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Esquivel

Devoto al aparato

De improviso, sin esperarlo ni de lejos me topo con que La 2 va a ofrecer en diez minutos la última de Woody, estrenada en el maldito 2020, que pilló por tanto a gran parte del patio de butacas haciendo bizcocho sin posibilidad de quedar ni de pensar en escapar a solas en plena comida de tarro después de noches y días haciendo de tripas corazón por mantenerte alejado de tus mayores para no darle alas al bicho. Valiente película.

La quincuagésimo cuarta de la factoría del hijo de Martin y de Nettie Königsberg me la traen gratis a casa. Aunque me lo he ganado a pulso, no deja de ser significativo del cambio de paradigma en tantos tercios. Medio siglo atrás la visita anual del comediante neoyorkino a las salas suponía todo un acontecimiento y, por mucho que los melómanos insistieran en que nada comparable a la compañía de Wagner en Bayreuth entre otras citas de alta alcurnia, cuando se acercaba la llegada de lo nuevo que se le había ocurrido al pecoso judío por el horizonte solo se veía en la cabeza de los devotos el puente de Brooklyn. Las colas rodeaban la manzana y en ellas se respiraba a finales de los setenta ansiedad por acceder para descubrir lo que la traviesa mente del galán había dispuesto. Durante años se convirtió en alimento indispensable.

Se le nota cansado. ¡Qué caray si se ha exprimido! Mientras estaba con la postal de San Sebastián, al igual que últimamente con otras que para eso se ha hartado de encumbrar al cine y a los espectadores europeos, me refugié en las páginas de sus memorias en las que el retrato de los padres es para morirse. Por mucho que insista en que el trastoque fawrroniano no le influye sería antinatural para alguien que cuenta con una obra repleta de impresionabilidad e imaginación, salvo que se descubra que no es el autor de nada de lo que hemos paladeado. Ni de «Annie Hall» ni de «Manhattan» ni de «Hannah y sus hermanas» ni de «Match point»... Eso sí que sería un final estruendoso y una forma de captar para la causa a los detractores.

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