11 de marzo de 2014
11.03.2014

"Mi catolicismo me sirve a mí"

11.03.2014 | 05:30

José Luis Villacañas

Hay una escena de la serie El ala oeste de la Casa Blanca que he recordado estos días, por su fuerza pedagógica. El círculo de asesores del presidente Bartlet no tiene secretos ni para él ni entre sí. Todos saben lo caro que paga un equipo que alguno de sus miembros vaya por libre. Toby Ziegler, el director de Comunicaciones del Gabinete, es el padre de los gemelos que espera su exmujer. Él, judío practicante, quiere volver a casarse. Ella, una congresista demócrata de éxito, asume los riesgos y desafía a la sociedad conservadora. Será madre soltera. Toby desea volver a casarse porque obviamente sigue enamorado de su exmujer, pero también porque no sabe la reacción del presidente, un católico convencido. El día de la reelección, cuando el presidente se dispone a celebrar la victoria en la intimidad con la señora Bartlet, alguien llama a la puerta. Es Toby. Viene a comunicarle que va a ser el padre no casado de gemelos.
El presidente, interrumpido en su celebración íntima, escucha con estoicismo la confesión, pero al final no puede evitar la pregunta: ¿por qué ha elegido Toby ese momento para comunicarle algo tan personal? El consejero confiesa: tenía cierta prevención a la reacción de un jefe católico frente a una paternidad no vinculada al matrimonio. Entonces, el guionista Aaron Sorkin se esmera y nos propone una de esas frases lapidarias de amplia eficacia pedagógica: «Mi catolicismo me sirve a mí», le dice el presidente. Este hecho tan sencillo, que constituye el abc de una sociedad democrática y liberal, no hay manera de que entre en la cabeza de la jerarquía católica española. Desde luego, estoy seguro de que ha entrado en el corazón y en la mente de muchos católicos. Pero no hay forma de que entre en la mentalidad de la jerarquía española.
He recordado esta escena ante las manifestaciones del obispo Reig, según las cuales, desde la promulgación de la primera ley del aborto hasta el presente, se han producido unos dos millones de abortos en España. Como es sabido, el obispo Reig ha comentado que esos son muchos más asesinatos que en la Guerra Civil y ha calificado este hecho como un «holocausto silencioso». En lugar de decir, como el presidente Bartlet, «mi catolicismo rige para a mí», el obispo Reig hace otra operación. El catolicismo tiene que valer para todos los españoles, incluidos los no católicos. Si asumiera que solo habla para sus fieles, Reig tendría que haber dicho que la legislación pro-aborto ha producido dos millones de pecados. Pero Reig no desea hablar a su parroquia, sino a todos los españoles. Y entonces no nos habla de pecados, sino que considera que el pecado debería ser también un delito, y por eso habla de «asesinato» y de «holocausto».
Es muy posible que lo que haya detrás de esta actitud sea una falta de fe en el sentido del pecado, como si el dolor íntimo y la desdicha, la amargura y la desazón que la auténtica violación del propio código moral produce apenas significara nada y, por eso, tuviera que ser reforzado con expresiones que, de ser tomadas completamente en serio, deberían tener consecuencias punitivas penales. De este modo, lo que sólo es pecado para un grupo de la sociedad, se convierte en un delito, que es algo que afecta a su totalidad.
Vengo dándole vueltas a estos asuntos estos días porque mi querido colega Félix Duque, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, se jubila y ha querido que algunos de sus amigos den una clase de homenaje en lo que será su último curso. En atención a nuestra vieja amistad, forjada en los días de nuestra docencia en la Universitat de València, me ha ofrecido participar en esta su despedida. Duque es el mejor de su generación, de eso no hay duda, y es el mejor de todos nosotros por su pasión incomparable por la filosofía. No hay otro daìmon tan poderoso y genial como el suyo, y es una pena que se despida de su magisterio, tan fecundo. El caso es que, como temática de esa clase, me ha pedido que debata alrededor de su contribución a un volumen colectivo dedicado al problema de la teología política. Su artículo, como era de prever