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La contracrónica

Taquicárdico y copero

Los aficionados de la Penya Rusos, desplazados desde Kazajistán y Siberia, asisten al enésimo milagro del año del Centenario

Los aficionados de la Penya Rusos, presentes ayer en Krasnodar.

Los aficionados de la Penya Rusos, presentes ayer en Krasnodar. i. hernández / sd

Los 62 aficionados valencianistas de la Penya Rusos, reunidos en Krasnodar tras viajar desde Kiev, Moscú, desde los bosques de tundra de Siberia y las planicies de Kazajistán, comprobaron de primera mano el hechizo que compone este Centenario. Ya empieza a quedar claro que el reto de este año, además de la esperanza de los títulos, está en sobrevivir a tanta sacudida emocional y a la añoranza de aquellas victorias con pulso administrativo de las épocas de Di Stéfano, Cúper o Benítez. Los seguidores rusos blanquinegros se encontraron con un nuevo ejercicio de funambulismo y corazones desbocados, a excepción del de Kevin Gameiro.

El delantero francés, como en Vigo, Sevilla o ante Getafe, rebajó las pulsaciones cuando se encontró en el minuto 92 la última pelota del partido. Vuélvela a tocar, Kevin, pensaba cada valencianista en silencio, con los puños apretados y acercándose al televisor. Y volvió a suceder. Siempre desde el banquillo, siempre generoso (sexta asistencia en dos meses) y de nuevo con su equipo en el abismo. Cedió el balón a Guedes que amagó y remachó a placer ¿No queríais relato? Ahí lo tenéis. Taquicárdico y copero.

Uno de los héroes locales de Krasnodar es el cosmonauta Guennadi Padalka, que batió el récord de permanencia en el espacio con 803 días, 9 horas y 41 minutos. Con trolebuses y marshrutkas, taxis colectivos con aspecto de hojalata y de herencia soviética, el público llenó el Krasnodar Stadium deseoso de ver a su joven equipo batir otro registro y clasificarse por primera vez para los cuartos de final de una competición europea.

El delgado alambre

Los vítores con los que fue recibido Dennis Cheryshev por el recuerdo cercano de sus excepcionales zurdazos en el pasado Mundial con Rusia, eran una falsa señal de amistad. Al Valencia le esperaba el partido previsto, o temido: un duelo dividido por el vértigo, las idas y venidas y las combinaciones rápidas del Krasnodar. Se sabía que el partido se iba a hacer largo sin Daniel Parejo Muñoz como faro. Agarró su relevo Geoffrey Kondogbia, amonestado por el colegiado, de procedencia inglesa pero con hábitos mediterráneos a la hora de repartir tarjetas, con proteccionismo casero. El jugador centroafricano caminó por un delgado alambre, el mismo por el que desfiló un marcador que llegó a los últimos minutos con 0-0. Pese a ser fundado en 2008 con capital oligarca, no responde el conjunto ruso al modelo de crecimiento rápido, con doping financiero, que ha caracterizado a algunos clubes de nuevo cuño que intentaron desafiar la jerarquía de los clubes históricos. Esta clase de proyectos se suelen apoyar en el carisma llamativo de veteranos técnicos conocidos, con perfiles tipo Capello o Hiddink. Nada de eso sucede con Murad Musaev, nacido en Krasnodar hace 35 años, elevado al primer equipo por promoción interna al llevar al equipo las semifinales de la Youth League, siendo eliminado en los penaltis por el Real Madrid.

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