Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Crónicas de la incultura

Cultura y postpandemia

Se ha abierto la veda: a partir de ahora todo volverá a ser como antes, dicen. Se volverán a celebrar los fastos nacionales -el próximo Nou d’Octubre, sin ir más lejos-, ya se programan festivales -el de cine de San Sebastián, ahora mismo-, vuelven los conciertos, proliferan las ferias y las presentaciones de libros… La cultura, como todas las demás actividades, se reinicia. Pero no se dejen engañar: salimos de la pandemia, si es que salimos, con múltiples heridas, algunas irrestañables, Vuelve a haber ocio nocturno, aunque el personal laboral ha quedado tocado por una precariedad permanente. Vuelve la presencialidad en la banca, en la enseñanza, en el comercio, pero con menos empleados, horarios imposibles, carteles de se alquila por doquier, mientras las numerosas víctimas laborales se lamen las heridas esperando un futuro mejor que saben no llegará. En el mundo de la cultura sucede otro tanto. Se abre una nueva temporada en el Palau de les Arts con una programación llena de parches: me temo que los carteles que convirtieron a nuestro auditorio en el tercero de España, tras el Liceu y el Real, ya no volverán. Se anuncian presentaciones de libros en las que hay que reservar asiento previo pago de una cantidad: ¡ni que fueran restaurantes de lujo!: ¿aún no se han enterado de que a estas cosas se va porque tienes un compromiso con el autor? ¿Y esa maravillosa Orquestra de València que va buscando albergues como un pordiosero?

Algo nuevo ha traído la pandemia, ciertamente, y es la explosión del senderismo. Nunca estuvieron nuestros espacios naturales tan de bote en bote como los últimos fines de semana, nunca hubo tanta congestión de tráfico los domingos por la tarde para volver al Cap i Casal. Ahí es nada poder disfrutar sin mascarilla en la montaña o en la playa. Sin embargo, si no se pone remedio pronto, también nos cargaremos esta alternativa cultural. El pasado domingo fui al nacimiento del río Palancia y lo que vi no me gustó nada: basura a ambos lados del camino, un sendero en el que había que vadear el riachuelo descalzándose (en vez de utilizar un par troncos con tablas clavadas como hacen en el Pirineo), pasos peligrosos gratuitos que se habrían resuelto fácilmente poniendo un cable, ciclistas que arrollaban a los caminantes. La cultura se ha vuelto cutre y esta nueva cultura del senderismo nace cutre sin remedio. Ni en español ni en catalán tenemos una traducción adecuada del verbo alemán wandern, que no es ni un paseo ni una excursión, sino un recorrido vivencial por la naturaleza. Tampoco tenemos un autor parangonable a Henry D. Thoreau y su emblemático Walden. ¡Qué le vamos a hacer! Estamos condenados a la nostalgia del paraíso perdido.

Compartir el artículo

stats