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La palabra 'maricón' sale del armario

En los últimos tiempos, y como lo confirma la reciente serie 'Maricón perdido', de Bob Pop, el término ha pasado de ser un insulto homófobo a convertirse en símbolo de identidad, orgullo y poder para el colectivo LGTIBQ+

Un operario borra una pintada con la letra de ’Maricón’, de Samantha Hudson, en la parroquia de Santa Teresa de l’infant Jesús de Barcelona /

Un operario borra una pintada con la letra de ’Maricón’, de Samantha Hudson, en la parroquia de Santa Teresa de l’infant Jesús de Barcelona /

Maricón. Adjetivo despectivo y malsonante. Aumentativo de marica. Afeminado. Dicho de un hombre homosexual. También de un hombre apocado, falto de coraje, pusilánime o medroso. Así define la R.A.E. una palabra que se sometido a una serie de transformaciones radicales en los últimos tiempos y que han cambiado para siempre su consideración dentro de nuestro acervo popular. 

Hace menos de dos semanas, Bob Pop, uno de los estandartes de la comunidad LGTBIQ+, estrenó una serie sobre su propia vida en la que exorcizaba buena parte de los fantasmas de su niñez y adolescencia. Que su título sea precisamente ‘Maricón perdido’ es una declaración de intenciones, sobre todo porque la propia serie realiza un recorrido de lo más revelador en torno al cambio de paradigma del término, desde su utilización como insulto homófobo y discriminatorio hasta la reapropiación por parte del colectivo como símbolo de identidad y orgullo. "Es la historia de un niño maricón que está perdido, de un adulto maricón que está perdido y en seis episodios, en esta primera temporada, va encontrando y buscando su identidad. Se trataba, por tanto, de apropiarse de un término despectivo y convertirlo en un término descriptivo", relata el escritor y guionista.

Pero, como también muestra esta excelente ficción televisiva, el camino hasta llegar hasta ahí ha sido largo y duro. "Yo durante décadas fui incapaz de pronunciar la palabra maricón. Era una combinación de sílabas que me aterraba, me perseguía. Casi no podía ni pensarla", asegura Enrique F. Aparicio (Esnórquel en Twitter), integrante del dúo musical Monterrosa y responsable del podcast ‘¿Puedo hablar!’, junto a Beatriz Cepeda (alias Perra de Satán). "Poco a poco, al tiempo que me iba reconciliando conmigo mismo, fui apropiándome de ella. Desde hace años, aunque no tantos como los que no pude decirla, es la palabra que más uso; en el momento en el que la hayamos dicho tantas veces en positivo como las que nos la arrojaron en negativo, la haremos totalmente nuestra". 

En 2016, una jovencísima Samantha Hudson, con apenas 15 años, revolvió el estómago del Obispado de Palma y de la ultraderecha balear con su canción de temática religiosa ‘Maricón’, que había compuesto para un trabajo de instituto. El escándalo fue morrocotudo. "Soy maricón y me encanta la iglesia / Pero no me dejan entrar porque monto gresca", decía la irreverente, y ultrapegadiza, canción, que convertiría a Hudson en precoz celebridad entre la comunidad LGTBIQ. "La palabra maricón se puede usar de manera amistosa sin tener que proceder por fuerza de personas que formen parte del colectivo gay. Mis amigas heterosexuales me llaman maricón y yo les digo maricón porque son más maricones aún que yo", explica la explosiva diva ‘queer’, que admite que, pese al mucho camino avanzado, todavía hoy el término se utiliza "de forma despectiva, con tono mezquino y cierta maldad. Otra cosa es que el significado de esa ofensa me tenga que afectar si me he empoderado de mi propia identidad. O lo que es lo mismo: a palabras necias, oídos sordos".

