Opinión | Tribuna abierta

Restauración de la naturaleza: lo que subyace

Cuando pensamos en la naturaleza, nos vienen a la mente frondosos bosques verdes, paseos por la montaña o quizás el sonido de la lluvia al caer sobre las hojas en un fresco día de otoño. Nos vienen los momentos disfrutados con nuestros seres queridos o aquellos en los que salimos a caminar por los alrededores para aclarar las ideas. Pero ¿debemos dar por sentados estos valiosos momentos? ¿Está la naturaleza que nos rodea en buen estado? Creo que todos sabemos las respuestas a estas preguntas.

El 80% de los hábitats de la UE que se han evaluado se encuentran en un estado deficiente, a pesar de los treinta años de legislación destinada a protegerlos. La temperatura de las ciudades está subiendo, el suelo agrícola se está secando y en algunos países hay bosques que ya están emitiendo más carbono del que absorben. La biodiversidad está disminuyendo a marchas forzadas y la pérdida económica asociada asciende a cientos de miles de millones cada año.

A medida que los efectos del cambio climático se van acentuando a un ritmo cada vez más pronunciado, aumenta la conciencia de que, si queremos protegernos y proteger nuestra economía de las peores consecuencias, necesitamos que nuestra naturaleza esté sana. Es un hecho evidente, respaldado no solo por los expertos en clima, sino también por economistas. En 2022, la Comisión Europea adoptó una propuesta relativa a la primera Ley europea de restauración de la naturaleza. Esta iniciativa combina un objetivo general a largo plazo de restauración de la naturaleza en la superficie terrestre y marina de la UE con objetivos vinculantes para hábitats y especies específicos.

El texto, que ahora deberán aprobar formalmente el Parlamento Europeo y los Estados miembros de la UE, marca un hito que nos permitirá sanar la naturaleza de manera que pueda seguir siendo nuestro aliado más preciado en la lucha contra el cambio climático. Porque esta es la esencia de la restauración de la naturaleza: no queremos recluirla, sino integrarla en las ciudades, las empresas, las granjas y las zonas residenciales. Vivimos con ella y de ella y, a cambio, nos beneficiamos de los servicios ecosistémicos que ofrece para las generaciones futuras.

La Ley traerá un cambio progresivo significativo de nuestra percepción de la naturaleza y del valor que tiene para la sociedad y la economía. La justificación económica para disponer de una naturaleza saludable ha estado siempre clara: el Foro Económico Mundial ha determinado que más de la mitad del PIB mundial (unos 40 billones de euros) está vinculada a la naturaleza, y que hacer frente a la crisis que vive la naturaleza podría generar 395 millones de puestos de trabajo de aquí a 2030. La OCDE calcula que los costes de la inactividad en cuanto a pérdida de biodiversidad son igualmente elevados.

Ha llegado el momento de ponerse realmente manos a la obra, para convertir este potencial en resultados a nivel microeconómico y en beneficios directos para las personas y las sociedades en general, incluidos los agricultores, los pescadores, los silvicultores, los gestores de activos, los banqueros y las numerosas pequeñas empresas que dependen de la naturaleza.

Tomemos el ejemplo de los polinizadores: el número de polinizadores silvestres, como las abejas o las mariposas ha descendido drásticamente en las últimas décadas. Sin embargo, alrededor del 80 % de los cultivos agrícolas y prácticamente 5 000 millones de euros de producción agrícola anual de la UE dependen de ellos, por lo que, si no ponemos fin a este descenso, resultará desastroso para la producción de alimentos. Restaurar la gama de ecosistemas en los que los polinizadores pueden desarrollarse es esencial para revertir su declive y garantizar beneficios para los agricultores.

En España las políticas y medidas de restauración de la naturaleza son un elemento clave de las políticas energéticas y climáticas. España está invirtiendo masivamente en la restauración de bosques, corrientes de agua, salud del suelo y otros ecosistemas, para hacer frente al riesgo de incendios forestales y desertificación y contribuir al desarrollo sostenible de las zonas afectadas. España es muy conocida por sus éxitos en la restauración de ecosistemas. Un ejemplo es la Albufera, en Valencia, donde la restauración de dunas y ecosistemas litorales ha permitido salvaguardar la economía de la laguna, incluida la pesca y el cultivo de arroz. Otro ejemplo es la restauración de la montaña de Peñalara, que ha consistido en el desmantelamiento de una estación de esquí alpina que ya no se utilizaba, dando lugar a una reducción de la erosión y la eutrofización y a un aumento de la cubierta vegetal. Estos sólidos ejemplos ponen de manifiesto lo mucho que ya se está haciendo sobre el terreno, y sirven de inspiración para nuestras próximas acciones.

Sin naturaleza, no hay futuro. La naturaleza no puede ser un lujo. Nuestros agricultores, silvicultores y pescadores dependen directamente de la naturaleza y necesitan el apoyo adecuado. Con la nueva Ley de Restauración de la Naturaleza y otras herramientas, como la Política Agrícola Común, garantizamos que reciban el apoyo que necesitan. La restauración es una historia positiva, un motivo de celebración. Porque es nuestra esperanza y la mejor oportunidad que tenemos para que nuestro futuro sea tan brillante como nuestros recuerdos, que tanto valoramos.