02 de septiembre de 2020
02.09.2020
Levante-emv

Roglic ya se descubre en la cima de Ocaña

El ciclista esloveno triunfa tras un atroz control del Jumbo en Orcières-Merlette

02.09.2020 | 00:22
Roglic ya se descubre en la cima de Ocaña

En la cima de Orcières-Merlette, Alpes puros y duros con apenas cuatro días de Tour, solo hay recuerdos a Luis Ocaña, fotos y carteles rememorando el gran triunfo del ciclista conquense de 1971. Si el homenaje no fuera en blanco y negro casi se pensaría que la hazaña pasó hace muy poco cuando la ronda francesa se corría en julio. Pero si se ve, si se observa el ciclismo de la actualidad parece incluso que hayan pasado muchos más años de los 49 que han transcurrido desde que el corredor español le sacó casi 9 minutos a Eddy Merckx.

Hace 50 años un ciclista se atrevía a atacar en solitario a decenas de kilómetros de la meta sin importarle que por el camino pudiera encontrar las más increíbles dificultades y los obstáculos más complicados. Hoy en día es imposible. Y no es que haya chavales que puedan tener el cuerpo de Ocaña, de Merckx, de Poulidor, de Fuente, de Gimondi, de Thévenet, de Van Impe, de Zoetemelk, y de tantos y tantos contemporáneos de aquella maravillosa época ciclista.

Entonces, al contrario de ahora, la diferencia entre los patrones del pelotón y los llamados gregarios era abismal. Y los sueldos igual. Ahora, en cambio, llega al Tour un equipo como el Jumbo que se presenta con dos aspirantes a la victoria en París como son Primoz Roglic y Tom Dumoulin. Pero es que los mal llamados gregarios podrían ser jefes de fila en muchísimas escuadras, millonarios del pedal, capaces de poner al pelotón a casi 50 kilómetros por hora al pie de Orcières-Merlette, como hizo Toni Martin, como si estuviera disputando una contrarreloj, cuando era el indiscutible número uno de la especialidad ahora tan despreciada.

A esa velocidad es imposible que nadie ataque, ni el mismísimo Ocaña si pudiera resucitar. Pero no acabó allí. Cuando faltaban cuatro kilómetros, un belga que es un auténtico ídolo en su país, como es Wout van Aert, era capaz de poner a todo el pelotón en fila india, en la zona más dura del puerto, sin que nadie pudiera demarrar y dejando una estela de cadáveres por el camino. Ni Egan Bernal, ni Julian Alaphilippe, ni Thibaut Pinot, ni Nairo Quintana, ni Mikel Landa. Van Aert ganó en este extraño agosto ciclista la Strade Bianche y la Milán-San Remo y es un grande que corre en el nombre de los mejores clasicómanos.

Pero es que cuando levantó el pie con poco más de un kilómetro para la cima apareció Sepp Kuss, un estadounidense, extraordinario escalador, que prácticamente preparó el esprint para que Roglic ganase como le gusta hacerlo, en la zona de vallas, demostrando a todos que con la meta a tocar muy pocos lo pueden vencer. Ni siquiera Alaphilippe, rápido como pocos en estas condiciones, y quien por lo menos pudo conservar el jersey amarillo en la misma montaña donde Ocaña lo ganó en 1971, en aquel Tour que habría ganado de no caer en Menté.

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