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César González-Ruano y la zona gris

El libro «César González Ruano en blanco y negro» de Marino Gómez-Santos (Renacimiento) recupera «una figura insoslayable de las letras del siglo XX, pese a todos aquellos que confunden la moral del escritor con la calidad de su obra»

CGR (Madrid, 1903 - 1965).

Un día de 1952 apareció por el café Gijón un mozo con aspiraciones literarias. Había leído un relato breve, autobiográfico -como muchos de los suyos- de César González Ruano (CGR) titulado ‘César o nada’, que había obtenido precisamente el galardón a la novela breve que llevaba el nombre del famoso café. El relato le impresionó. Estaba deseando conocer al personaje. De entrada, su físico le sorprendió. Sentado en un rincón del café, CGR era un individuo de una delgadez inverosímil. Alto, pálido, con un bigotillo mefistofélico que solía cuidar a diario. Tosía y fumaba sin parar. Holandesas blancas en el velador y una pluma de las antiguas, de esas que había que mojar en un tintero para escribir. El escritor consagrado recogió el encuentro en el diario que entonces publicaba en los periódicos: «Marino Gómez Santos. Un traje azul con rayas blancas. Trinchera. Viene a dar una conferencia sobre Clarín en el Centro Asturiano. Me habla de que quisiera venirse a Madrid». Así, de golpe y porrazo, el joven conferenciante pasó a ser notado por el público del Gijón, una mezcla de poetas, novelistas, médicos, actores y un conjunto de profesiones, cada una con su tertulia específica.

El joven asturiano, «de familia» se decía entonces, de buen parecer, atildado siempre, hizo carrera en el periodismo madrileño. De pluma ágil, audaz, Gómez Santos se especializó en el reportaje y la entrevista. Publicó varios libros, recopilaciones de sus trabajos en la prensa o apuntes de memoria: ‘Españoles en órbita, La memoria cruel’, además de varias biografías. Libros hoy casi olvidados, que tienen el mérito de estar bien escritos y de evocar una época de la vida española. CGR le llamaba «nuestro benjamín literario» y, con sus conexiones en el mundo periodístico, lo estimuló en su carrera.

Desde aquel encuentro de 1952 se estableció una amistad duradera. A «César» dedicará entrevistas y algún que otro libro. Casi una obsesión que, ahora, pasados muchos años de aquel encuentro, vuelve a renovar. El libro recién publicado, ‘César González Ruano en blanco y negro’ (Biblioteca de la Memoria, editorial Renacimiento) recupera, pues, algunos de esos textos de hace años, pero añadiendo algunos detalles y anécdotas no contadas hasta ahora. El libro se organiza como biografía del personaje, desde sus orígenes familiares -clase media procedente de la montaña de Santander, pretensiones de hidalguía- su trayectoria en el periodismo madrileño (La Época, Heraldo de Madrid, Informaciones) hasta tocar el cielo de la profesión durante los años 30, después de la concesión del premio Mariano de Cavia y su entrada como corresponsal en el ABC, primero en Roma y luego en Berlín.

El relato de Gómez Santos da un salto por encima de los difíciles años treinta, para enlazar con el retorno de CGR a España, primero a Sitges, luego a Madrid, en donde volverá a escalar la cima de su profesión -Arriba, Informaciones, La Tarde, Pueblo, El Alcázar, ABC de nuevo y muchos de los diarios de la cadena del Movimiento-, hasta convertirse en el periodista más conocido -entrevistas, artículos, necrológicas, diarios, crítica literaria, reportajes- y uno de los mejor cotizados de la prensa española.

El reciente libro de Gómez Santos recoge algunos de los aspectos menos recomendables del personaje. Un Ruano retratado, a veces, con exageradas tintas negras. El malditismo vocacional, la sensualidad turbia (el relato del «traspaso» de Natividad Zaro a Eugenio Montes, el exhibicionismo, una -a mi juicio dudosa- bisexualidad y otra anécdota masturbatoria, sacada de las desagradables memorias de Jesús Pardo); todo ello adobado con el sablazo elegante o el soborno puro y simple. Licencias de importación, subvenciones y pagos de ayuntamientos de provincia (el de Cuenca, como premio a su instalación en la ciudad), Gómez Santos pudo comprobar en una ocasión que algunas de sus celebradas entrevistas semanales en el diario Arriba eran, digamos, de pago. Aquí, el biógrafo se queda corto. Podrían citarse otras fuentes de ingresos. La apología frecuente de los nuevos centros del turismo español en los años sesenta -Benidorm y su festival, Torremolinos, Mazarrón, Tenerife- tienen todo el aire de haber sido remuneradas por hoteleros, alcaldes y organizadores de festivales.

