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Alfons Garcia

A VUELAPLUMA

Alfons Garcia

Otra patria

Los soldados españoles montan guardia con sus armas durante un desfile.

Los soldados españoles montan guardia con sus armas durante un desfile.

Nadie sabe que está allí. Ni siquiera su mujer. Las cosas no han ido bien últimamente: se ha retrasado en el pago de la hipoteca, le ha llamado el abogado de su primera mujer, tiene que decirle a su hijo que no puede pagar el curso que quería hacer este verano. Entonces sonó el teléfono. Un viejo jefe. Congeniaron hace años. Los dos habían pasado por la Legión antes de llegar a la policía. Los dos sabían de la soledad de las misiones en el extranjero: te sientes el elegido para llevar el nombre de tu país y al día siguiente, cuando llegas al terreno, descubres el significado de la palabra olvido. Nadie dijo que la vida fuera fácil. Se lo grabó en la frente al volver. No regresaron todos. Él sí. Y se dijo que la palabra patria no valía tanto. No tanto como su vida. No tanto como el olvido.

«Tenemos que vernos. Hay algo importante. Asunto secreto. Al más alto nivel. No puedo decir más». Eso fue hace unos días. Después llegó un mensaje citándolo esta tarde aquí. No sabe de quién es la finca. El dueño no tiene problemas con las letras del lavavajillas, eso es seguro. Hay familias en las que el dinero parece un atributo natural, como la sombra de los cipreses. Los jarrones con flores parecen perpetuos. Los cuadros del siglo XIX no son de nuevo rico. Ha preferido dejar el coche a un kilómetro. Siempre han dicho de él que es un maestro en ocultarse. Si no estás, no dejas rastro, le gusta responder.

Más vehículos de los que esperaba. Y alguno, oficial. Debe ir en serio. «Conoces a muchos de la casa, eres el mejor para formar el grupo que necesitamos». «Tú conoces a más». «Yo estoy demasiado cerca del poder». «¿Del partido?». «Llámalo como quieras». «¿Cuál es el objetivo?» Hay momentos en que el silencio huele mal. El tercer hombre se levanta del sillón. Le han dicho que es un alto cargo del ministerio, el nuevo elegido del ministro. Demasiado joven para saber en qué se mete, piensa él. «La corrupción nos está machacando. Van a por nosotros. Han olido sangre y creen que pueden acabar con nosotros». «Nosotros sois el partido o la policía, no acabo de entenderlo». «No importa demasiado. Tenemos sospechas de que alguien que sabe mucho podría cantar. Necesitamos saberlo todo de él». «¿De cuánta gente estamos hablando?» «Los que se necesiten y sean de fiar. Cuarenta quizá, de momento. Podría crecer». «¿De momento?» «La política está cambiando. Han cerrado los bailes de salón en el Congreso de los Diputados. Es 2013, son demasiados años de crisis. La miseria lo ensucia todo. Va a salir más porquería y tenemos que defendernos». «¿Hasta dónde queréis llegar?» «Hasta donde haga falta para sobrevivir. ¿Cómo es posible que de los demás no salga nada?» «Quizá no hay nada». «Pues habrá que hacer que haya. Algo. Lo que sea». «Sigo sin tener claro el objetivo. Demasiado riesgo. No sé qué beneficios». «El dinero no será un problema. Tampoco para ti. ¿Entiendes? ¿Lo demás? Piensa que lo haces por la patria, porque nadie la defiende más que nosotros. Si nos borran, quedará indefensa. Al Jefe le gusta llamar al proyecto 'policía patriótica'». «¿Sabe entonces que estamos aquí y por qué?» «Eso lo dices tú».

Hace demasiado tiempo de todo. Lo piensa mientras sostiene en la mano el DNI en la puerta del juzgado. «No puede entrar en el edificio con el arma», escucha.

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