17 de agosto de 2019
17.08.2019

Europa: una mirada

17.08.2019 | 19:24
Europa: una mirada

Desentrañar los orígenes de la palabra Europa equivale a realizar un viaje en el tiempo de la mano de la etimología y el mito. Dícese que «ereb» significa en las lenguas semíticas el lugar del ocaso, «donde se pone el sol». Y de ahí derivaría Europa, que geográficamente no es más que una península, de contornos inciertos, al oeste de la mole euroasiática. Para el «Creciente Fértil», allí donde nació la historia, el oeste era el ocaso, la sombra. Más tarde, la mitología griega vino a recrear la realidad con el relato generador e hizo que el dios Zeus, transformado en toro, raptase a la bella princesa tiria Europa, posándola en Creta, el Mediterráneo, el Mare Nostrum, centro original de Europa, leyenda romanizada por Ovidio en su «Metamorfosis».

Desde entonces Europa fue la filosofía y las polis de Grecia y el imperio de Roma; fue el cristianismo y Carlomagno y, siglos después, la idea de imperial de Carlos V. Pero también fueron Europa los pueblos «bárbaros» que llegaban del este y se instalaban en el territorio, fueron las huestes de Alarico y de Atila. Fue la comunidad de comercio y vida del Mediterráneo desplazada al norte hanseático cuando la invasión musulmana. En la Península Ibérica, extremo de la europea, en las desembocaduras del Tajo y el Guadalquivir se alumbró, en el siglo XV, la primera globalización real. Los portugueses bordearon África para llegar a la India y China. Los españoles fueron al oeste, atravesaron el «tenebroso océano» para buscar otra ruta y por el medio se encontraron con un nuevo continente, luego llamado América. La aventura de Colón fue mucho más que una aventura. Pero juntos los dos pueblos, con el aval del emperador Carlos V, en 1519, emprenderían la expedición Magallanes-Elcano que circunnavegó por vez primera una Tierra que dejó de estar parcelada para ser global.

Europa no fue, como no lo fue ninguna, tierra de paz. Roma, Carlomagno, los Otones, Carlos V, Napoleón y muchos más impusieron su dominio por la fuerza. Las guerras que desangraron las tierras europeas en la edad moderna y aún en los albores de la contemporánea no estuvieron reñidas con proyectos en los que se proponía el entendimiento entre los pueblos que compartían una «casa común», y es que Europa es «un paisaje caminable, la geografía hecha a medida de los pies», por eso su filosofía es pedestre. El intento de unidad europea bajo la Monarquía Católica hispana fue un fracaso, pero «será cantera de donde Holanda, Francia e Inglaterra extraigan materiales para sí». La Europa que divulgó la «leyenda negra» contra el imperio de entonces, que a su vez denostaba a su rival como la «pérfida Albión», y esparcía fantasmas como el de aquel «duque de hierro» que no lo era tanto, y se desangraba en guerras con la religión como excusa, compartía también suelo y cultura. La exposición actual «Miradas afines» en el Museo del Prado, pinacoteca española y europea, refleja la hermandad por encima de discrepancias en el ser europeo de la edad moderna, en la que el negro era el color del vestido de las élites, no el hábito del imperio triste y cerril; los bodegones muestran costumbres y gustos similares y las letras, pese a las censuras generales, buscaban el modo de filtrarse por el continente y por los otros porque eran europeos los que ya estaban en todos.

