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El fútbol que importa

E spaña ganará Eurovisión cuando deje el asunto en manos de Quique Pina, el mago de los ascensos y los no descensos, el genio de los finales apretados. En el primer año sin Pina al Granada no lo ha salvado ni el televoto, como solía, pero será casualidad seguro, será que siempre malpensamos. Esta época de finales de Liga es un revuelto propicio a la conspiración, a ir de listos. El otro día se enfrentaron dos equipos vascos y ganó el que no se jugaba nada: fue un mazazo para los que vivimos de exprimir las 'Frases para aparentar que sabes de fútbol'. Fue la mayor lección de humildad de nuestras vidas desde que quisimos patentar el cuchillo-tenedor y descubrimos que llevaba siglos inventado.

Quizá no tanto, porque esa es una de las cosas buenas del fútbol. El rigor es absolutamente innecesario. Uno puede ir soltando sentencias al aire, olvidarlas cuando la realidad se empeña en llevarte la contraria y recordarlas solo cuando se cumplen, tirando del clásico 'ya lo dije yo'. No hay nada más bonito que una gran actuación del típico futbolista que defiendes a grito pelado en discusiones absurdas y etílicas de barra de bar. No hay nada más bonito, siendo sinceros, que decirle a un amigo, con el corazón en la mano, que no tiene ni puta idea de fútbol.

Porque ese es el fútbol que importa.

Paul Auster dijo una vez que el fútbol es un milagro que había encontrado Europa para odiarse sin destruirse. A nosotros en la pequeña escala nos pasa un poco así. La discusión futbolera admite tonos y límites que jamás admitiría una discusión política, pongamos por caso, sin llegar a la guerra. Admite incluso discusiones a tres bandas, en una misma noche: defender una cosa con un amigo y la contraria con el siguiente. Es bonito: el fútbol es el milagro que permite odiar durante un rato a los amigos, sin que dejen por ello de serlo.

El fútbol, el fútbol, el fútbol. El Madrid ha fichado a un tal Theo y ahora mi mujer está preocupada por si el nombre de nuestro hijo se pone de moda.

Ese es el fútbol que importa.

Mis felicitaciones al que ha puesto de moda la quinoa. No veía una estafa igual desde Thiago Carleto, los tazos y los cursillos de informática. Yo tenía 13 años cuando mi madre me compró el primer ordenador y me apuntó a un curso de MS-DOS. «Esto es súper útil», decía el mangante de la tienda. Como es lógico, solo usé el ordenador para jugar al PC Fútbol aquel que en realidad era una oda al píxel, y a un Championship Manager prehistórico y huérfano de traducciones. Es la paradoja: no aprendí informática pero sí un montón de vocabulario futbolero, en inglés y en castellano.

Le preguntaré a mi madre, pero creo que le compensa. Desde la experiencia puedo afirmar que a los juegos de fútbol les falta argot para ser del todo reales. Ojalá un videojuego con las verdaderas posiciones del fútbol: extremo tribunero, delantero trompellot, lateral cumplidor, mediapunta mentiroso, canterano buenchaval o central navajero. Luego nos ponemos dignos con el idioma donde no toca. Mis preferidos son los que dicen 'yo no uso play-off porque es una palabra extranjera'. Claro, porque córner, penalti, fútbol o derbi las inventó mi abuelo en el pueblo.

Casi no tengo certezas en la vida, pero de algo estoy convencido. Se puede saber mucho de una persona según actúe frente a una pantalla de ordenador, cuando sabe que no le está observando nadie. No estoy hablando de porno: cuando perdía una final o un partido clave, seguro que Pina salía del juego sin grabar y volvía a intentarlo. Héctor Cúper, en cambio, fijo que apechugaba y seguía adelante, derrotado pero digno. Por eso no tendrá títulos, pero sí nuestros respetos, porque ese es el fútbol que importa.

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