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Ese Momento

Ese Momento

Ese Momento

El Valencia ganó la Copa y los chavales salieron de fiesta. No como el resto de sábados por la noche, que se quedan todos en casa leyendo a Faulkner. El sábado quien no estaba de fiesta estaba haciendo cola en la subida al Everest. Está cada vez más claro que el gran reto de nuestros días, la gran aventura contemporánea, es conseguir estar en casa y en paz, es poder quedarte en casa sin hacer nada.

Una de las cosas más bonitas del fútbol, uno de sus encantos, es pasarte todo el año rajando de un entrenador o un futbolista, luego ganar algo importante gracias a él y entonces decir GRANDE, SIEMPRE CONFIÉ. Una de las cosas típicas que siguen al éxito es que aparecen por todos lados seguidores de tu equipo. Es algo que me daba mucha rabia en el colegio: todos esos que pasaban del fútbol por norma, año tras año, todos esos que en el patio ni se acercaban a la pelota, todos esos seres racionales con sus cartas de rol, sus juegos raros y sus deberes siempre hechos, todos esos que ni siquiera sabían cómo empezaba el himno ni cómo se llamaba tu delantero centro, todos esos que no morían cada domingo en la grada, por la radio o con el teletexto, todos esos que al llegar la hora de celebrar algo, la hora de ser feliz un rato, se subían al carro sin sonrojo ni disimulo, sin dignidad ni miramientos.

Todos esos me ponían a parir, reconozco que no podía soportarlo, que tenían todo mi desprecio, que no me cabía en la cabeza cómo podían pensar que entendían lo que nosotros podíamos sentir, cómo podían pensar que entendían algo de lo nuestro si no habían estado antes en el barro, en las derrotas justas e injustas, en los días de sol y en las tardes de lluvia, en el frío del mercado invernal y en los nervios incontrolables de la primavera sin freno, cómo podían osar ponerse a nuestra altura al cruzar al fin la línea de meta, a la altura de nosotros los enfermos, habiéndose saltado todo el dolor y todo el proceso.

No podían, desde luego. No podían y ahora me da igual, pero aún los compadezco. Los compadezco porque ese momento final, ese pitido definitivo del árbitro, ese momento es tan único, íntimo y personal que compensa sin duda el resto. Merece tanto la pena, se siente uno tan vivo, orgulloso y feliz, que todos volveríamos a hacerlo.

Ese momento ya no te lo roba nadie, y tiene su mérito porque qué queda por ahí que no puedan robarnos aparte de esto. Ese momento da sentido a las penurias y a las renuncias, y nos proporciona de paso un objetivo claro en la vida, una maravilla para quienes somos de voluntad difusa y patiment eterno. El sábado cuando pitó el árbitro envidié sin querer a la afición del Valencia que buscó, esperó, soñó y disfrutó ese momento. Perseguir esos momentos es lo adictivo: el principal motor de este juego.

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