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¿Legislatura a garrotazos?

Ninguno de los dos está bien. Sánchez es presidente, pero la ley de amnistía genera un gran rechazo social (aunque no en Cataluña) y ya le ha hecho perder popularidad. Y la negociación secreta con Puigdemont no le ayudará. ¿Por qué el secreto? ¿Para qué el verificador internacional? Son inquietudes lógicas.

Y buena parte del poder judicial se posiciona contra la amnistía y contra Sánchez. ¿Por qué sino el juez García Castellón reactiva ahora, cuatro años después, la causa contra Tsunami Democràtic al que acusa de terrorismo y coloca a su frente a Puigdemont y a Marta Rovira, la secretaria general de ERC exiliada en Suiza? ¿Por qué el Consejo General del Poder Judicial, deslegitimado porque no se ha renovado y lleva cinco años de prórroga, dice que el fiscal general, García Ortiz, no es idóneo para el cargo? ¿Por qué el Supremo falla que Magdalena Valerio no es «jurista de prestigio» para presidir el Consejo de Estado? ¿Por qué Pérez de los Cobos, el expresidente del Constitucional y no el coronel que estuvo en Barcelona en 2017, afirma que la ley de amnistía es de entrada inconstitucional y que ni hay que estudiar su texto? Por diversas razones, pero todas indican un gran rechazo al presidente.

Sigamos. Lo de Palestina indigna, pero ¿tiene que ser Sánchez el gobernante europeo más crítico con el inhumano Netanyahu? ¿Prioriza el instinto político interior -el inmisericorde ataque a Gaza es impopular- a los intereses del Estado? ¿Y por qué dice que en Italia gobierna la extrema derecha -lo que es cierto- cuando el diálogo con Meloni, que preside el tercer país de la UE, es obligado? ¿Para que Tajani, el ministro italiano y antiguo presidente del Parlamento europeo, diga que en España gobierna la extrema izquierda?

Sánchez está molesto con el PPE que secunda a Feijóo contra la amnistía. Pero, con independencia de quién tenga la razón, será muy difícil gobernar con tantos enemigos en contra al mismo tiempo: PP, PPE, los jueces conservadores -la mayoría-, Netanyahu, Meloni… Sí, la CEOE quiere negociar el salario mínimo y esta vez Yolanda Díaz parece razonable, pero el presidente de Repsol, Antoni Brufau, acaba de repetir que si el hidrógeno paga más impuestos en España que en Portugal o Francia ya decidirán dónde invertir. ¿Sabe Sánchez la diferencia entre ser valiente y ser temerario?

Y Feijóo, triste por no vivir en la Moncloa, dice que a los garrotazos solo cabe responder con la misma moneda: «Haremos una oposición proporcional y proporcionada al Gobierno español más radical de los últimos 45 años». ¿No le convendría más un discurso para los moderados, cuyos votos le fallaron el 23J a causa de Vox? Y en la nueva dirección del PP hay cosas raras. Baja la influencia del PP andaluz y sube la de Madrid. La secretaria de movilización, Noelia Muñoz, luce camisetas de «me gusta la fruta», la excusa que Isabel Ayuso dio para desmentir -y confirmar- que dijo «hijo de p…» durante el discurso de Sánchez. ¿Anécdota?

Más sorprendente es que en la nueva dirección no haya ni un catalán. Y lo de Cayetana Álvarez de Toledo es infumable. Puede decir -con razón- que no tiene obligación constitucional de hablar catalán, pero entonces no te presentes de primera de lista por Barcelona. A no ser que quieras hacer el ridículo en Cataluña buscando el aplauso en el barrio madrileño de Salamanca. Y Cayetana ya tuvo que ser cesada de portavoz por Pablo Casado por sus excentricidades. ¿Por qué la rescata? ¿Quiere contentar al aznarismo? Quizás promueva a Cayetana, y a Rafael Hernando, para que el sector duro no discuta su liderazgo. ¿Apuesta por vaciar a Vox con gente que asuma las tesis de Vox? ¿El centroderecha ya es historia?

Sánchez y Feijóo quieren ganar en España apelando a Bruselas. El PP dice que la Europa democrática debe parar ya la ley de amnistía y el comisario europeo contesta que ya la estudiarán cuando exista. Cuando la hayan aprobado el Congreso y el Senado. El superministro Bolaños va a Bruselas y asegura haber encontrado «preocupación cero» por la amnistía. Y allí responden que «aún» no han dicho nada. Los dos pierden y España queda tocada.

A garrotazos, como en el célebre cuadro de Goya (1820), los dos contendientes pueden acabar hundiéndose en el barro.