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Matías Vallés

El Gobierno permanente revisable

Las encuestas se orientan mágicamente hacia la inexorabilidad de la gran coalición PP/PSOE, para mantener el espíritu o fantasma de la transición.

La única incógnita de la presente legislatura plantea si ha ocurrido todo lo que en ella podía ocurrir. La aproximación al banquillo de Ana Mato mantiene abierta la capacidad de sorpresa, a falta de determinar su potencial erosivo. Sin embargo, Rajoy está en condiciones de afirmar, como Margaret Thatcher respecto a Tony Blair, que «nuestro mayor logro ha sido el PSOE, hemos obligado a nuestro enemigo a cambiar». El paréntesis de la interpelación parlamentaria de Pedro Sánchez, incluso su declamativo antes que exclamativo «coño» junto al Ebro desbordado, no oculta que populares y socialistas han entrelazado sus destinos a partir del embrionario pacto antiterrorista. Curiosa urgencia, en un país que cumple el primer lustro de su historia reciente sin atentados y donde sería más razonable un pacto antitabaquista.

En la España del pleno subempleo, solo los gabinetes de encuestas han perdido más elecciones recientes que Rajoy. Los institutos demoscópicos se han estrellado de las andaluzas a las europeas, pasando por las catalanas que debían garantizar la mayoría absoluta a Artur Mas. Sin embargo, la fe ciega de los anuméricos en los números mantiene el crédito de asignaciones de diputados que triplican la intención de voto declarada por los encuestados. Con estos aditivos, los sondeos se orientan mágicamente hacia la inexorabilidad de la gran coalición PP/PSOE, para mantener artificialmente el espíritu o fantasma de la transición. La delicada labor obliga a pronosticar un descenso acompasado de ambos partidos, a fin de que el enlace sea digerido por sus irreductibles. Resulta obvio consignar que los populares son los ganadores de la alianza desde su mero enunciado.

El pacto antiterrorista consagró la prisión permanente revisable que violenta la tradición socialista. En realidad, instauraba el Gobierno permanente revisable que garantiza la rotación de PP y PSOE sin molestas interferencias. Desde la muerte de Franco, los turnos alternos han respetado la continuidad durante un mínimo de dos legislaturas, por lo que establecer este techo de permanencia en el cargo no es una figura ética, sino decorativa. En aplicación de esta regla, Pedro Sánchez o su sucesora deberán aguardar a 2019 para llegar a La Moncloa sin la etiqueta de visitante. De hecho, las riñas intestinas entre socialistas se centran en los codazos para ocupar un puesto en la rampa conjunta de lanzamiento con los populares.

En esta línea, se acusa a Susana Díaz de traicionar a su partido al adelantar las autonómicas con el objetivo oculto de estrenar la gran coalición, atendiendo a las plegarias de González y demás dinosaurios. Dentro de la sospechosa orientación de los titulares hacia la alianza, en el último sondeo andaluz del CIS se ha destacado unánimemente que el PSOE no alcanza una mayoría absoluta de la que carece ahora mismo, por lo que se devalúa la presunta noticia. Se oculta a cambio que el PP se precipita al vacío desde su actual mayoría relativa, un dato quizás más reseñable. Hay que masajear a la opinión pública para que metabolice un embarazoso matrimonio de conveniencia. La dominante socialista en Andalucía favorecerá la aceptación de la continuidad popular en La Moncloa.

El miedo hace mucho ruido, y se ha acentuado tras las elecciones europeas celebradas en Grecia. Yerran las insinuaciones de que el electorado ha enloquecido, con la consiguiente amenaza de incapacitarlo para las urnas. Los electores quieren votar lo mismo de siempre, pero no a los mismos de siempre. De ahí la delicada cirugía de inventar candidatos que parezcan despojados de los achaques de PP y PSOE. A esta aspiración responde el encumbramiento de Ángel Gabilondo a alturas metafísicas, aunque el catedrático tiene el inconveniente de hablar desde arriba a ciudadanos empeñados en votar desde abajo. La superioridad moral ha caducado.

Rajoy entiende que la misión del Ejecutivo consiste en frenar a los ciudadanos, porque liberados a su albedrío acabarían por garantizar el tratamiento a los enfermos de hepatitis C y por anular el contrato esclavista de las hipotecas. El líder del PP aboga por el Gobierno permanente revisable, desde la convicción de que la perennidad pesa más que el carácter renovable. Puede pactar la segunda legislatura que concede la tradición, con la promesa de proteger al PSOE de los depredadores surgidos a su izquierda. O puede que su libertad de maniobra haya desaparecido, y que solo le quede el consuelo de unas encuestas a medida.

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