Innegable, Europa comparte historia y cultura. Se proyectó siempre más allá de sus límites, llevando a las otras tierras dominio y guerra, pero también personas, instituciones, derecho, religión, lenguas y ciudades. «El mundo se europeizó», aunque Europa se peleara. En los convulsos siglos modernos hubo intentos de apaciguar Europa, de crear alianzas. Las propugna el duque de Sully, subyacen en el derecho internacional de Francisco de Vitoria o Hugo Crocio (francés, español y neerlandés de un brillante s. XVI) y desemboca en «Immanuel Kant, que en su Tratado sobre La Paz Perpetua, publicado en 1795, aboga por el establecimiento de una federación mundial de Estados»; hubo propuestas menos elaboradas, pero encomiables, como la «Constitución Europea» del asturiano Siñeriz en 1839. Todo desde Europa. Muchos fueron los precursores que ya en el siglo XX se atrevieron con manifiestos paneuropeos (Kalergi en 1923). Por más que en los debates sobre el pasado rebroten discrepancias, en «Europa lo viejo y gastado por los siglos es un valor? da solera y belleza», por eso las calles, las plazas y las casas se llenan de nombres y recuerdan la historia. En parte de América en cambio se numeran. Europa se reconoce en sus cafés, los de sus filósofos, literatos, políticos donde se crea, se construye, se conspira y se revuelve. «Mientras haya cafés la idea de Europa tendrá contenido».
Sabemos que la primera mitad del siglo XX fue terrible en términos de desencuentro global. Y el escenario principal de las desavenencias fue la atormentada princesa raptada. Inestabilidad, crisis, dos guerras mundiales sangrientas, pocos acuerdos que impidieran desastres. Fue después de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) cuando las cosas empezaran a tomarse en serio. Como si de repente las raíces de la sabiduría histórica común cobraran fuerza, la Europa herida y humeante, divida en dos bloques irreconciliables, se dio cuenta de aquel viejo y cierto dicho: «non enim paranda nobis solum, sed fruenda sapientia est» (no basta alcanzar la sabiduría; es preciso saber usar de ella). Robert Schuman, el 9 de mayo de 1950, afirmaría que las «bases comunes de desarrollo económico, primera etapa de la federación europea, cambiarán el destino de esas regiones, que durante tanto tiempo se han dedicado a la fabricación de armas, de las que ellas mismas han sido las primeras víctimas». Un año más tarde se concretó el Tratado CECA y en 1957 los Tratados CEE y Euratom.

Hoy Europa, el viejo solar territorio de pueblos enlazados, se haya, como siempre estuvo, en otra encrucijada, pero esta vez, en el corazón del continente: es la UE de 28 países la que afronta los retos y juntos han de resolverlos o sucumbir. Desde 1945 hay paz en Europa (conflictos puntuales, muy dolorosos, al margen); más de seis décadas lo han sido al amparo del proyecto común. Hay que reconocer que en la UE es más fácil moverse, trabajar y viajar que en ninguna otra zona del mundo. En el 2002 se abrió paso una moneda común, el euro; 19 de los 28 países la usan. La UE está formada por estados democráticos y ha creado instituciones democráticas. Por más que las circunstancias de estos tiempos convulsos parezcan cuestionarlo, los valores que prevalecen son aún la inclusión, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la no discriminación. En 2012 la UE recibió el premio Nobel de la Paz por su contribución a la concordia, la reconciliación, la democracia y los derechos. Es un reto lograr merecerlo cada día. Graves problemas la aquejan. Los propios: desde la desafección británica, nada novedosa, a los populismos en auge o los «nacionalismos introvertidos que buscan atrincherarse ante la ofensiva del mundo global»; la presión constante de Rusia o la inmigración de los pobres llamando a las puertas de lo que es el paraíso para el que nada tiene. La UE desatasca ahora el relevo de cargos y forma un nuevo Parlamento tras las elecciones. Y además se encuentra con un panorama mundial en el que parece pintar poco, tener un papel periférico. Salvado el puente UE con Suramérica y Mercosur, ha de ganarse de nuevo su espacio entre una China en dinámico auge y un jefe USA «más suyo que nunca», creando entuertos. Por eso la Europa de ahora precisa estadistas de altura, europeos convencidos, jóvenes erasmus sin fronteras, recuperar sitio en el mundo. Gente, en fin, que busque encontrar de nuevo «miradas afines» entre tanta tribulación. [Luis Diez del Corral (1911-1998). «El rapto de Europa». Madrid, CEU, 2018; George Steiner. «La idea de Europa». Siruela, 2005]

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