Pero Gómez Santos también fue testigo de su generosidad con los que empezaban: su nada engolada persona recibía con una cortesía exquisita a cualquiera que viniera a pedirle una recomendación, un favor. Sus frecuentes referencias a los escritores o personajes del exilio, exceptuando el caso de la actriz Margarita Xirgu- suelen ser elogiosas; una posición no siempre correspondida. Tampoco escatimó elogios a aquellos escritores y artistas que habían combatido con la República y que seguían viviendo en España. Su amistad con el pintor Viola -antiguo militante del POUM- es uno entre varios ejemplos. Como crítico literario o crítico de arte, solía practicar la generosidad, dando bombo a los más jóvenes.

El joven Marino Gómez Santos sirvió de escudero y ocasional secretario al escritor consagrado. En el libro reciente, parece dar por hecha una igualdad que nunca existió entre ambos. No aclara la secesión que hizo CGR del café Gijón, y su domiciliación literaria en el vecino café Teide, ocurrida a consecuencia de la publicación de un libro indiscreto de Gómez Santos sobre el célebre café. Un caso de solidaridad profesional y casi filial. Otro blanco en su biografía. Apenas se refiere a la adicción al alcohol, que estuvo a punto de acabar con la vida de su biografiado en el Berlín de 1940 o en el Sitges de 1943 y que, junto a la compulsión a fumar un cigarrillo tras otro, acortó su vida de manera notable. «Me gusta todo lo que no conviene», decía como disculpa.

La figura de CGR, al poco de morir en diciembre de 1965, fue rápidamente olvidada. Tuvo algunos fieles cultivadores de su recuerdo, de su estilo quizás, Francisco Umbral entre ellos. CGR mimó en vida su leyenda de hombre aventurero, donjuanesco, de romántico desgarro. Trató de parecerse al personaje que todos celebraban o denostaban, cuyo modelo lejano fue Enrique Gómez Carrillo. Un «golfo» en palabras del poeta Pedro Salinas. Y la verdad es que, en ocasiones, no le importaba proclamar sus debilidades, por así decir. En uno de sus primeros libros autobiográficos, ‘La alegría de andar’, confiesa la manera en que se apropió de unas joyas familiares que un amigo le había dado a guardar. El detalle del robo desapareció en los libros de memorias posteriores. Pero la anécdota indica que la suya, desde muy temprano, fue una vida de pícaro, como si las formas caballerescas fueran envoltorio de una fullería inevitable. Las letras y la picardía han hecho buenas migas en España, la segunda remediando las penurias de la primera. CGR podría definirse como un Torres Villarroel del siglo XX.

Una vez desaparecido, hubo bastante gente que torcía el gesto al escuchar su nombre. Gómez Santos cuenta el rictus de Pedro Laín Entralgo -ya descargada la conciencia de su pasado fascista- al enterarse de que la editorial Taurus iba a publicar reunidas las libretas de diarios del personaje. Hubo en su momento – de 1975 a 2014- un premio que llevaba el nombre del escritor, financiado por la fundación Mapfre. Se editaron algunos de sus innumerables textos periodísticos, también por Mapfre. Pero todo eso acabó, luego de la publicación del libro de Rosa Sala Rose y Plàcid García Planas, titulado ‘El Marqués y la esvástica’, en que aparece citado de manera descarnada su vínculo con la propaganda alemana, y cosas peores.

