11 de enero de 2019
11.01.2019

Un judeoconverso en el Museo del Prado

11.01.2019 | 21:02
Un judeoconverso en el Museo del Prado

Aunque en el siglo XXI nos parezca inconcebible, a finales del XIX, el párroco de Tous vendió la hermosa pieza central del retablo de su iglesia, al marchante alemán Charles Dowdeswell por un dinero que empleó en comprar dos candeleros y una cruz para las procesiones. Hoy, el San Miguel de Tous, está considerada como una de las obras maestras de la transición gótico-renacentista de todo el arte europeo, y preside la impresionante exposición sobre la pintura de Bartolomé Bermejo (1440-1500) que nos ofrece el Prado, tabla que ha sido trasladada desde la National Gallery de Londres, el museo que la atesora.

Bartolomé Bermejo, un converso que viajaba de un sitio para otro, asociándose con pintores del lugar para conseguir contratos y pasar inadvertido, había nacido en Córdoba pero llegó a València en el entorno de 1460, residiendo aquí durante muchos años porque, según los fueros, deberían pasar al menos siete para adquirir la ciudadanía valenciana, condición que el pintor acreditó en el documento de Tous de 1468.

La pieza de San Miguel es un óleo sobre tabla de 1,88/ 0.81 m. realmente asombroso, en el que se aúnan los elementos propios de la transición en la que Bermejo demostró ser uno de los grandes maestros que trabajaban en la Corona de Aragón. En la misma, observamos al Arcángel revestido con una armadura dorada, en cuyo peto se refleja la Jerusalén celeste, entretanto eleva su brazo derecho portando la espada amenazante, mientras en su mano izquierda sostiene el enarma de su escudo formado por un umbo acerado profusamente decorado. Una capa de brocado, forrada de seda granate, compuesta con las líneas quebradas al uso de los tejidos de Van der Weyden, completan la imagen de este ser extraterrestre –todos los ángeles lo han sido-, en un periodo en el que se recitaban los cantares de gesta y se escribían los primeros libros de caballerías, en los que abundaban las imágenes fantásticas: hadas, gigantes, hechiceros, luchas implacables, animales imaginados o monstruosos (aquí el diablo es un esperpento de fiera humanizada), enfrentados a guerreros ennoblecidos por elevados contenidos virtuosos, aspectos reflejados en este personaje, alado y admirable, de armadura dorada, que, al ser propio del otro mundo, mientras ataca, no muestra el más mínimo gesto de ira o de violencia.

Aunque ha sido en el ámbito literario donde se ha visto enfatizada, justamente, la gran importancia del XV valenciano, con autores tan destacados como Ausias March, Roís de Corella o Joanot Martorell, y en un terreno distinto, por sor Isabel de Villena o Jaume Roig; a mi juicio, la verdadera eclosión cultural de la centuria se produjo en el ámbito de la arquitectura y de las artes, con la actividad de las escuelas de construcción y de estereotomía de Antoni Dalmau, Francesc Baldomar, y de Pere Compte, en el primer caso; y, en el segundo, con la inmensa producción artística del gótico internacional: Llorenç Saragossà, Pere Nicolau, Antoni Peris, Gonçal Peris de Sarrià, Jaume Mateu, Marsal de Sas, Gherardo Starnina; y la siguiente generación artística, con la pintura de influencia flamenca tras el viaje a aquel país de Lluís Dalmau en 1431, pensionado por un Magnánimo deslumbrado por la obra de Jan van Eyck, al que siguió la creación preciosista de Joan Reixach y de Jacomart, antecedentes artísticos de Bartolomé Bermejo, probablemente el más dotado de todos, que realizó entre nosotros una buena parte de sus obras maestras, entre ellas, también el imponente Tríptico de la Virgen de Montserrat (1481- 86) -asimismo expuesto en el Prado- procedente de la Catedral de Acqui Terme (Italia), mientras trabajaba aquí con los Osona, padre e hijo, coincidiendo en el tiempo con los introductores del Renacimiento italiano en España: Paolo de San Leocadio y Francesco Pagano, que desde 1472 pintaban los frescos de la Catedral, constituyendo a València en uno de los centros artísticos más importantes de Europa, configurado en la época de los Borja.

Durante las dos últimas décadas, los historiadores de arte han prestado un especial interés por aquel el gótico valenciano (Company, Benito, Aliaga, Serra, Miquel, Gómez Frechina, Llanes Domingo, Zaragozá) aportando relevantes monografías sobre su gran importancia internacional; suscribiendo un rigor y una metodología bien estructurada, que ha permitido estudiar relaciones artísticas y profesionales entre los propios autores, así como cambios en la atribución de algunas obras destacadas, lo que ha supuesto una renovada disposición para la puesta en valor de tan importante época. Pero no es la primera vez que, entre nosotros, se ha procurado difundir una producción creadora tan excepcional realizada en una sola centuria, y en este punto, hay que reconocer el esfuerzo que realizó en su día Elías Tormo Monzó (1869-1957), intelectual, e historiador de arte de reconocido prestigio, preocupado por la reivindicación histórica de los elementos propios de la cultura valenciana, que en 1913 ya publicó una monografía sobre Jacomart; otra sobre Bartolomé Bermejo en 1926; y posteriormente (1932-33), un libro sobre los Osona, en su intento de reconstrucción de un imaginario colectivo que durante las dos primeras décadas del siglo XX fue compartido con diversidad de matices por otros intelectuales de la época (Teodoro Llorente, José Sanchis Sivera, Luis Tramoyeres Blasco, Roque Chabás o José Martínez Aloy).

La exposición del Prado, en la que se incluye una «Virgen de la Leche» del Museo de Bellas Artes, es una maravilla que asume todo un periodo de nuestra historia y que, lamentablemente, tampoco veremos en València, mientras viaja al MNAC de Barcelona entre febrero y mayo.

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