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Manuel Vilas

"La pandemia ha revalorizado el erotismo más básico"

«Llevamos 3.000 años de historia occidental y aún no hemos integrado el sexo y el amor»

El escritor Manuel Vilas. M. A. Montesinos

«El ciudadano Manuel Vilas y el escritor Manuel Vilas coinciden en el nombre y los apellidos pero no son el mismo», advierte el autor aragonés antes de encarar la entrevista. «Muchas veces te hacen responsable de lo que dices en la novela, y justamente la novela es el lugar donde puedes decir de todo sin que te pidan responsabilidades». Lo dice el escritor que ha obtenido un éxito importante con dos libros autobiográficos (’Ordesa’ y ‘Alegría’) dedicados «sin pudor ninguno» al amor hacia su familia. Para hablar del amor maduro, idealizado y erótico en ‘Los besos’, su nueva novela, Vilas ha preferido inventarse a Salvador, un personaje «triste», «viejo» e incluso «cursi» (así se reconoce el protagonista) pero, sobre todo enamorado. ¿Salvador es Vilas? ¿Hay algo de autobiografía en ‘Los besos’? «Algo hay -contesta-. Igual que en ‘Ordesa’ y ‘Alegría’ había algo de ficción».

¿Por qué el ser humano -usted incluido- le ha dedicado tanto tiempo a escribir sobre una reacción química como es el amor?

La neurociencia ha avanzado mucho en describir el estado amoroso, que es un estado bioquímico. Pero ese relato bioquímico no nos basta. Es verdad, los científicos tienen razón, el amor son hormonas y neuronas que empiezan a comunicarse de determinada manera. Pero eso no nos basta, y si lo hiciera se acabaría la literatura.

¿Hay que estar enamorado para escribir un libro así o basta con haber leído sobre el tema?

Conviene, al menos, haber sentido el amor alguna vez. El enamoramiento es un don que se produce cuando el ser humano entra en conexión profunda con el sentido y el gran milagro de la vida. Pero también es un momento terrible, como lo es el sexo y el erotismo porque en él el otro o la otra te ve en la intimidad. En ‘Los besos’ he querido restituir esa dimensión espiritual y sagrada del sexo.

Al llegar a la última página queda claro que, más que el amor, lo que reivindica «Los besos» es el erotismo.

El erotismo es uno de los grandes misterios de la vida, porque va desde el encuentro entre dos seres humanos a ver un árbol o sentir la brisa o comerte un huevo frito. Durante la pandemia se nos negó ese erotismo básico y humilde, el de salir a dar un paseo o sentarse en una terraza, y por eso el erotismo se revalorizó.

¿Perjudicó o benefició al erotismo de las parejas pasar tanto tiempo encerrados en casa?

Hubo de todo, hubo divorcios y hubo enamoramientos. A las presentaciones viene gente que te cuenta sus experiencias amorosas, gente que se enamoró durante el confinamiento o vivió amores prohibidos. Y vienen muchos enamorados de 50 para arriba, que vienen con una sonrisa iluminada, una sonrisa de estar a la vez contentos y asustados.

El escritor Manuel Vilas. M. A. Montesinos

El amor maduro es el de las mil cautelas, escribe. ¿Se complica aún más ese amor si se le añaden las mil cautelas de la pandemia?

Se complica porque la confianza es esencial para vivir y la pandemia ha traído sobre todo desconfianza. Sin embargo, lo que le viene a decir esta novela al lector es que el espacio social e histórico que hemos creado en esta civilización occidental es cada vez menos ilusionante, que la pandemia ha abierto las grietas del sistema democrático, económico, científico, sanitario… Parecía que vivíamos en un mundo de enorme solidez y se abrió una grieta bíblica. Ante eso, lo mejor es saber qué hacer con tus sentimientos. Ante la debilidad del sistema, al menos, enamórate.

Hablando del sistema, en «Los besos» los políticos son «narcisos» y el rey emérito, un empresario.

Salvador hace comentarios muy afilados, que no son míos. Está desubicado políticamente porque quería que cualquier lector de cualquier ideología pudiera empatizar con él. Él ve la tele y se pregunta en qué momento la carrera de los políticos convergen con el bien común. Cuando confluyó el negocio del rey Juan Carlos con el bien de España (que era su negocio) estábamos todos contentos, pero cuando no…

¿Qué queda entre el despendolado amor juvenil y el cauteloso amor maduro? ¿El aburrimiento?

Las novelas no resuelven esa pregunta, sino que la agrandan aún más. Hay un problema en las relaciones humanas: llevamos 3.000 años de historia occidental y no hemos conseguido una fórmula sentimental que integre el sexo en el amor. Hemos visto avances sanitarios y tecnológicos espectaculares, en dos o tres generaciones viviremos 140 años, pero no ha habido manera de integrar el sexo y el amor. La última novedad en esto es Freud.

¿Y la Viagra?

Por supuesto, la Viagra ha sido revolucionaria porque le ha devuelto a la gente madura, sobre todo a los varones, la ilusión del sexo. Y no ha de verse como algo ridículo. Lo de tomar Viagra tuvo acepción ridícula, sobre todo al principio, y, en cambio, nadie se ríe de alguien que toma Sintrom. Hemos conseguido erradicar la discriminación sexual o de raza pero se sigue discriminando por edad.

En su obsesión quijotesca, Salvador bautiza a su amada Montserrat con el nombre de la burlona Altisidora en vez del de la ideal Dulcinea. ¿Por qué?

Altisidora es un personaje inquietante del Quijote, sí, que le engaña, un personaje más bien cruel. Yo creo que Salvador ha querido meter en ese nombre la idea de la mentira, como si adivinara cosas que van a pasar o como si presintiera que ella no está suficientemente enamorada de él. La novela tiene varios planos simbólicos y éste es uno.

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