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Paula Bonet: "Puedes hablar de que has sido víctima cuando ya no lo eres"

Paula Bonet Levante-EMV

La creación, en todas sus formas, busca iluminar las realidades más tenebrosas y recónditas. Es, el de alumbrar, uno de sus propósitos más pertinentes, el que, una vez logrado, da sentido a todo lo demás, incluso al dolor. Pero sólo el que ha habitado esos rincones, el que los ha sufrido, el que ha sobrevivido para poder contarlo, para poder pintarlo, para poder escribirlo, sabe el coste personal que ello implica, las renuncias, los sacrificios. Paula Bonet (Vila-real, 1980), que se define como «pintora que escribe», está, por fin, en un momento de plenitud. Ya se atreve a mirar hacia delante. Se nota en su mirada, luminosa, casi radiante, detenida, y retenida, en cada trazo de las obras a las que anoche mismo se entregó con la pasión de la que vive porque crea y crea porque vive. El acoso del que fue víctima durante años -su agresor fue condenado el pasado mes de julio a tres años y medio de internamiento-, pero también los abortos padecidos, forman parte ya de un pasado que, en su momento, se volvió presente en su obra, tanto pictórica como literaria. Ahora, como confiesa sentada en su casa, rodeada de los libros que la sanan, «todo está muy limpio». Sabe qué quiere, qué busca, hacia dónde se dirige. Y hasta allí mismo nos lleva, de la mano, a través de esta conversación única, como sólo lo son las honestas y desprejuiciadas.

Pintora, escritora, creadora… ¿Quién es Paula Bonet?

Me defino como pintora, porque toda mi obra parte de la mirada y es muy plástica, también mi obra literaria es muy tangible, abordo el cuerpo de una manera muy física.

¿Y hacia dónde va esa mirada?

Entiendo la obra de cualquier artista, también la propia, como una carrera de fondo en la que todos los proyectos se entrelazan. Mi inconsciente ha ido construyendo ese camino. Cuando mi obra tuvo un pico de popularidad en 2010, no lo llevé bien, porque no acababa de entender cómo en una carrera tan breve, con una cosa tan concreta, a mi parecer tan poco interesante, recibía tanta mirada y parecía que ese exceso de atención fuera a matar lo que da sentido a mi vida. Esa parte inconsciente tiene ahora algunas luces más vinculadas con la conciencia. Voy a seguir mirando los temas que me han importado o que han llegado a mí porque tenían que llegar. Mi objetivo no era hablar de violencias, pero las violencias están muy presentes en mi obra.

¿Las mujeres caminamos para ver o para ser vistas?

Las mujeres caminamos para ver, pero caminamos en un contexto que está construido de manera que nuestro andar acabe siendo un foco de atención ajena. Y acabas andando en algunos momentos sabiendo que estás siendo vista. Es una construcción social evidente.

¿De la que es posible salir?

De manera inmediata, es evidente que no. Además, cuanto más pendiente estás de ello, más lo ves.

Y más lo sufres.

Y más lo sufres. Yo me he visto muchas veces siendo abordada incluso en una actitud no activa, de pasar, de estar trabajando. No me gustaría que esto quedara reducido a algo de blanco o negro o un grito…

Nosotras, más que nadie, debemos huir de esos blancos o negros.

Pero estoy segura de que, en el caso de no ser una mujer, nadie se permitiría interrumpir ese espacio de trabajo de la manera que nos interrumpen a nosotras.

¿De dónde nacen ‘Los diarios de La anguila’, de qué deseo?

Fue una necesidad de retener y pausar la mirada.

¿Y esa pausa es posible, ahora mismo, en la creación?

Es difícil, pero es posible. Se ha de hacer un gran esfuerzo.

Tengo la sensación de que estamos supeditados al consumo inmediato.

A la novedad, sí, ese estar al día…

Y me pregunto si es posible detener esa rueda en la que parece que estamos subidos, cual hámsteres…

Quiero pensar que sí, pero sucede pocas veces. Cada vez es más difícil construirte esos lugares. Muchas de las personas que se acercan a mi obra piensan que todo el tiempo estoy metiendo la mano en una cesta de anguilas, como ese yo infantil de Chirbes que mete la mano en la cesta y le da mucho asco, le provoca repulsión, pero sigue removiéndolas. Yo estoy buscando la luz en esos temas.

