10 de diciembre de 2016
10.12.2016

La falla Occidental

10.12.2016 | 01:21
La falla Occidental

Estamos asistiendo en primera fila a la disolución de la unidad política, cultural, económica y militar que surgió de la segunda guerra mundial y que hemos conocido con el nombre de Occidente. La finalización del patrocinio defensivo de Estados Unidos no es un mero cambio geopolítico, sino la dimisión de un liderazgo ejercido ante el resto de las democracias occidentales. Y de ahí que la unidad geopolítica y cultural occidental esté inmersa en un proceso que todavía se extenderá temporalmente, pero cuya fractura es ya visible y seguramente irreversible.

Sin embargo, la falla que separa las placas continentales de esa entelequia política que ha sido Occidente no es la que cruza el Atlántico y separa políticamente Europa de América. Esa separación, aunque real, es sintomática de la auténtica y creciente división interna que la cuartea. Occidente agoniza por el antagonismo prácticamente irreconciliable que han alcanzado sus dos versiones internas: la de una modernidad que considera cancelada cualquier clase de vigencia de los discursos fundacionales de la tradición occidental, y que se tiene a sí misma por una refundación refutatoria de lo precedente; y la de una modernidad que aspira a conciliar el progreso con la vigencia de tales discursos fundacionales y que tiene por vigentes las visiones y el legado esencial de dicha tradición, aunque sea admitiendo reformulaciones muy amplias.
Es ese movimiento de placas tectónicas, el que se expresa en cada uno de los países con la forma de la extrema bipolarización entre conservadores y progresistas, y que pone en serios aprietos la convivencia en unidades políticas anteriormente capaces de moderar dichas discrepancias, mitigadas por las mutuas lealtades que la propia democracia o las respectivas naciones despertaban. Poco importa que el progresismo suela ser mayoritario en Europa aunque ganen los conservadores, y que el conservadurismo sea mayoritario en América incluso si ganan los demócratas, porque la falla recorre internamente cada una de las viejas naciones.

Y es que ambas versiones de lo occidental en su formulación actual no se limitan a ser alternativas y a chocar entre ellas. Eso ha sido lo que ha ocurrido hasta ahora, y ese choque alzó las cimas del mundo civilizado, por mucho que nos cueste reconocerlas en nuestras actuales sociedades. Pero lo que ahora ocurre es que se excluyen entre sí, de manera que cada vez que una consigue predominar sobre la otra, la somete a una prueba extrema de tolerancia, que casi le hace preferir la secesión en bandos ideológicos a la sumisión democrática a la mayoría. Y de ahí que las alternancias se conviertan en revanchas que aspiran a demoler lo hecho, por lo que de nuevo se produce la exclusión de la otra mitad ahora minoritaria.

Más todavía: la mera formulación de cada una de las visiones resulta injuriosa para la contraria, que queda estigmatizada como obtuso puritanismo si se trata de los conservadores, o depravación permisiva si se trata de los progresistas; como austeridad insolidaria o como estatalismo dilapidador; como egoísmo privatizador o como burocratismo interventor; como superstición crédula, o como arrogancia incrédula; como tardo-reaccionarios unos o como irresponsables esnobistas los otros.

Ciertamente, todas las líneas de fractura anteriores se han tensionado con los efectos de las crisis y la modificación de los patrones de distribución de la riqueza en nuestras sociedades, y que en cada país han hecho caer las víctimas en una placa tectónica o en la otra, según las culturas políticas y las estructuras socioeconómicas de cada una de ellas. Pero esta crisis y sus efectos son circunstanciales si se comparan con el larguísimo recorrido de la separación entre las dos visiones enfrentadas, cuya génesis cruza los últimos siglos y hunde sus raíces incluso más allá, en la revisión crítica de la tradición que supuso la Revolución Francesa y que dio lugar a una democracia contra Dios, frente a la Revolución Americana que proclamó la democracia y la igualdad de los hombres como ciudadanos ante Dios. Y es que, al menos en buena medida, el enfrentamiento entre esas dos versiones de Occidente es la última aunque soterrada mutación de las guerras de religión, que se solventaron con la elevación de la tolerancia como valor político, pero que parece haber agotado el recorrido que las viejas creencias occidentales permitían.

De fondo, el problema sigue siendo la concepción absolutista del Estado, incluso con la forma de las democracias modernas, que lleva a identificar la misión de la política con la realización de las respectivas concepciones del bien común. La conmensurabilidad entre Estado y bien común se pudo formular en Grecia por la índole reducida de las sociedades políticas compuestas por redes de amistades cruzadas y dependientes. Y se pudo reformular en los reinos medievales hasta los Estados absolutos por la coincidencia entre las condiciones de súbditos y fieles. Pero no es propia de la política en sí misma considerada, y del todo impracticable en sistemas democráticos con visiones del mundo y de la vida cuya diversidad llega al antagonismo.

Hay que despolitizar el bien común para poder volver a politizar la política, es decir, para localizar de nuevo lo genuinamente político: la convivencia entre discrepantes. La realización íntegra de las distintas visiones del bien común tiene como sede propia las instituciones y comunidades intermedias y, en último extremo, la amistad. Solo ahí cabe esperar una afinidad de las concepciones del bien que no implique sojuzgamiento e imposición abusiva del propio punto de vista a quien no lo comparte. En cambio, el Estado y la política son el ámbito de la discrepancia en la que el bien común no tiene que tomar la forma del acuerdo unánime sino de la tolerancia en paz y libertad entre quienes mantienen divergencias irreductibles.

Las sociedades modernas nos obligan a replantear un modelo de política que suponía amplios acuerdos vitales como los que son propios de la amistad, por un modelo en el que los acuerdos posibles se corresponden más con los propios entre vecinos: cómo poder vivir juntos y provechosamente sin necesidad de pensar del mismo modo y sin pretender el sojuzgamiento del otro. Necesitamos, pues, reformular la política como el ejercicio de una vecindad nueva, capaz de superar la confesionalidad conservadora o progresista que se impone y fractura Occidente.

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