Cómo formar desde las emociones: un caso de éxito
José Enrique García
Pongamos una empresa de importación y exportación de productos agroalimentarios. Digamos una gran empresa, de más de doscientos trabajadores, de origen español pero plenamente asentada en los mercados internacionales de fruta y verdura. Imaginemos que en uno de los departamentos de esta empresa, concretamente el de sistemas, se produce un notorio y repentino cambio organizativo. Un nuevo director de sistemas se hace cargo del área y el responsable de programación también es sustituido. Esto supone la irrupción de un estilo de liderazgo nuevo, con nuevas prioridades, nuevos métodos, nuevas formas? La dirección de la empresa, en prevención del estrés que puedan generar tales cambios en el equipo de personas que forman el departamento, recurre a nuestra consultora en busca de refuerzo. Equipo Humano diseña una acción de formación experiencial orientada a cohesionar el equipo y facilitar la adaptación al cambio al tiempo que se trabajan las principales competencias del trabajo en equipo.
Para aquellos lectores no familiarizados con el concepto, la formación experiencial es un tipo de formación que consiste en anclar los conocimientos mediante emociones generadas a través de la experiencia. Generalmente, este tipo de formaciones se ejecutan al aire libre para buscar la descontextualización y suelen consistir en pruebas o ejercicios de tipo lúdico que generan vivencias positivas asociadas a las competencias que se quieren trabajar. Dichos ejercicios se diseñan a medida de los objetivos que se pretende abordar y del perfil de los grupos.
En el caso de nuestro ejemplo, dado que la acción estaba orientada a informáticos, se diseñaron ejercicios en los que aptitudes como la atención al detalle, la planificación, el control o el análisis numérico tuvieran un peso específico importante. Los objetivos de la acción eran concienciar del cambio, fomentar la actitud proactiva, motivar y desarrollar la confianza entre compañeros, generar compromiso hacia el equipo y, en definitiva, mejorar las competencias básicas del trabajo en equipo: coordinación, comunicación, complementariedad, cohesión y confianza.
Acción formativa
Para ello se diseñó una acción formativa de 8 horas de duración en un recorrido de baja montaña (con un plus de exigencia pero exento de barreras limitantes). Durante la mañana, los participantes, agrupados en equipos de diez personas, realizaron una carrera de orientación en la cual cada miembro del equipo tenía asignado un rol y su aportación al grupo era requisito indispensable para alcanzar los objetivos. En cada punto de control, los equipos fueron sometidos a divertidos retos relacionados específicamente con las competencias que se querían trabajar. Guiados por los formadores en su papel de facilitadores, la dificultad de estos retos iba en aumento conforme superaban las distintas fases del recorrido, hasta convertirse en auténticas pruebas de fuego para el equipo.
Al finalizar la mañana, todo el grupo disfrutó de una comida de confraternización durante la cual se compartieron impresiones y se comentaron las anécdotas de la mañana. Tras el café, los tres formadores expusieron el análisis de las conductas y las conclusiones extraídas de los retos. Muchos se sorprendieron al verse a sí mismos en acción, en las grabaciones destinadas al efecto. De ellas pudieron extraer valiosas conclusiones colectivas e individuales de aplicación directa a su puesto de trabajo.
Al término de la formación, la inmensa mayoría de los participantes se declaró muy satisfecho con la jornada, destacando el efecto cohesionador de la misma. Sirvió para que todo el grupo comprendiera mejor el cambio y se sintiera partícipe del mismo con actitud positiva y espíritu de mejora. Las anécdotas del día y el «buen rollo» entre compañeros perduraron durante semanas en las conversaciones de pasillo. Todos los presentes reconocieron haber encontrado utilidad en lo aprendido y plena aplicación a su trabajo diario.
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