¿Y por qué tiene la sensación de que la gente cree eso?

Porque lo verbaliza. Entonces, pienso: qué difícil es mirarse sin miedo. Y lo llevo a un lugar sin metáfora, que es el autorretrato. Ese mirarse a una misma, en ese contexto actual de inmediatez, en el espejo, sin un filtro, ese aguantarte la mirada y autorretratarse... Es cada vez más difícil, pero cuando lo consigues sientes una gran satisfacción.

En esa sobresaturación, los creadores estamos más expuestos, y usted lo sabe muy bien, con todo lo que ha pasado. ¿Qué ha aprendido después de este proceso que espero haya sido, al final, reparador?

El valor del espacio propio y de la intimidad. Estamos haciendo una entrevista y yo no sé cuándo voy a volver a hacer entrevistas. A mí no me interesa el lugar en el que el contexto me quiere situar. A mí me interesa el lugar al que puedo llegar a base de ponerme esos espejos que no quiero evitar mirar.

¿Por qué es tan difícil reivindicar la intimidad?

Es evidente que no tengo la respuesta, porque es uno de los obstáculos a los que me enfrento. Cuántas veces he pensado: hoy elimino las redes sociales. ¿Cuántas veces?

Pero son una herramienta.

Claro, sin redes sociales mi taller no tiene visibilidad. Pocas veces me verá a mí aparecer en las imágenes del taller La Madriguera. Esa competitividad que alimentan las redes sociales, estar pendiente de lo que hace el otro, que es tan tóxico, aquí desaparece. Cuando hay algo que celebrar, se celebra en comunidad.

¿Es el arte terapéutico para usted, lo ha sido?

Tanto Roedores como Los diarios y también La anguila son más herramientas de compromiso social que no tanto sanación personal. Yo voy al psicoanalista y mi sanación personal la hago allí. Hace tiempo que intento que mi obra vea la luz cuando yo ya tengo cierta distancia. Para mí es importante tener resuelta la parte emocional y la parte psicológica antes de publicar. Hay muchos más dibujos de embriones y textos sobre los abortos que evidentemente no voy a publicar, forman parte de esa sanación a través de la obra, pero es una cosa mía.

El dolor del aborto forma parte de una conversación que tenemos pendiente como sociedad. ¿Por qué seguimos guardando silencio?

Porque nadie quiere mostrarse al mundo como una tarada, nadie quiere mostrar al mundo su culpa y nadie quiere mostrarse al mundo como víctima. Es importante subrayar que cuando una puede hablar de que ha sido víctima es porque ya no lo es. La lucha después viene en el intentar evitar esa revictimización, que también es constante y diaria y súper tóxica. Y hay otro motivo: habitualmente se muestra la parte más luminosa de la intimidad, la que puede generar envidia, y todo lo que pertenece a la intimidad más dolorosa, que podría cambiar aspectos fundamentales para construirnos desde un lugar más sano como sociedad, se oculta.

Pero la función del arte es mostrar esas realidades incómodas.

Claro. La anguila es un libro muy incómodo y que yo sabía que iba a provocar esa incomodidad que no sabía cómo se iba a resolver. Es que es un tema delicadísimo… Creo que es Marta Sanz la que habla de que todo lo que me sucede a mí lo puedo usar como material y, después, en el momento en el que escribo un libro o pinto un cuadro, ya hay un filtro, ya no soy yo, no es mi autobiografía, es un material que estoy usando y modelando como me interesa.

Se convierte en otra cosa.

Claro. ¿Y cómo explicamos eso a los lectores? Porque yo recuerdo hacer la promoción de La anguila y que el titular de una de las entrevistas fuera: «Mi violador…». Te quedas de piedra viendo tu cara con ese titular, porque no estoy en una comisaría poniendo una denuncia, estoy hablando de una novela, de un libro, que cada uno lo defina como quiera.

¿Cuándo dejará de estar en el centro de lo que significa ser mujer la idea de la maternidad?

