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El azar y el sendero

Obra costumbrista que escapa de los cánones habituales y en la que el autor utiliza recursos narrativos originales.

De toda la variada fauna que puebla el Parnaso local, Rafa Ballester Añón es uno de sus especímenes más secretos y escondidos y en sus últimos libros se daba un inquietante adelgazamiento de la letra (que aquí y en todas partes incurre en retórica y sobrepeso) y una vecindad de la prosa con la página en blanco y el puro hueso.

Yo me sentía tan desconcertado como cualquiera, pero ‘Encuentros fortuitos’ me ha compensado de tales desasosiegos: este libro parece ser, y creo sinceramente que lo es, el fruto de largas tentativas y dilatados procesos. Encuentros fortuitos (Olé libros) es una obra que en sólo 150 páginas (divididas a su vez en dos hemisferios, más del tiempo que del espacio) reúne algunas inquietudes muy hondas del autor, sus procedimientos, poética y filosofía moral: ejercitarse en la espera y aprovechar el papel o la vida, esto es, dejar en blanco lo que todavía no se deja conocer. Estas inquietudes remiten a caminos de perfección o, como dice un personaje de estas historias, al menos a sendas de no envilecimiento.

El recodo místico

Estas cosas de Ballester Añón se compadecen con el gusto de su autor por la mística, castellana o sufí, salvaje o pasada por la peluquería. Los lectores de Posdata pueden haber encontrado abundantes muestras de su interés por el Tao, el budismo, Azorín (el más budista del 98, me parece) o ese manual de meditación del cura Pablo d’Ors –’Biografía del silencio’– un libro magnífico que casi ha logrado ser un best seller.

Conozco a Rafa Ballester desde hace algunos eones y, como suele pasar, descubrimos nuestra afinidad electiva a través de un malentendido. Un día me dice como quien confía un secreto:

-Voy a escribir una novela pastoril.

-Te creo capaz –le contesté, no muy convencido pero sonriente.

Pues aquí esta la pastoral, aunque el «lugar ameno» esté en una de esas cafeterías discretas con parroquianos ensoñados, o tal vez aturdidos por el ojén, donde el silencio se acompasa con la cantinela metálica de la cucharilla del café repicando en la taza. «Tono sencillo, velada complejidad», anota el autor, por propia mano o a través de algún personaje, como para no olvidar la pauta. Personajes que se dejan retratar con un trallazo de sol: «Ardura Luz era hermosa, introvertida, secreta admiradora de adolescentes». Hacer del azar el «supremo mentor» es uno de los primeros mandamientos del surrealismo, pero seguro que no lo inventaron los surrealistas y mucho menos André Bretón que era un poco obispo. La mezcla del azar con la educación de la espera puede producir una «esponjosa receptividad», «un fuera de si contemplativo».

El ruido del mundo

Pocas veces he recibido tantas incitaciones y tan variadas, de un texto tan breve. Aquí hay un trabajo muy considerable de decantación. Puede que la claridad no sea la cualidad suprema de lo humano, pero siempre es mejor que el barullo por magistral que sea o se pretenda.

Aunque los personajes de la novela/ensayo/evocación sean muchos (he subrayado sus nombres y son multitud) y logren abrirse paso con naturalidad, los escenarios son pocos y a veces intercambiables: un balneario, una biblioteca, el dormitorio: lugares para practicar el recogimiento.

En ese mundo de Ballester Añón las noticias se leen en el periódico del mes pasado o en el diario del Nunca Jamás, de manera que episodios tan desquiciados y sangrientos como nuestra guerra civil y postguerra son heredados y acogidos con piedad, como para enterrar un monstruo que finalmente fue alanceado, mientras las almas más generosas se aprestan a crear un lugar de estudio con las virtudes de la discreción (los vencedores) y de la entereza (los vencidos).

Poderes depurativos

Aunque solo se tratara de viñetas, sin sus diversas y a menudo paradójicas conexiones, ‘Encuentros fortuitos’ es un libro en el que la depuración se lleva a los extremos que reclama el material, a menudo muy cerca del acierto pleno: «La adolescencia se compuso de estridentes convicciones y tormentas mudas»

Y aquí, junto a los rústicos (se trata de una pastoral) están los exquisitos capaces de trenzar formas extremas de disciplina o de pasión amorosa. El retrato del apicultor Comodato, espíritu libre y anarquista fino, es más que notable entre otros muchos, más breves, que también lo son: la miel convertida en símbolo de la especie sacramental, del bálsamo del espíritu, de la libertad de los colmeneros, honrados criadores de lo menudo.

La referencia a Doctor Zhivago y a Dante es expresa en una de las pocas pero reconcentradas páginas de algo que pudiéramos llamar doctrina.

«A lo que tiene alas no le alcanza la ley».

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