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El plomo de Daniel Luque

El torero sevillano ofrece una versión madura y solvente frente a una corrida de Victorino Martín deslucida en la que sobresalieron el tercero, cuarto y sexto

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El plomo de Daniel Luque en Fallas

Daniel Luque tiene un valor de plomo. Pero de un plomo mezclado con antimonio para hacerlo más duro y rígido como placas de toneladas de acero.

Un valor para anclarse en el suelo y almacenar cada embestida en la bamba de su muleta, cada vez más madura y templadísima. Y gracias a ese valor, en el segundo bis de la tarde, Luque encontró la certidumbre que, a medida que avanzaba la faena, fue clave para poderle definitivamente a un victorino con más de 600 kilos que no se entregó, ni humilló y fue un manso de libro que se presentaba engallado al principio de cada pase y serpenteaba cornadas al final de la suerte. El titular había sido devuelto por inválido.

Pero no fue solo valor la tarde de este renovado Luque porque, de entrada, el torero sevillano supo aprovechar el medio muletazo del toro, con la inercia de su primera arrancada, para poderle en los mismísimos medios. Tan sincero y tan templado que silenció a la banda de música hasta en dos ocasiones. Le extrajo muletazos a cuenta gotas por el pitón derecho y, por el lado izquierdo, también se fajó con él, cruzado, gobernándole en todo momento.

La suavidad y la sutileza en el tacto de los engaños también fueron fundamentales para lograr unos pasajes que, pese a tardar en caer el toro, fueron premiados con la única oreja de la tarde tras una estocada tendida tras aviso.

Esa faena, elaborada con la serenidad inmóvil de un jugador de cartas, marcó la diferencia con el resto de la corrida. Porque el torero sevillano puso la emoción tras 959 días sin corridas de toros en València.

Al fin, la plaza de toros volvió a ser esa gran piedra épica del centro de la ciudad. Un ciclópeo inmueble de la calle Xàtiva que ya se ha despojado totalmente de esa frialdad y ordenancismo que le ha n caracterizado estos dos largos años de pandemia y, al fin, ha vibrado con el toreo.

La misma seguridad y firmeza, apabullantes ambas, tuvo frente al quinto de la tarde, un ejemplar orientado y tobillero que se revolvía eléctricamente para hacer presa. Y a punto estuvo de cogerlo en dos ocasiones. Pero pinchó y perdió la puerta grande.

La tauromaquia de Antonio Ferrera, que en tantas tardes se ha revelado como un torero maduro, ha quedado en piruetas estrafalarias, con maneras histriónicas. Hasta tal punto de torear durante toda la tarde con un capote de seda azul, de la misma tonalidad que su vestido. El cuarto de la tarde tuvo una larga, humillada y sostenida embestida por el pitón izquierdo que era puro almíbar. Pero no la vio y se le fue el toro. El primero del festejo fue otro inválido a pesar de que lo brindara al público.

El valenciano Román no tuvo su tarde pese a los esfuerzos elocuentes en los dos toros. Tampoco hizo buen uso del estoque.

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