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Alberto Soldado

Recuperar la esperanza

Leo que los jóvenes españoles ya no quieren faenar en el mar. Hace ya muchos años que la mayoría de contrataciones son de inmigrantes, de esas gentes que salieron de la nada, lanzados a una aventura hacia lo desconocido en busca del pan diario con un trabajo, el que sea, que les permita una manera digna de vivir. Más de treinta mil puestos de trabajo necesita la flota pesquera española. Se trata de un sector estratégico, pues de él depende buena parte de la alimentación diaria.

La agricultura, otra fuente primaria de producción anda alicaída y muy envejecida. Oigo en la radio que el sector vitivinícola tiene problemas para recolectar en La Mancha, principal productora de Europa. Hace ya muchos años que las cosechas pueden realizarse gracias a mano de obra extranjera. Los jóvenes españoles, incluso los hijos y nietos de agricultores, no quieren saber nada de ese trabajo. Algo más de setecientos mil españoles se dedican a este sector. Las perspectivas son muy pesimistas. El malestar es creciente. Resulta que la UE convenia con países terceros tratados que favorecen sus importaciones sin tener en cuenta las exigencias que en defensa del medio ambiente y de la calidad sanitaria se regulan en Europa. Una descarada competencia desleal a la que nadie pone freno, frente a la que escondemos la cabeza cual avestruz. Campiñas enteras, fuentes de vida y de trabajo están hoy abandonadas. El proceso viene acompañado de una creciente concentración de la propiedad. Los viejos venden a precios de pérdidas, o alquilan sin precio fijo. Los hijos de muchos agricultores que han podido vivir de sus tierras, que han conseguido con su trabajo una digna vivienda prefieren opositar a guardia civil o policía nacional. Ya hace años que saben que sus padres venden por debajo de los costos de producción. Los que más han tenido que trabajar, serán los peores compensados. Hace treinta años la agricultura representaba el 8 % del PIB; hoy apenas alcanza el 3 %.

Los jóvenes españoles no quieren mar, ni tierra, ni fábricas. Estudian con la esperanza de vivir del Estado. En tan solo una década, el empleo público en España ha crecido un 21 %. Añádanse los gastos de pensiones y entenderemos el peso abrumador de los impuestos a las familias españolas, sin duda de los más altos de Europa en proporción a los salarios.

Algo estamos haciendo mal. Y seguramente mucha parte de culpa la tengan los grandes medios informativos, que apenas hablan de esa realidad social para centrarse en asuntos que nada tienen que ver con los padecimientos diarios de las gentes. Estamos en una cultura en la que el hombre y la mujer se han convertido en mera estadística al servicio de la propaganda electoral. Existe una creciente sensación entre la ciudadanía del abandono de responsabilidades por parte de los dirigentes políticos, de un absurdo cambio de prioridades en la acción de gobierno, de carecer de un plan que se alargue más allá de la inmediatez electoral y que piense en la globalidad de la población y especialmente en los más desfavorecidos. Planes para recuperar el pulso en la economía productiva. Es una tarea urgente si queremos conservar los fundamentos que permiten una sociedad de hombres y mujeres libres y esperanzados.

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