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Otro finde, otro festival

Otro finde, otro festival

Quizá me faltaba contexto. O a lo mejor me sobraban veinte años. El caso es que cuando la multitud se puso a corear fervientemente «La reina del pop» de La Oreja de Van Gogh el dolor me atravesó la cabeza como un clavo al rojo vivo. Unos les dirán que el Festival de Les Arts es el triunfo absoluto de la música popular moderna entendida como producto pseudoartístico hecho en cadena para entretener a las masas. No digo que no, pero yo, que pertenezco a la generación que vio nacer el FIB, Lollapalooza o el Primavera Sound y veneró Glastonbury o Reading, certifiqué la muerte de una manera de entender la música y los festivales.

Más allá del perfecto funcionamiento del evento y de las comodidades y servicios que han convertido Les Arts en el festival de referencia de la región, lo que advertí fue un cartel manoseado que, con más o menos cambios, va pululando fin de semana tras fin de semana por ciudades no muy alejadas entre sí, ofreciendo su espectáculo como si de una compañía itinerante de variedades arrevistadas se tratara. Explicar a un marciano que llega a la Tierra qué es el rock y todas sus subculturas adyacentes es un buen ejercicio conversacional que no tarda en sacar aspectos del alma humana como la pasión, el compromiso artístico, la rebeldía, la belleza, el individualismo o la originalidad. Por primera vez en lustros allí el extraterrestre era yo, y no vi ni rastro de estos valores.

No me atrevo a decirles que, a excepción de La Habitación Roja o Santero, el resto de grupos eran malos. Lean ‘Música de mierda’, de Carl Wilson. Yo hace años que sé que para gustos los colores. Pero sí quisiera transmitir mi perplejidad ante un nuevo modelo de negocio que es capaz de agotar las entradas sin que sus asistentes sepan apenas los artistas que van a ir a ver. No entendí el expolio emocional que Rigoberta Bandini hizo de «Qualsevol nit pot sortir el sol» de Jaume Sisa, a riesgo de parecer un obtuso tertuliano de Intereconomía. Me parece increíble que su música guste a cualquiera que tenga más de cuatro vinilos en casa, me resulta tan carente de interés como Abba o el musical del Rey León, con esas armonías que satirizan a Mocedades. Desoladora la pleitesía que la peña rinde futboleramente a «Perra», que convierte a la protagonista de «Nuevas sensaciones» de Los Planetas directamente en una menguada.

Lo de Vetusta Morla seguirá siendo para mí un enigma por los siglos de los siglos. No me gustan y no entiendo cómo hay gente que los ha convertido en el leit motiv de sus aficiones musicales. Como sus discos, su actuación me resultó ininteligible, pasada de intensidad, vacía y aburrida. Su música es antifestivalera por definición, esquiva, abstracta, pretenciosa, una tortilla crecida de aire y emociones grandilocuentes que, para mi estupefacción, consigue mantener en vilo a casi 20.000 personas durante más de una hora. Sin estribillos, con unos desarrollos largos y complejos que ocultan una pulsión arrítmica y desagradable.

Entre medias, el pop soul con tintes étnicos y caribeños de Suu y ese ukelele que se ha convertido en símbolo de una nueva manera de entender la diversión que muestran los veinteañeros que pululan hoy en día con la jeta llena de strass por este tipo de tinglados, Siloé y su pop tecno católico de corte intimista o Amatria, poniendo a bailar a la peña que decidió no abandonar el recinto en espera de continuar festivaleando con Elyella. Una oferta, en general, pófara, sin personalidad, ni aristas, ni riesgo artístico o intelectual, pensada, al fin y al cabo, para hacer felices a aquellos que prefieren las dulces vibraciones dionisíacas al amargo existencialismo que produce la nostalgia.

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