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Pintura, instalación, vÍdeo

Inventario de un viaje vital

Inventario de un viaje vital

No ha sido precisamente el deseo de descubrir y conocer nuevas culturas lo que ha movido al hombre hacia otras latitudes, otras tierras, hacia distintos continentes para aprender e ilustrarse de otros conocimientos, otros modos de vida. Normalmente han pesado más las necesidades mercantilistas y, sobre todo, la búsqueda de riqueza. En esa aventura hacia lo desconocido se han masacrado pueblos, contagiado enfermedades desconocidas para los nativos, expoliado sus tesoros, arrasado su civilización. La Historia nos lo ha mostrado reiteradamente y sin embargo nos obcecamos en exprimir cada rincón del planeta. Ahora le ha tocado el turno al círculo polar porque parece que el subsuelo es uno de los yacimientos con más petróleo del planeta. Su fauna tiene los días contados. Aquí en el Mediterráneo nos libramos por los pelos, si bien el ministro del ramo aseguró hasta caer en el ridículo que más que petróleo íbamos a nadar sobre dólares.

La aventura no siempre ha sido tan prosaica. También han existido exploradores que se han movido por algo tan poético como ser el primero en descubrir otros continentes, conquistar cimas infinitas, aportar ese pequeño granito de arena que representa hacer Historia.

A comienzos del siglo xx la Antártida era uno de esos espacios excepcionales en los que nadie había puesto el pie y tipos como el británico Robert Scott perecieron en el intento. «Moriremos como caballeros», dejó escrito en el diario que casi un año después pudo ser rescatado. Viendo esta muestra de Nuria Rodríguez, Historia natural, la colección infinita, con esas cimas nevadas, esa búsqueda constante de aventura, la insustituible compañía de los perros, acude a la mente una frase que el filósofo Fernando Savater escribió en la que decía que el tiempo de la aventura no puede ser medido, sino contado.

Precisamente lo que Rodríguez plantea es la narración de una exploración en la que más que lo que se halla, destaca lo que de verdad uno va descubriendo de sí mismo. Aunque es cierto que lo que se encuentra en este proceso es muy variado: desde pequeñas figuritas a modo de ídolos, pasando por troncos y maderas, conchas o piedras que pueden representar tanto los obstáculos que van apareciendo a lo largo de la vida como objetos de culto, de momentos especiales. Cajitas, libros, cuadernos de viaje que servirán para no olvidar, o en los que se dibuja y plasma tanto el sobrecogedor paisaje como la rutina diaria a falta de cámara fotográfica, o incluso contando con ella: la tremenda aventura de E. Shakleton, por ejemplo, fue fotografiada hasta en los más mínimos detalles, sin embargo muchos de los negativos se perdieron bajo aquellas temperaturas.

La exposición es agotadora. Ya no solo por la cantidad de detalles que la creadora ha ido desplegando, sino porque todos y cada uno de ellos requieren de su tiempo, elemento este que no parece propio de este siglo y sí más del xix y principios del xx, la llamada Edad Heroica. El montaje, en este sentido, otorgándole su tiempo y espacio, está realmente logrado. Como también acierta con la incorporación de antiguas vitrinas, las mesitas bajas tras cuyos cristales se muestran «las cosas que encierro en un círculo mágico» -en palabras de la artista, la mezcla de las diferentes disciplinas y técnicas, desde el papel, pasando por los óleos y los vídeos.

No esperen encontrar virtuosismo técnico ni una lectura evidente de las piezas, y sí mucho surrealismo, como ese óleo con la imagen de un peso calibrando el mundo. La obra de Nuria Rodríguez parece mezclar lo real y lo imaginario como si la aventura sin riesgo a la que asistimos con esta muestra, la misma que podemos leer cómodamente sentados en una butaca, fuese tan real como la de aquellos descubridores que dejaron su vida en el intento.

Y estamos totalmente de acuerdo con la artista. Observar, descubrir, crear, recolectar objetos, vivir en definitiva, es toda una aventura.

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