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Crónica

El comportamiento del público obliga a 'enmudecer' un concierto en Viveros

La organización silenció dos minutos de actuación por la bailonga actitud de un maravillado público

Foto de archivo de un concierto en Viveros.

Foto de archivo de un concierto en Viveros.

Ya les digo que no fue el acabose, ni un conato de rebelión, ni un ejercicio consciente de desobediencia. La peña quería bailar, Novedades Carminha tocaban una música divertidísima y el entusiasmo y el demonio hicieron el resto. Una anécdota que arroja alguna reflexión, como preguntarse si 600 personas con mascarilla contagian más el Covid de pie que si están sentadas. No todas estaban levantadas, realmente. Y las que lo hicimos, culpable, señoría, no sacamos un pie del espacio de césped artificial que nuestra localidad tenía asignada. Ya les digo que aquello no fue ninguna bacanal ni se veía arder Troya a lo lejos. Así que tampoco sé si no es exagerado o inadecuado silenciar los últimos dos minutos del concierto por el comportamiento festivo y rebelde pero inocente y, en mi opinión, poco peligroso de unos cuantos. Si gestos tan inflexibles no podrían acarrear consecuencias indeseadas. Dura lex, sed lex. De acuerdo. Pero a veces es peor el remedio que la enfermedad. ¿Qué pasará cuando ocurra lo mismo ante aforos de 3.000 personas con menos apego a la disciplina o una concepción más laxa del respeto a las normas y a los demás?

Novedades ofrecieron un apasionado bolo en el que demostraron estar hechos de una materia viva y cambiante. Poniendo de relieve esa evolución que experimentaron muchas bandas punk, acaso las mejores, cuando se agotó el rollo del eructo y los imperdibles. Jam y Style Council, Pistols y PIL, el camino de los Clash hasta el Sandinista o los maravillosos Talking Heads subiendo a seis músicos adicionales al escenario para grabar el sublime “The name of this band…” Se diría que al cuarteto compostelano le sobra con un solo músico para lograr las cotas de clase y dinamismo de los neoyorquinos, porque había que ver a Xoan Palamera, torso desnudo y con los pantalones de un pijama verde fluorescente, dejarse la piel detrás de las congas, atacando la pandereta o cualquier otra percusión durante toda la actuación.

Iniciaron la actuación con “Volverte a ver” y un apabullante hard funk, con profusión de bajos, pegajoso como la asfixiante noche valenciana, tropicalista, jodidamente bailable, malditos sean, luego cómo no iba a pasar lo que pasó, con ese ritmazo y esas letras ácidas e irreverentes. Como si Golpes Bajos tocaran las canciones de Siniestro Total. Con esos pocos cientos de personas divirtiéndose como quizá no lo hagan en todo el verano. A compás frenético, con el reggae de “Disimulando”, el garaje de “Que Dios reparta fuerte”, los teclados nuevaoleros de “Cariñito” o esa incitación que supuso “Quiero verte bailar”, con su sabor ochentas a fariña y Aerolíneas Federales. Latineando colombianamente en “A Santiago voy”, golpeando un martillo de plata en “Ya no te veo” o chupándonos la cara con la cadencia pornográfica de “Ritmo en la sangre”. Un concierto de sonido limpio, brillante y dulce en la forma, pero emponzoñado en el fondo. Como una manzana de caramelo rellena de cuchillas de afeitar.

La clave bailonga se hacía cada vez más evidente, era difícil mantener el culo en el asiento. El funk eléctrico y los hipnóticos ritmos analógicos mostraban las huellas del Madchester de los Happy Mondays y el “Fools gold” de los Roses. Sonaron los pelotazos magistrales y canallas de “Sitio pa ti”, “De vuelta de todo” y “Verbena” con la peña al borde del descarrile. Y de repente, se consumó el desacato con “Dame veneno”. El personal bailando rabiosamente, de pie, sonriente, brazos al aire. Y, entonces, el apagón sobre el escenario. El coitus interruptus, el master a cero. La batería mortecina y lejana, las guitarras mudas, las teclas silentes y un zumbido extraño. Para dos cochinos minutos que le quedaban al concierto, por lo visto. Y luego, las miradas de incomprensión, sí, pero también la voluntad de obedecer y volver a posiciones más decorosas para acabar lo más armoniosamente posible la velada. Y se consiguió con creces hasta donde yo sé, la verdad.

Así que ya ven. Pese a todo, inmejorable comienzo para un nuevo ciclo de conciertos, Nits de Vivers, con una programación coherente, inquieta, molona y cabal que retoma el asunto donde lo dejó la Feria de Julio. Una oferta tan atractiva como necesaria para una ciudad que cada vez menos, y por causas muy diversas, se vacía como en el antiguo éxodo agostizo. Una selección de bandas para que habitantes y turistas tengamos música en vivo y, si no es demasiado pedir, podamos bailar de vez en cuando sin llegar a convertir el cotarro en una bomba biológica.

Finalmente, con la gente sentada y apaciguada, la organización decidió subir el master y dejar acabar al grupo gallego con una última canción.

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