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Sosa Wagner

Una señora de derechas

Semblanza de Angela Merkel

Viste, peina y calza con austeridad, no sale en la portada de las revistas de moda con ropa de diseño, se caracteriza por ser vulgar a la hora de seleccionar una chaqueta o un pantalón. Para muchos será una mujer poco agraciada en lo físico pero ella no lo disimula acudiendo a cirujanos reputados, esos que fabrican narices egipcias, agrandan tetas, prestan carnosidad a los labios, convierten en agarenos los ojos o dan al bullarengue el ritmo de una danzarina oriental de los siete velos.

Estudió física sin buscar apoyos a la hora de examinarse. Es más: se doctoró con limpieza. En Alemania se analiza el rigor con que han sido elaboradas las tesis doctorales especialmente cuando se trata de personas de renombre. Yo viví en el Parlamento europeo el episodio de la supresión del título de doctora a una lideresa liberal alemana –guapísima, por cierto– quien tuvo que despojarse de su glamour y de su condición de estrella refulgente en el firmamento político porque se demostró su desparpajo a la hora de presentar como propio lo que era ajeno. Y lo mismo le ocurrió a otro político, acaudalado, propietario de un castillo de hadas, bajado de su podio porque también se descuidó al citar al inspirador de sus páginas doctorales. Ahora mismo hay una ministra socialista puesta en la picota y ya ha anunciado su renuncia a usar el título de doctora.

Es fácil imaginar que la tesis de la señora de la que hablo ha sido analizada con mala leche suprema acompañada de sutil ponzoña y, sin embargo, ninguna acusación de plagio ha podido ser formulada. Por tanto se trata de una académica que no merecerá el premio Nobel pero que ha conseguido su título sin plagiar ni hacer trapacería alguna, sin bellaquerías ni burlerías. Sin ese fraude en que incurre quien ha abandonado el decoro en el descampado de la desvergüenza.

La última vez que ganó las elecciones le faltó un solo voto para la mayoría absoluta, podía haber constituido un Gobierno con sus propios diputados –de derechas– pero prefirió aliarse con el mayor partido de la oposición –de izquierdas– conformando así un Ejecutivo estable que se rige por un acuerdo detallado que cualquier alemán puede consultar para darse una idea de si están o no cumpliendo los pactos los dos socios de gobierno.

Hace unas semanas ha inaugurado un programa televisivo en el que escucha, sin apenas intervenir ella, a ciudadanos seleccionados mediante sorteo por organizaciones sociales y sin que se oigan musiquitas necias ni publicidad.

Y en sus Gobiernos jamás se le ha ocurrido a esta señora de derechas darle a su propio marido una cartera ministerial. El tal marido es un profesor universitario que ha obtenido su cátedra por un procedimiento aburrido y ostenta un nombre tradicional, propio de gentes conservadoras, la cátedra es de Química. ¡Qué diferencia con el que gastan entonados e imaginativos compatriotas nuestros (y nuestras), inventores de la “cátedra de cooperación traslaticia corporativa social y empoderada”, pagada por una empresa privada y atribuida sin más a una experta en ripios y humos.

Y el tal marido, cuando va de vacaciones, no comparte con su esposa el avión protegido a ella asignado sino que se paga su vuelo en una compañía comercial.

Esta señora –por cierto, se llama Angela Merkel– participa en la dirección de los destinos de Europa habiendo cometido en tal empeño errores mayúsculos junto a aciertos gigantescos. Ha hecho más por los buenos modales en Europa que muchos bocazas o, como diría Quevedo, que muchos caballeros (o señoras) hebenes, güeras, chanflonas, chirles o traspilladas.

Se permite ir los sábados al supermercado a comprar el suavizante para la lavadora y los domingos está presente en una sesión de ópera o en un concierto de la Filarmónica de Berlín.

–Pero es de derechas, pertenece a un partido conservador y eso ¿qué quieres que te diga? la descalifica ¡y además no es feminista! –me susurra mi amiga, ministra de un Gobierno progresista.

–Todo, señora, no puede ser teres atque rotundus, acabado y perfecto. Lo dejó escrito Horacio en sus Sátiras.

Se alejó de mí la ministra preguntándose, en un susurro, en qué primarias habría sido elegido ese Horacio.

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