El libro de Gómez Santos evita referirse a estos episodios controvertidos. Alguna noticia debió tener de ellos. El caso es que CGR, nada más llegar a Roma como corresponsal de ABC, inició una relación regular con los servicios de propaganda de Mussolini, de los que cobraba cada mes una cantidad no muy alta, pero constante. Solía aparecer por el club de prensa extranjera, invitando a todo el mundo, haciendo derroche de generosidad, exhibiendo una opulencia sospechosa. Al estallar la guerra civil, nuestro hombre recibía tarde y mal las remuneraciones del ABC, trasladado a Sevilla. Pero siguió con sus invitaciones y hasta alcanzó a vivir con desahogo en una casa de la vía Margutta y a comprarse a buen precio una casita en el pueblo costero de Positano. ¿De dónde venían estos ingresos? Tenía entonces un financiador, Alejandro MacKinley, hombre adinerado, muy relacionado con Alfonso XIII, amigo de las letras. Pero MacKinley murió de una manera tonta, según cuenta Ruano en su ‘Medio siglo’. ¿Cómo podía sostener ese tren de vida? No dejó buena impresión Ruano en las esferas oficiales del fascismo. Su correspondencia era censurada por la policía y, cuando trató de regresar desde Berlín, en 1940, según consta en los archivos italianos, las autoridades le negaron el placet.

La etapa de París

Las mismas o parecidas trampas pueden apreciarse en el episodio parisino, que corre desde 1941 a 1943. Nuestro hombre cobraba de la propaganda alemana -directa o indirectamente- desde el momento en que entro a colaborar con el diario Informaciones, en el Madrid republicano. El diario estaba dirigido por un antisemita furioso, Juan Pujol, que acabaría por hacerse con la propiedad del periódico. Como es sabido, CGR fue detenido por los alemanes y encarcelado durante varias semanas en la prisión de Cherche Midi, ya demolida. Llevaba brillantes encima y una jugosa cantidad en dólares. También llevaba un pasaporte, extendido por una república sudamericana, destinado probablemente a alguno de los muchos judíos ricos que trataban de escapar de los nazis. Acaso fue denunciado por traficantes rivales. Era lo habitual. Tras algunos interrogatorios en los que mediaron golpes -su amigo, el pintor Viola, en la misma prisión, fue testigo de ello-, los alemanes decidieron que el «marqués» era lo que se llamaba un vividor, no un adversario político. La embajada española, dirigida desde Vichy por José Félix de Lequerica, uno de sus amigos, le avaló políticamente. Lo pusieron en libertad, dejándole seguir con sus tratos y contratos -diamantes en el mercado de Lisboa, venta de pinturas falsas, viajes frecuentes a puntos clave del tránsito de refugiados como Burdeos y Marsella- a cambio de ciertas informaciones. En uno de sus posteriores artículos de ABC, CGR se describe visitando Marsella y la Côte d’Azur junto a un oficial alemán. ¿Qué hacía en ese lugar y con ese acompañante? Días después visitaba Lausanne, en la Suiza neutral. Parecía seguir el rastro de don Juan de Borbón. El rumor fue recogido en las memorias de Joan Estelrich, y probablemente eso fue lo que le ofrecieron sus captores: información sobre los propósitos y opiniones de la casa real española a cambio de la libertad y la manga ancha para proseguir con sus actividades.

Se ha fantaseado bastante sobre este episodio parisino. Los autores del libro ‘El marqués y la esvástica’ ofrecen un relato inverosímil sobre sus tratos con algunos judíos. Primero les proporcionaba los pasaportes, cobraba al contado, mejor en joyas que en moneda, y luego los denunciaba para que los liquidaran en la frontera. Hasta organizaron unas rebuscas arqueológicas en la frontera de Andorra por si aparecían restos de las víctimas presuntas. No aparecieron, claro está. Mala cosa la de confundir la historia seria con las fantasías novelescas de los investigadores. Los ingresos principales de CGR en París debían de proceder del tráfico de joyas y obras de arte falsificadas. Seguramente aprendió a negociar con estos objetos en Italia. Luego se relacionó en París con un grupo de artistas españoles -Oscar Domínguez, Manuel Viola-pertenecientes al grupo surrealista que editaba La main à plume, que tenían a su vez relaciones con grupos de la resistencia. Los pintores eran hábiles para falsificar documentos de identidad o cartillas de racionamiento. Pero también lo eran para pintar un Miró o un Picasso o un Matisse si venía a cuento. Para imitar casi a la perfección la manera del pintor, no para copiar uno de los cuadros ya pintados. Se podía ser en aquellos años patriota valiente y estafador. Nadie era moralmente intachable o perverso sin remisión en el París ocupado. A excepción de los ocupantes nazis. Por cierto, durante los interrogatorios que padeció Ruano en Cherche Midi no soltó prenda sobre las actividades de sus amigos, los pintores, y sus actividades de falsificación. Lo dice el propio Manolo Viola: entre gimoteos y protestas de inocencia, se comportó como un caballero.

