05 de junio de 2020
05.06.2020
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Nosotras, las mujeres

05.06.2020 | 21:49
Nosotras, las mujeres

El debate que desde hace meses ha surgido en el seno del feminismo tiene como punto de mira el proyecto de Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual. Se trata de un proyecto presentado por el Ministerio de Igualdad que está a la espera de ser pronto aprobado. El quid de la cuestión que ha divido a las feministas, a favor o en contra, reside en haber identificado la diversidad con la desigualdad. En otras palabras, por haber confundido la diversidad sexual con la desigualdad estructural que históricamente han sufrido las mujeres por el hecho de serlo. Hay que recalcar que las voces que disienten no lo hacen para atacar los derechos de las personas transexuales sino para recordar que esta confusión, entre diversidad y desigualdad, opaca el orden sexual desigual que oprime estructuralmente a las mujeres desde tiempos remotos. Esta es la idea clave que defiende Rosa María Rodríguez Magda en su último libro titulado «La mujer molesta». Un texto valiente que ha puesto sobre la mesa cuestiones tan debatidas en la actualidad como el sujeto del feminismo, la transidentidad sexual o la interesada confusión entre sexo y género.

Hay que situarse, antes que nada, en el marco de la lógica binaria con la que se ha construido la estructura relacional entre los sexos y de la que surgió la noción de género. Conviene mencionar que ese tipo de lógica presenta la diferencia sexual, entre varón y mujer, como opuestos no simétricos. Como se sabe, a la diferencia sexual se superpone el género que es la construcción cultural que asigna determinados roles, funciones y valores a las personas según se haya nacido hombre o mujer. De ahí que la distinción entre sexo y género, entre lo biológico y lo cultural, sea el criterio que divide al feminismo de la igualdad, al feminismo de la diferencia y a la teoría queer y transgénero. El primero, el de la igualdad, defiende la emancipación de las mujeres y su equiparación con los derechos de los varones. Tiene su origen en los textos de Olympe de Gouges y de Mary Wollstonecraft que datan de finales del siglo XVIII. Su objetivo es la independencia económica y la formación de las mujeres para la igualdad, superando así la construcción de género que las discrimina. Este feminismo lo defienden en el siglo XX Kate Millet y Shulamith Firestone. Por su parte, el feminismo de la diferencia rechaza la igualación entre los sexos destacando la diferencia sexual encarnada en el cuerpo de las mujeres y en la experiencia de la maternidad para crear una cultura diferente a la patriarcal. Entre sus representantes se encuentran Luisa Muraro, Luce Irigaray o Victoria Sendón. Finalmente, el transgenerismo y la teoría queer deconstruye el sujeto-mujer para incorporar la diversidad sexual y multicultural. Desde esta perspectiva se afirma que tanto el género como el sexo son una construcción social. Por eso mismo, defienden que somos lo que deseamos ser y que la identidad sexual es fluida y performativa. A este corriente pertenecen Judith Butler, Rossi Braidotti o Sandy Stone.

Como se aprecia, son tres posturas que en vez de buscar concordia y extraer lo positivo de cada una de ellas, se enfrentan hasta tensar la cuerda y no dejar puentes de comunicación. A mi entender, todo gira en cómo pensar la diferencia. Si es en función de la diversidad, ya se sabe que las mujeres somos diversas y con ello no se dice nada nuevo al respecto. Pero si pensamos la diferencia en términos de relatividad o de desigualdad, afrontamos una visión más amplia. De hecho vivir la diferencia desde lo problemático y lo relativo invita a que los opuestos se definan en términos performativos como hizo la filosofía posmoderna y la teoría queer. Ahora bien, vivir la diferencia como desigualdad estructural implica entender los opuestos en términos asimétricos, excluyentes y no equivalentes. Algo que el feminismo de la igualdad combate al querer superar el género que esencializa lo biológico. A decir verdad, también la teoría queer participó de esta idea. Sin embargo, con el constructivismo radical y la fluidificación de los géneros, tantos como se quiera, se ha llegado al extremo de minimizar la noción de sexo y borrar a las mujeres como sujeto sexual que lleva en sí toda una genealogía propia.

Aparentemente se trata de un cambio de paradigma epistemológico y ontológico porque en realidad el transactivismo replica los estereotipos sexuales, hombre o mujer, para adscribirse con fijeza a un género u otro, por lo general al femenino. Por este motivo, esta posición más que ser vanguardista sustenta la mentalidad patriarcal más añeja. Pero lo realmente preocupante son las consecuencias jurídicas que se desprenden de este proyecto de ley al considerar que las personas trans que nacen hombres y pasan a ser mujeres a nivel legal, sufren doble discriminación por tener mayor vulnerabilidad. Con ello, la desigualdad estructural entre mujer/hombre pasa a segundo lugar y adquiere prioridad un tipo de discriminación o de prejuicio vinculado a la «identidad sexual». De hecho, en este modelo posmoderno, de tanta precariedad ontológica, la voluntad o el deseo serían la prueba determinante del sexo, algo que por pertenecer al ámbito del solipsismo resulta incontrastable. Es más, al priorizar la diversidad sexual por la desigualdad estructural, se trastocan los fundamentos de derecho de la LO1/2004 de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género y la LO3/2007 para la Igualdad efectiva entre mujeres y hombres. No es extraño que Rosa María Rodríguez Magda, siguiendo los pasos de la filosofía de la sospecha, haya dado la voz de alerta sobre las consecuencias jurídicas y sociales de sustituir el término sexo por el de identidad de género sentida y de los intereses ocultos, casi siempre vinculados a un capitalismo financiero y a un mercado globalizado de consumo, que puede estar tras ello. Ahora que el feminismo tiene mayor pujanza que en otros momentos históricos, este tipo de cuestiones son trampas reactivas en las que no habría que caer. Son falacias que nos impiden avanzar hacia un feminismo postgénero, tan necesario como urgente, que aúne posturas e incluya la diversidad a la par que resuelva previamente la desigualdad estructural existente entre hombres y mujeres. Y es en este sentido en el que la filósofa aboga por un feminismo que defienda nuestra genealogía y salvaguarde al sujeto «nosotras, las mujeres» que se movilizó en los albores de la modernidad para reclamar los principios universales de libertad e igualdad.

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