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Crónica

Raphael, contra natura

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Raphael abarrota la Ciutat de les Arts Fernando Soriano

Después de cantar sin descanso durante más de dos horas Raphael demostró, una vez más, que es uno de esos escasos artistas que tienen el escurridizo don de convertir una noche cualquiera en una noche memorable. Lo consiguió tirando de pasión, ilusión, profesionalidad, arrojo e intensidad. Con un repertorio seleccionado para golpear el corazón de fans y neófitos; con una banda impecable, dinámica, precisa y potente, y con una voz que tuvo sus altibajos, sobre todo en la primera hora del show. Pero si el artista logró que la gélida explanada abarrotada de carne humana y resina blanca acabara vibrando como una bombonera fue gracias al factor Raphael. No se me ocurre otra manera de explicarlo. El idioma castellano es el más rico que existe, un tesoro inabarcable, una colosal herramienta de comunicación y una fabulosa fuente de producción literaria. Sólo en casos como éste, términos tan fatuos como “inenarrable” o expresiones “como no hay palabras” cobran algo de sentido.

Con el aforo completo desde hacía días, 4.000 personas recibieron en pie y con un rugido al divo de Linares, que salió bajo los compases de una introducción instrumental de “Yo soy aquel” para arrancar con “Ave Fénix”. El monumental montaje contaba con tres pantallas gigantes que emitían una señal realizada del evento, con recursos y transiciones que remitían directamente a un show televisivo. Era necesario, ya que desde el último tercio del recinto apenas se distinguía lo que sucedía en el escenario, desde el que atronaba un sonido apabullante, excesivo hasta el pitar de oídos y, en ocasiones, algo enmarañado. Raphael, de negro riguroso y con el micro a todo volumen, remataba las frases por lo bajo, paradójicamente inaudible, dosificando las energías, modulando con su característico estilo, sacando el chorro muy de vez en cuando, disimulando sabiamente las carencias con un magnífico arsenal de gestos dramáticos. Despertando las más variadas emociones entre el respetable. Porque, al final, el asunto va justo de eso, de emocionar. Y él, con una garganta de 78 años, luchando contra la tozuda biología en una carrera contra natura, lo consigue con creces.

La primera hora del concierto trajo “Igual”, “Vivir así es morir de amor”, “Me olvidé de vivir”, “Ave María” y “Le llaman Jesús”, en la que el trío coral que acompaña al cantante en esta gira de celebración de sus 60 años de carrera ofreció un precioso góspel con sus aleluyas. Por el contrario, clásicos sesenteros como “Digan lo que digan” o “Mi gran noche”, en una fraudulenta actualización sonora, llegaron fracturadas, cargaditas de bombo y con unos estruendosos arreglos verdaderamente criminales. No sucedió lo mismo con “Estuve enamorado”, que contó con el habitual adorno del “Day tripper” de los Beatles.

Durante la segunda hora de la actuación, con la voz ya caliente y rindiendo al máximo, obrando su magia, el icono disparó los cañonazos “Se nos rompió el amor” y “Adoro”, cantó una sentida “Cuando tú no estás” y consiguió un improbable momento íntimo y cercano interpretando con sólo una guitarra española “Que nadie sepa mi sufrir”, cosechando una tremenda ovación. En el delirio que para el respetable supuso escuchar seguidas “Resistiré”, “Qué sabe nadie” y “Yo soy aquel”, el astro echó el resto, rubricando un concierto que puso de manifiesto que, si se propone seguir negando su propia naturaleza humana, la parca lo hallará encima de un escenario. Al final, la bailonga “Escándalo”, con su soberbia banda al rojo vivo y una versión acortada de “Como yo te amo”, con una coda en la que el público, levantado como por un formidable resorte, arropó al legendario intérprete en sus agradecidas salidas para recoger el inmenso cariño y la devoción mística que se le profesa como a ningún otro.

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