Ruano trató de zafarse de la hipoteca alemana regresando de improviso a España. Gómez Santos recoge algún testimonio de su maestro sobre la prohibición de publicar de alguna autoridad española. La prohibición no debía ser estricta porque los años de Sitges -alcohol y cuartillas a raudales- fueron muy provechosos en escrituras varias: artículos en Destino, La Vanguardia, varias novelas-. Lo que hubo fue un intento de los servicios jurídicos de Falange de proceder contra él, de la que le libraron sus amigos Dionisio Ridruejo y Eduardo Aunós, bien situados en el esquema del poder. ¿Ideas políticas? De eso no andaba sobrado Ruano. Adulador de los nazis, por dinero. En los años treinta, al regresar de Alemania, publicó un librito de propaganda, 6 meses con los nazis, en el que reunió algunos de sus artículos del ABC, tan elogioso como poco informativo: CGR no hablaba una palabra de alemán. Antisemita ocasional que llegó a colaborar en un semanario fascista italiano, Il Tevere. Hombre de derechas por posición social, la que quería ocupar como falso marqués y cortesano honorario. Falangista de relumbrón, no ejerciente en ningún momento de su vida. En sus casas de pintoresco barroquismo solía juntar las fotografías de José Antonio -la que salió en el Heraldo cuando lo entrevistó- y las de Alfonso XIII y Don Juan. ¡Si hubieran sabido! Sus preferencias políticas podrían resumirse en un sentimiento paternalista hacia las clases bajas que dependían de su munificencia: limpiabotas, mozos de café, criados, taxistas, camareros; un séquito del que nunca supo prescindir.

Lo cierto es que CGR no quiso o no supo aprovecharse de la situación creada en la posguerra española. Otro blanco en su coloreada biografía. Muchos de sus amigos -Alfaro, Foxá, Montes, Sánchez Mazas, Aunós-, toda la llamada «corte literaria de José Antonio», lograron embajadas, fueron consejeros del Movimiento, directores generales y hasta ministros del régimen. CGR se quedó en casi nada, en apenas un profesional de la pluma de una gran constancia y dedicación. Todos los días aparecía por el Gijón o por el Teide a garrapatear en su letra grande y clara uno, dos y hasta cinco artículos en sus días mejores. Cada dos por tres le cortaban la luz o el teléfono por falta de pago. Le costaba llegar a fin de mes y no le importaban demasiado los arbitrios necesarios para lograrlo.

Una biografía la de CGR apasionante, aventurera, lleva de sucedidos e incidentes. Y una bibliografía copiosa, hecha de cientos y cientos de artículos, más de una decena de novelas, ensayos, reportajes, entrevistas diarios. CGR es un escritor interesante, un memorialista excepcional, gran renovador del periodismo español. Sus memorias tituladas “Mi medio siglo se confiesa a medias” -reeditadas por la editorial Renacimiento- son dignas hoy de ser leídas. Sus diarios íntimos, tan públicos por otra parte, son un testimonio indispensable del personaje y de la vida literaria española durante el franquismo. Estamos hablando, en suma, de una figura insoslayable de las letras del siglo XX, pese a todos aquellos que confunden la moral del escritor con la calidad de su obra, o que pretenden juzgar en exclusiva la segunda por la primera. ¿Acabará por enterarse la fundación Mapfre? Sea como fuere, quizás sea el momento, pasado el tiempo en que primaba el empacho de teoría, de ponerse a leer a memorialistas de pluma tan fácil como la de Marino Gómez Santos. Veremos desfilar a Baroja, Ruano, Cela, Foxá, El Cordobés, Severo Ochoa, Raquel Meller, el pintor Sebastián Miranda, historia viva, testimonio sabroso de una época pasada.

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