08 de octubre de 2018
08.10.2018

Hasta cuándo

08.10.2018 | 20:37

Me pregunto cuántas muertes inocentes serán necesarias para que nos demos cuenta de lo que nos está pasando. El reciente asesinato en Castelló de dos niñas por parte de su padre maltratador no hace más que confirmar algo que llevo gritando y denunciando desde todos los ámbitos a los que puedo llegar. Y hablo también de los periciales, donde me ha tocado dirimir la guardia y custodia de algún menor. Allí también me he peleado con lo divino y lo humano, porque no me parecía normal que unos niños que han vivido el maltrato de su padre hacia su madre, y me da igual que sea psicológico, tengan que tener una custodia compartida porque el juez de turno aboga por ella, caiga quien caiga.

Es evidente que hay que mirar muy bien cada caso. Pero también considero de justicia que se hagan periciales psicológicas a los menores, y exhaustivas, no como se hacía a menudo en los juzgados, deprisa y corriendo, apenas viendo a los niños una hora. Es imposible, por tanto, que podamos concluir que esos niños no tienen miedo de su padre, cuando sabemos que han visto actitudes agresivas de continuo, pero que es evidente que no van a confirmar al primer psicólogo que les pregunta, a veces directamente en un juzgado, sabiendo que fuera está su padre, el maltratador. Y claro, no dicen nada. Y van con el padre al que temen porque no se atreven a decir lo contrario.

La ley que se acaba de aprobar viene a confirmar lo que muchos psicólogos infantiles denunciábamos de toda la vida, que un maltratador no puede ser un buen padre y que, ante una denuncia, siempre que esté contrastada, las visitas deben restringirse. Sabemos, por desgracia, que cuando existen este tipo de conductas, de amenazas contra la madre, los individuos que las profieren no tienen el menor reparo en hacer el mayor daño posible. Y sabemos que lo que más le duele a una madre es la pérdida de un hijo. Tenemos por desgracia demasiados ejemplos y demasiados ataúdes blancos.

Y yo me pregunto, ante una negligencia como ésta, en la que la jueza obvia las denuncias de la madre porque no veía señales de peligro objetivas, esa jueza, ¿va a seguir dictando sentencias? Porque a mí me parece, y creo que no soy la única, que tendría que haber las mismas consecuencias que existen cuando se comete una negligencia médica. En este caso, esa negligencia, esa falta de protección de los menores, para los que no existe un Estado igualitario a los derechos de los adultos, ha supuesto la muerte de dos niñas y acabado con la vida, de otra forma, de su madre. Por eso, qué quieren, cada vez me convence más la posibilidad de anular los aforamientos, porque los jueces, como cualquiera de nosotros, pueden incurrir en un tipo de delitos, que quizás no estén en el Código Penal pero desde luego están en el moral, que de eso por desgracia yo sé mucho.

Desgraciadamente, he tenido que ver cómo muchos niños se iban con el padre, cuando a veces incluso maltrataban o abusaban de ellos, por no haber podido probarlo o bien porque unos buenos abogados consiguen que parezca que la madre aliena a sus hijos contra el padre. Para eso es necesario un buen informe psicológico. Ninguna madre en un estado mental normal dice a su hijo que comente determinados actos que realiza su padre con él, o con ella. Ninguna en su sano juicio. Y, sin embargo, se considera alienación, y aquí paz y después gloria. Me uno al clamor nacional para pedir más psicólogos que estén de guardia, que puedan comprobar si existe o no peligro, si los niños tienen miedo, y exijo al Estado medios para dotar a los profesionales del tiempo y las medidas adecuadas para emitir un diagnóstico certero de la unidad familiar. Nuestras consultas tendrían menos pacientes, hijos maltratados o abusados, y las mujeres no temerían, en cada visita con el padre maltratador, por la vida de sus hijos.

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