el más generoso, está dedicado al «teofranquismo» y aborda el problema de la teología política en ese régimen que se ha dado en llamar el nacionalcatolicismo. Es un tema, como se puede suponer, que tiene una profunda relación con el obispo Reig. Pues este obispo habla así porque se le ha enseñado, pero no lo veo muy consciente de las bases teóricas desde las que habla. Resulta evidente que, para decir lo que dice, se tiene que tener una concepción del mundo muy precisa, que sólo se puede desmontar cuando se conoce bien su génesis. Y a eso contribuye de forma muy nítida el trabajo de Félix Duque y espero que también lo haga mi clase.
Intentaré exponer el núcleo del asunto. Decir que uno es un asesino cuando aborta, no es una frase cualquiera. Afirmar que una mujer que aborta contribuye al «holocauto silencioso» que nos rodea, no puede ser la última palabra. Si ambas frases no tienen eficacia penal, es sencillamente porque el brazo secular del Estado no está en disposición de obedecer al juez eclesiástico, que sin embargo se ve dotado de auctoritas legítima para juzgar no sólo en el fuero interno, «abortar es pecado», sino en el fuero civil, «abortar es un asesinato». Sin duda, los autores que han elaborado esta doctrina reconocen que el poder civil tiene una potestas, un poder propio, basado en su legalidad, pero reconocen que esa legalidad sólo recibe legitimidad cuando está vinculada a la verdad, algo que deriva exclusivamente de la autoridad de la Iglesia. Por tanto, la consecuencia es que el poder civil que no interioriza su sentencia „«el aborto es un asesinato»„ en el fondo es una potestad no legítima. Que el poder político haga o no caso, eso no es un obstáculo para que la Iglesia siga con su propia valoración y con su propio juicio, porque la no vinculación del poder civil a sus juicios verdaderos es solo provisional. Puesto que para ella todo poder procede de Dios, en cualquier momento ese poder puede reconocer dicha procedencia divina y prestar su brazo para que la frase tantas veces mencionada tenga eficacia penal. En suma, sólo porque el poder civil traiciona su verdadera legitimidad, deja de asumir las consecuencias penales del «asesinato» del aborto.
Esta teoría es refinada y pintoresca, y desde luego el obispo Reig no sería capaz de explicarla. La Iglesia española, con demasiada frecuencia, ha elegido pastores que mimetizan discursos, despreciando a sacerdotes intelectualmente capaces y, por lo que le hemos escuchado, el obispo Reig no es uno de éstos. Esa doctrina es la obra específica de un pensador notable, canonista famoso y erudito riguroso llamado Álvaro d´Ors, hijo del famoso autor del glosario Xenius, el que fuera mentor de Prat de la Riba, allá por la época en la que escribió La nacionalitat catalana. Este emérito catedrático de derecho canónico en Navarra fue amigo de Carl Schmitt, y al final de su vida escribió una intervención muy interesante en un volumen dedicado al pensador alemán, en el que yo mismo colaboré, publicado por la Fundación Cánovas del Castillo. En esa intervención, Álvaro d´Ors cifró la radical separación entre su pensamiento y el del autor alemán en este punto: su hispanismo lo había librado de la creencia en el Estado. Esto es: para el pensamiento verdaderamente español, el Estado moderno no existe. Existe una potestad civil incompleta, cuya verdadera legitimidad procede de la Iglesia y a la que, por eso mismo, tiene que obedecer. La idea final de D´Ors es que esta teoría es esencial a España y en sus líneas fundamentales tiene el carácter de lo esencial, esto es, la eternidad.
Alguien podría decir que esta teoría es todavía más pintoresca que la anterior y una antigualla como ella. Y podría serlo si no fuera porque un discípulo de don Álvaro „aunque su director de tesis fuera Klaus Mördorf„ un hombre que escribió una tesis doctoral sobre Iglesia y Estado en la España del siglo XVI, la sigue defendiendo para que se eternice de verdad. Ese espíritu afín a Álvaro d´Ors se llama Antonio María Rouco Varela, el cardenal primado. Nadie puede afirmar que él no sabe lo que dice. Aunque ello implique regresar al siglo XVI.

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