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La Virgen del Puig y el monasterio en la mente de los reyes de Aragón

Jaume I, tras conquistar València y en agradecimiento a la Mare de Déu del Puig, decidió que la iglesia-fortaleza en la que había realizado su juramento sería el germen del monasterio

La Virgen del Puig y el monasterio en la mente de los reyes de Aragón

Ya antes de Jaime I, varios de sus antepasados ya habían ansiado e intentado la conquista de València. Todos ellos se constituyeron como los precedentes en tal empresa, pero sólo el rey Conqueridor fue capaz de materializar lo que había heredado como un sueño deseable pero, hasta entonces, irrealizable. Y justamente por este motivo, por su afán de conquista, se fijaron en el territorio que hoy en día ocupa el término del Puig de Santa Maria.

La Virgen del Puig y el monasterio en la mente de los reyes de Aragón

Alfonso II el Casto, rey de Aragón, y abuelo de Jaume I, tras haber realizado una incursión guerrera contra el reino de València en 1172, y haber contemplado con sus propios ojos el territorio de Cepolla o Cebolla (uno de los nombres que tenía el Puig de Santa María en la Edad Media), decidió, en febrero de 1175, dar al monasterio de Poblet la villa de Cebolla si Dios le permitía conquistar València.

Y en su término construirían una abadía que pertenecería a la Orden del Cister, según la regla de san Benito, y estaría sujeta a la casa de Poblet. En ella podrían establecerse cien presbíteros para honrar a Dios.

Unos años más tarde, será el propio padre de Jaume I, el rey Pedro II el Católico, el que anheló tomar València. Y, en un documento firmado en 1190 confirmó lo mismo que declaró su padre, Alfonso II en 1175, respecto a su intención de construir un monasterio del Cister en Cebolla, dejarlo como filial de Poblet y poder ser enterrado en este monasterio de Cebolla, si así lo decidía tras conquistar Valencia.

Finalmente, fue Jaume I el que, tras conquistar València, en agradecimiento a la Mare de Déu del Puig de Santa Maria, decidió que la iglesia-fortaleza en la que había realizado su juramento sería el germen del monasterio en el que se custodiaría la Virgen a la que tanto consideraba que debía. El rey tenía claro que sin su ayuda no hubiese podido conquistar València. Por ello, el 26 de julio de 1240 dotaba como correspondía a la nueva iglesia del Puig de Santa María, y la donaba a la Orden de la Merced.

A partir de ese momento el pequeño monasterio medieval del Puig de Santa María se convertía en el referente espiritual y cultural del nuevo reino de València y de sus pobladores.

El monasterio del Puig de Santa Maria en el codicilo testamentario del rey Jaume I el Conquistador y de su hijo Pedro el Grande. Jaume I, al final de su vida, en su primer codicilo testamentario, realizado el 20 de julio de 1276, en Alzira, declara sus últimas voluntades, acordándose del monasterio del Puig de Santa María al que tanto le debía él y el nuevo reino de València.

Por ello, dispone, después de distribuir para dos años las rentas de los diezmos procedentes de Aragón, Cataluña, Montpellier, Rosellón, Cerdaña y Conflent, que lo sobrante se aplicase a la fábrica de su capilla de Montpellier, a la edificación de Santa María de Valverde y a la obra de Santa María del Puig de València, además de las 600 doblas de oro que dio, estando en Xàtiva, para dicha construcción del monasterio mercedario en el que se custodiaba la Patrona de los valencianos. Ello significa que el complejo monástico iba agrandándose y ganando espacio al rodeno del pequeño altozano sobre el que se asienta.

Pero tras Jaume I, su hijo, Pedro el Grande, nacido en València, supo reconocer el papel que había tenido el Puig de Santa María en la conquista de València y su reino. Su nacimiento en 1240, tan cercano a la toma final de València, le permitió conocer de primera mano todo lo ocurrido en la preparación de la conquista y el papel tan crucial que había jugado la Virgen del Puig en todo el proceso. Y siguió el ejemplo de su padre a la hora de premiar al monasterio pugenc. Por ello, afirma el mercedario Francisco Boyl, en su «Historia del monasterio del Puig», de 1631, que «Don Pedro Rey de Aragon que llamaron el Grande, dio por los años de 1281, a esta Santa imagen un Caliz, un Relicario de san Bartolome, con una muela del glorioso Apostol, un rico terno con ornamentos riquissimos, contenidos en un antiguo inventario manuscrito en pergamino». Este pergamino lo podemos consultar hoy para confirmar lo dicho por Boyl en el volumen II de la obra La Orden de N.S. de la Merced de Faustino Gazulla, en las páginas 50 y 51.

Por último, Pedro el Grande en su juramento y codicilo testamentario, en noviembre de 1285, da «Item, operi ecclesie Sancte Marie de Podio, Valencie, ducentas duplas» (Diplomatari de Pere el Gran). Es decir da doscientas «duplas» para las obras de la iglesia de Santa María del Puig.

Al igual que los dos primeros monarcas del reino de València, nosotros debemos reconocer nuestra historia para ser dueños del impulso histórico-moral que nos lleva a actuar en la actualidad. Ser valenciano no es cuestión de gusto, sino que es un hecho y para reconocerlo hay que visitar el monasterio del Puig de Santa María, símbolo de la nueva puerta histórica que abrió Jaume I.

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