Puf… Yo quise ser madre en una huida, porque ya tenía 36, por mil motivos personales... No pudo ser posible por otros motivos y, en aquel momento, yo podría haber sido madre, pero pensé: un momento. Estoy segura de que hice Roedores porque tuve dos abortos y el segundo me provocó un alivio que no se puede imaginar. Y ahí pude ser crítica. Porque, si a mí me hubiera podido esa idea de ser madre y llevarla hasta las últimas consecuencias, no podría haber hecho Roedores y no estaría hablando desde donde estoy hablando. Con lo que sí siento que tuve la elección, decidí no ser madre biológica y entender todos los tipos de maternidades que hay. Pero, después de Roedores, de repente me dio la impresión de que se le estaba dando la vuelta, que se estaba volviendo a colocar la maternidad en ese lugar sagrado.

La maternidad convencional.

Sí, y es evidente que es la que se impone, la que se instaura, la que al final se nos coloca cuando somos jóvenes como ese lugar al que acceder y, por lo tanto, sentirnos, como mujeres, plenas, porque, ya que tenemos útero, hemos de tener un hijo o dos o tres o los que hagan falta. Yo creo que estamos otra vez en ese lugar peligrosísimo para nosotras.

No sé si ha visto la foto de Khloé Kardashian en la cama de un hospital con su hijo, recién nacido de un vientre de alquiler, en brazos.

Sí, la he visto.

¿Y qué pensó al verla?

Pues… Hace unos años me habría puesto a hacer tuits y a gritar y dije: no. Es que, en esa fina línea de todo por ser madre, llegamos a un lugar en el que acabamos usando otros cuerpos que se prestan a ser usados por motivos económicos. A mí eso me parece terrible. Y que luego se pueda banalizar con una imagen… Porque ese escenario perfecto en el que cada una pueda elegir ser o no ser madre pienso que está tan lejos...

En ‘Los diarios de La anguila’ hay un ensayo autobiográfico sobre la creación artística y el acoso que sufrimos las mujeres. ¿A qué conclusión llegó después de escribirlo?

No hay una conclusión. Esa necesidad de crear desde una libertad que siendo mujer es muy difícil de poseer... Es que esto sucede a diario. Yo cada día me enfrento a eso, cada día tengo que lidiar con el hecho de habitar un cuerpo de mujer. En el ensayo intentaba hacer entender cómo somos nosotras las que, en nombre de ese «tengo poder, puedo con todo», nos podemos ver en una situación de acoso terrible. Si no nos concienciamos de que hay unos límites que no se puede permitir a nadie pasar, permitimos que se pasen con ese «yo puedo». Tú te acercas a la persona que los ha traspasado y le dices: «No vuelvas a hacerme esto». Y así, con ese «no vuelvas a hacerme esto», te pasas un año y tardas un año en denunciar y, cuando denuncias, ya hay una estructura rota por mil sitios, hay incluso roturas que no ves, pero cuando las pisas se derrumban. Es siniestro, porque ese «yo puedo con esto» te coloca muy fácilmente en ese lugar de víctima, en un lugar que se te puede romper por la mitad, es la gotita que cae sobre una piedra y al final la rompe.

Ese ensayo desprende luz, y soy consciente de que está escrito por alguien que en un momento dado atravesó una profunda oscuridad.

Pero esa luz está en lo colectivo. Esa luz la veo en saber mirar en esos espejos, saber enfrentar todos esos reflejos que duelen, saber nombrarlos, compartirlos. La esperanza, la luz, está en saber que sólo podremos construir sólidamente desde lo colectivo, y eso no significa que estemos todas de acuerdo. Y aquí hay otra trampa, porque parece que no puedas enfrentar. Desde lo colectivo también se han de enfrentar las cosas.

Y se debe discutir y dialogar.

Y se debe abandonar la verdad propia, porque eso es un absurdo.

En ‘Los diarios’ también habla de sus lecturas: Lina Meruane, Flaubert, Maggie O’Farrell, Gabriela Mistral, John Berger… ¿De qué le han salvado todas esas lecturas?

Es compleja la pregunta, porque cada lectura me ha llevado a un sitio. La literatura es un arte al que me acerco con mucho respeto. Leo mucho más que visito exposiciones. Esa intimidad que te permite la lectura, todos esos lugares a los que te lleva, las revelaciones a las que llegas, que son diferentes según el momento en que leas el libro... A mí la lectura me sana.

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