha sabido navegar con espectáculos de muy alto nivel. Una noche de verismo en vena que ha supuesto el retorno de Cavalleria rusticana de nuevo en la original producción escénica de Giancarlo del Monaco. Si en 2010 la gran ópera de Mascagni llegó acompañada de La vida breve de Falla y la batuta de Lorin Maazel, ahora lo ha hecho hermanada con Pagliacci, de Leoncavallo, en un acabadísimo trabajo escénico firmado igualmente por Giancarlo del Monaco. Cantantes, orquesta y coro firmaron una noche excepcional, de intensas emociones y sensaciones, todos gobernados musicalmente por un muy crecido Jordi Bernácer.

Giancarlo del Monaco ha fusionado los dos grandes títulos del movimiento verista bajo el famoso prólogo de Pagliacci, que él plantea como lo que es: el gran manifiesto del movimiento verista. Así tras el prólogo, cantado esta vez, por causa de las distancias de seguridad, desde el escenario y no desde la platea, llega su gélido y ardiente montaje de Cavalleria rusticana, en el que los marmóreos blancos contrastan con el negro intenso de un vestuario que es Sicilia, pero que bien podría ser la negra España de la posguerra. Luego, como contraste, Del Monaco introduce la genialidad de superponer a ese paisaje el colorido del teatro, con el rojo intenso de un telón que al descubrirse deja ver la escena del carromato de los payasos y ese pequeño escenario desde el que tanta ilusión han regalado a las plazas de pueblos y aldeas de cualquier sitio. Como fondo neorrealista, fotos gigantes en blanco y negro de la Anita Ekberg de La dolce vita. ¿Puede haber algo más pertinente?

Verismo en vena

La genialidad escénica de Del Monaco tuvo el poderoso apoyo escenográfico de Johannes Leiacker y la efectiva iluminación de Wolfgang von Zoubek. A tono con todo, el vestuario de Birgit Wentsch. También de un equipo vocal compacto, redondo y sin fisuras, en el que reinó poderosamente el tenor tinerfeño Jorge de León, una de las grandes figuras mundiales en su registro de verdadero lírico-spinto. Hizo la heroicidad de protagonizar ambas óperas ¿quién lo hace hoy día?, y, sobre todo, de hacerlo en ambos personajes -Canio y Turiddu- con una entrega, generosidad vocal y solvencia estilísticas que marcan hitos en estos papeles de tantas y tantísimas exigencias. Su Vesti la giubba, Pagliaccio non son o Mama, quel vino è generoso o la siciliana que ya al inicio de Cavalleria canta fuera de escena fueron cimas de una gran noche de ópera en la que Jorge de León fue absoluto triunfador. También la noche de su feliz regreso después de casi diez años, y de haber sido el tenor que más papeles -diez- ha cantado en el Palau de les Arts.

La impresionante y bien ganada ovación cargada de bravos que disfrutó en los saludos finales atestiguaba el entusiasmo del público, pero también el cariño de tantos años de cercanía, desde que Helga Schmidt tan decididamente apostó por él ya en sus primeras programaciones. Visiblemente emocionado ante tanto calor y reconocimiento, Jorge de León se agachó en los saludos para besar el suelo del escenario al que tantos momentos de gloria ha dado. Jesús Iglesias ha acertado plenamente al recuperar su nombre tras el boicot impuesto durante el oscuro periodo Livermore.

Nada hacía suponer que la zaragozana Ruth Iniesta debutaba el rol complejo, exigente y cargado de peso dramático de Nedda, esposa del payaso Canio y amante del paisano Silvio. De la mano experta de Del Monaco ha otorgado convincente y creíble vida dramática y vocal a un papel que ella afronta desde su propia naturaleza vocal, que no es la ideal para este rol. Estuvo sobresaliente en todas sus intervenciones, hasta convertirse en la otra gran protagonista de la noche. El modo en que cantó y expresó el aria Stridono lassù supuso otro de los puntos culminantes de la representación.

La veterana mezzo Sonia Ganassi tiene las tablas y la sabiduría vocal para sacar adelante un rol tan alejado como el de Santuzza. Tuvo la inteligencia vocal de llevar armoniosamente su escuela belcantista a este rol tan puramente verista. Defendió su gran momento -el aria Voi lo sapete, o mamma- con la maestría y buen hacer que se supone a quien ha sido una de las grandes mezzos italianas de las últimas tres décadas, con una presencia escénica exenta de cualquier vulgaridad. Sus dúos o duetos con Mamma Lucia, Turiddu o Alfio estuvieron siempre cargados de intensidad dramática. Estupenda una vez más la Mamma Lucia de la mezzosoprano mallorquina María Luisa Corbacho. Bien resuelta la Lola ligera y de vocalidad aún algo escolástica de la soprano Amber Fasquelle, del Centre de Perfeccionament.

Sin el fuelle preciso para cargar de fuerza e impacto el prólogo de Pagliacci (que cantó tal como figura en la partitura, y no con los agudos incorporados por la convención, alla Muti), el barítono georgiano Misha Kiria envolvió de dignidad, empaque y veracidad los personajes de Alfio y Tonio, tanto en un brillante Il cavallo scalpita como en los dúos con Turiddu, Canio y Nedda. Otro «amigo» del Palau de Les Arts, el barítono Mattia Olivieri defendió con inteligencia vocal y escénica al aldeano Silvio, mientras que Joel Williams, con la vocalidad al límite de sus posibilidades, no desaprovechó la ocasión de lucirse en la casi belcantista serenata O Colombina, il tenero.

En noche tan excepcional y en óperas con tanta presencia coral, el Cor de la Generalitat protagonizó una de sus más espléndidas actuaciones. Ubicado en los balcones de primer y segundo piso más cercanos al proscenio, algo que realzaba el ya de por sí muy rico y refinado caudal de sus voces. Impresionante en verdad en la procesión de Pascua de Resurrección, donde, implicado en la excepcional imagen de los penitentes y la cruz, el coro entonó el himno de Pascua Regina Coeli Laetare generando uno de los grandes clímax vocales de la noche, coronado con una espontánea explosión de aplausos del público. También los efectos acústicos estereofónicos derivados del singular emplazamiento engrandecieron la presencia acústica.

La Orquesta de la Comunitat Valenciana volvió a tener una de sus grandes noches, en esta ocasión bajo el gobierno vivo y energético del alcoyano Jordi Bernácer, cuya importante carrera es reflejo de su competencia y profesionalidad sin reservas. Pasajes en los que el balance se inclinó excesivamente hacia el muy brillante foso, posiblemente seducido por la brillante orquestación de ambas óperas, no lograron empañar el buen trabajo concertador del maestro. En el célebre intermezzo de Cavalleria, en la memoria de todos revoleteaba el milagro que obró Lorin Maazel en 2010. No fue lo mismo, claro. Pero Jordi Bernácer, por quien Lorin Maazel en su día tan decididamente apostó, logró calidades y emociones de verdadero maestro ante una orquesta que, pese a tantos avatares y mermas, sigue sonando a gloria. ¿Me permite un consejo? ¡No se pierda por nada en el mundo esta maravilla! Quizá Lorin Maazel también hubiera disfrutado de lo lindo.

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