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Iciar Bollaín

"Aún hace falta más gente diciendo que lo que hizo en ETA estuvo mal"

«El diálogo es la única manera civilizada de vivir. La bronca que hay en España no es real»

La cineasta Icíar Bollaín en los cines Lys de València. Germán Caballero

En el año 2000 un comando etarra asesinó de un tiro al político socialista Juan María Jáuregui, el marido de Maixabel Lasa (interpretada en la película por Blanca Portillo). Años después, la viuda aceptó reunirse con dos de los asesinos, los etarras Ibon Etxezarreta (interpretado por Luis Tosar) y Luis Carrasco, para saber por qué lo habían hecho. «H

ubo pocos encuentros como éste y participaron pocos terroristas. Pero los poco que hubo, hasta que el PP los canceló, fueron muy positivos para las víctimas -explicaba ayer la directora Icíar Bollaín en el cine club sobre su película que se celebró en los cines Lys-. Cuando conocí la historia me resultó muy sobrecogedor e increíble que esas personas se quisieran sentar con la gente que más daño les había hecho. Y el caso de Maixabel me pareció aún más increíble porque ella tuvo un recorrido más allá con uno de ellos. Por eso, aunque no son representativos porque son pocos, esos encuentros sí son muy valiosos para contar porque contienen muchas cosas. Ahí hay una persona capaz de dar una segunda oportunidad, incluso a quien más le ha hecho daño, y dos hombres que han hecho un viaje de autocrítica y de reconocer que lo que hicieron estaba muy mal».

Sí, la decisión de la víctima de sentarse con el verdugo es difícil de tomar. Pero la del verdugo de sentarse con la víctima no lo es menos.

Venir de militar en un comando de ETA a sentarte delante de una de tus víctimas para decir que lo que hiciste está mal es un viaje alucinante. Valía la pena contarlo. Además de ser un viaje muy humano, estás dando a conocer la historia de la disidencia y se pueden sacar muchas conclusiones. Una es que la violencia es devastadora y no aporta nada.

¿Está obligado el cine a explicar un conflicto así para que no se olvide?

La única obligación del cine es no aburrir al espectador, ofrecerle algo que le saque de su vida y le aporte algo. Pero el cine tiene un enorme poder de transmitir y en esta historia, que se conocía por las entrevistas en El País y por un documental de Jon Sistiaga, tiene el poder de que el espectador se siente con los protagonistas de la historia, y sienta su miedo, su vergüenza, su pena, su dolor, su esperanza… Hay un montón de emociones que el cine tiene la potencia de hacer que tú también las puedas sentir.

¿Por qué la película se llama «Maixabel» y no «Maixabel e Ibon»?

Porque la que propicia todo esto es Maixabel, sin ella no hay historia. Y porque es un referente en cuanto a la convivencia, en dar segundas oportunidades, porque se acerca a las otras víctimas de los otros terroristas y las incluye, con toda la controversia que eso supone. Es una mujer muy valiosa y con unos valores muy potentes. Y, sobre todo, no es teórica. Ella hace.

¿Que los protagonistas estén vivos facilita o complica filmar la historia?

Por una parte facilita, porque tienes de primera mano la historia, y si encima cuentas con la generosidad que tuvieron los cuatro en dejarnos contarla, facilita. Pero luego tienes también una responsabilidad importante. Cuando hice ‘Katmandú’ había un personaje real pero me alejé de la historia y la pude hacer con más libertad y no quedaba tan expuesta para ficcionar. Pero en esta historia nos hemos pegado mucho a la realidad y eso obliga a que vayamos con mucho cuidado.

¿Le preocupó humanizar al asesino?

Me preocupó mostrar su viaje, la asunción de la responsabilidad sobre lo que ha hecho. Contar eso ya era complicado porque, además, hay que contar su entorno. No es solo que se arrepientan de lo que han hecho, sino que eso además eso supone que dejan de ser uno de los suyos, que para los suyos pasan de héroes a traidores, que se quedan solos. Y, lo más importante, que ante sí mismos ya no tiene justificación. Son culpables y tienen que vivir con ello. Y había que contar eso sin que el espectador dijera «pobrecito». A mí me parece que hay que tener coraje para hacer eso, pero está en manos de espectador decidir que le parece a él, si es coraje o debilidad.

¿Será capaz de transmitir la película esa defensa del diálogo en un momento en el que el está tan mal visto?

El diálogo es la única manera civilizada de vivir. Esta bronca y esta crispación que hay en España es poco real. Si el ser humano tiene capacidades, una de ellas es la del diálogo, lo que pasa es que en este momento no está en valor.

La lucha armada se ha superado pero, ¿y el conflicto?

Todavía tiene que haber más gente diciendo que esto estuvo mal. Estos han sido, de todos los etarras condenados, los que más claro han condenado la violencia. Como dice Maixabel, hay que pasar página pero primero hay que leerla. Y es verdad, hay que decir de una manera clara que ese no era el camino.

¿Ha podido, no compartir pero sí entender por qué alguien es capaz de matar por sus ideas políticas?

Yo he escuchado muchas versiones de esto, no he vivido ahí, hubo una responsabilidad total de los miembros de ETA pero también hubo un entorno en el que todo esto se veía muy positivamente. Y por otra parte creo que ETA y Herri Batasuna tuvieron la trágica habilidad de teñir de independentismo cualquier inquietud de izquierdas. El ecologismo, el feminismo, la insumisión, el movimiento okupa… Como tuvieras una mínima inquietud, entraban en tu discurso.

¿Se comprenderá está película igual dentro que fuera del País Vasco?

Creo que sí, y fuera de España también porque hemos ido a lo humano, al encuentro entre dos seres humanos. Pero en el País Vasco hay una serie de niveles que ven muchas cosas y la película hace un efecto de espejo. Ves a la gente que caminaba con escoltas, los que veían cosas y se callaban, los que no condenaban los atentados en los que ha muerto tu propio familiar, la madre espantada con lo que ha hecho su hijo. Han sido cinco décadas en la que toda la sociedad ha estado atenazada, y por eso esta película toca.

¿Usted sería capaz de dar el paso que dio Maixabel de reunirse con el asesino de su marido?

Quizá no. ¿Sabes lo que ocurre? Que entro mentalmente en la idea de que me pase algo así con mi hijo o con mi compañero y me produce tal angustia que no puedo estar así mucho rato. Pero vamos, respeto profundamente a la gente que ha podido hacerlo.

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