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Contracorriente

"Busco entretener pero también invitar a reflexionar"

«Hay padres que se entusiasman con sus hijos, los sobreexponen en redes y se aprovechan de ellos para comercializar»

Manuel Ríos San Martín con
el ejemplar de su último 
libro ‘Donde haya tinieblas’. |

Manuel Ríos San Martín con el ejemplar de su último libro ‘Donde haya tinieblas’. |

La desaparición de una modelo, sin ombligo, desencadena que dos policías se adentren en el mundo de las redes sociales y la moda para descubrir qué ha pasado. Manuel Ríos invita a pensar en ‘Donde haya tinieblas’ (Planeta) en temas como prostitución, abusos sexuales o religión pero también en la culpa o el perdón.

Escribe que «Solo quien asume la culpa merece el perdón». La frase le ha quedado muy terapéutica.

La novela hace mucho análisis sobre la culpa, el perdón, la venganza o la misericordia. Escribir un thriller te permite tener enganchado al lector con la excusa de quién lo ha hecho o qué ha pasado, pero además, puedes aprovechar para hacer reflexiones sobre temas que, a mi particularmente, me interesan. En este caso, aprovechando que la gente está enganchada leyendo la trama, puedo hablar de la culpa o del pecado.

Qué buscaba, ¿entretener o incitar al lector a pensar?

Una combinación. Entiendo que lo primero que tengo que hacer es entretener. Busco que un lector coja el libro y se lo pase bien para lo que la trama tiene que ser ágil, dinámica, con giros y sorpresas y capítulos cortos. Ahora, yo le pido un poco más a la escritura y a la lectura. Yo pido una reflexión o unas preguntas. Busco que el lector se plantee determinados temas sin detener el ritmo de la narración. Eso es lo que me parece interesante en una novela.

Prostitución, curas, muertes, venganza, rituales, redes sociales... ¡vaya cóctel!

A veces, mi editor me dice que con las ideas que tengo podría escribir tres novelas y no solo una y, a veces, es verdad. Esta es una novela muy intensa que toca diversos temas porque la investigación abarca distintos aspectos. Me gusta que un relato tenga de todo, que sea complejo y que no tenga un único camino.

Hacer ficción sobre el origen del mal, el pecado y el perdón nunca falla.

Sí, pero precisamente porque son temas clásico hay que darles un punto de vista original porque si no el lector desconecta porque piensa que eso ya se lo habían dicho. En ‘La huella del mal’ se hablaba del mal desde el punto de vista biológico y aquí se añade el pecado y la religión. Por eso me gustó meter a la inspectora Pieldelobo, que tiene una educación laica y una visión de la religión feminista, lo que contrasta muy bien con la visión del policía de 50 años. Eso aporta ideas diferentes sobre la vida.

Estos dos personajes, con solo 20 años de diferencia, son como la noche y el día.

Buscaba que fueran completamente distintos. Durante el confinamiento, con tantas disputas en la sociedad y tanta intolerancia, me hice una pregunta ¿podemos llegar a acuerdos con gente que no piensa como nosotros o realmente tenemos que estar todo el día peleándonos? y esos dos personajes son la respuesta.

La angustia, de unos y otros, también está muy presente.

Sí, porque tratas con vidas humanas y detrás de cada trama hay personas sufriendo.

¿Somos conscientes de la cara B de las redes sociales?

Teóricamente sí; otra cosa es que nos expongamos demasiado. Cada cual tiene que decidir qué hace y decidir si sigue a los que insultan o hilos de arquitectura, arte o animales; si sigues a unos, tu Twitter será un horror y si sigues a otros tu Twitter será creativo.

Saca a la luz los abusos sexuales silenciados que se practican en los seminarios.

La novela da una perspectiva de la religión muy amplia. Aparecen unos religiosos muy liberales y muy a favor del perdón pero también ese otro sector de la iglesia que es agresivo, culpabilizador y anterior al Concilio Vaticano II. En todos los ámbitos, por desgracia, ha habido problemas de abusos sexuales.

¿Se benefician algunos padres de la explotación sexual de sus hijos en pro de conseguir algunos objetivos?

Sí, porque hay padres que se entusiasman con sus hijos, los sobreexponen en redes y se aprovechan de ellos para comercializar. O muchas otras cosas. Eso no me gusta, pero claro, casos tan extremos como los de la novela, espero que no haya muchos, pero los hay.

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