"Dependiendo de la persona que la use, y el tono y motivación con que lo haga, la palabra tiene un significado u otro", ratifica Javier Giner, guionista, director, escritor de ‘Yo adicto’ y jefe de prensa de las películas de Pedro Almodóvar. "No es lo mismo que la pronuncien Bertín Osborne o Rocío Monasterio que Bob Pop. Hay palabras que han causado mucho dolor, vergüenza y opresión, y solo deberían ser utilizadas por los colectivos oprimidos. Dicho de manera simplista: si la palabra se sigue utilizando como un insulto vejatorio, no hay orgullo posible en ella", añade Giner. En este sentido, Javier García Rodríguez, profesor de Literatura Comparada de la Universidad de Oviedo, considera que "siempre es el contexto el que dota de sentido a las palabras. Un tipo jugando al dominó en un bar que ve pasar a dos chicos de la mano y dice 'maricones' pretende insultar de manera fuerte. Pero ellos pueden defenderse solo con decir 'a mucha honra'".

Un poco de historia 

Maricón deriva del nombre María, símbolo de la mujer y nombre común en la España del XVI. La primera vez que apareció en la R.A.E. fue en 1735, en el segundo volumen del Diccionario de Autoridades, y la carga ideológica que desprendía la definición era notoria. "El hombre afeminado y cobarde y lo mismo que marica". A partir de 1884, maricón remitiría directamente a marica, que se va adornando con adjetivos como ‘sodomita’ o ‘invertido’. Pero el tratamiento discriminatorio tocó techo cuando en el Manual de 1984 se añadió "persona despreciable o indeseable". No sería hasta 1992 cuando el DRAE indicara que se trataba de un insulto. 

"En los años 70, maricón era una palabra terrible, un insulto muy grave que marcaba. Ser cabrón era asumible; ser maricón, no” (Javier García Rodríguez)

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"En los años 70, maricón era una palabra terrible, un insulto muy grave que marcaba. Ser cabrón era asumible; ser maricón, no", cuenta García Rodríguez. "No sé en qué momento deja de ser un estigma para ser un orgullo de identidad, pero el proceso es bastante habitual en los usos lingüísticos: se desactiva el valor peyorativo de una palabra asumiéndola como seña de identidad". Paco Tomás, periodista, guionista y responsable del mítico programa de Radio 5 ‘Wisteria Lane’, de temática LGTBIQ+, piensa que, si echamos la vista atrás, hace cuarenta años, nadie del colectivo gay utilizaba la palabra maricón para definirse (o casi nadie: ahí estaba el pionero Nazario). "El gran logro ha sido arrebatarles esa palabra a quienes la utilizaban para atacarnos y darle el significado opuesto para definirnos sin miedo, sin que tenga una connotación negativa distinta a la de homosexual o gay". Ha sido, sin duda, un triunfal ejercicio de reapropiación de un insulto, es decir, al hacer bandera de la ofensa, no solo se desactiva el insulto, sino que además se le da la vuelta a la tortilla poniendo en evidencia a quien intentaba herir. "Ser hijos de puta les da igual, pero parecerlo ya no les hace tanta gracia", sostiene Samantha Hudson.

Arma política

¿Se ha convertido maricón en una palabra política? Paco Tomás cree que sí, ya que hay homosexuales que prefieren definirse como gais y rehúyen el término maricón porque es más potente. "Hay gente que no quiere que se le asocie con eso porque prefiere acogerse al heteropatriarcado para sufrir e implicarse menos en todos los problemas que nos rodean". 

"En mi cabeza ‘queer’ siempre tendrá un aroma de revolución, de calle. Yo no puedo llamar 'queer' al niño asustado que fui. Ese niño era maricón" (Javier Giner)

En el panorama de las series internacionales hay un ejemplo parecido al de ‘Maricón perdido’, ‘Queer as folk’. Sin embargo, el término ‘queer’, además de englobar a toda la comunidad LGTBIQ+ y aunque sigue considerándose peyorativo en algunas sociedades conservadoras, también se refiere a todos los estudios académicos vinculados al área de la identidad, al activismo y la disidencia a la norma del cisheteropatriarcado. "En mi cabeza ‘queer’ siempre tendrá un aroma de revolución, de calle, de lucha trasversal", reflexiona Giner. "Yo no puedo llamar 'queer' al niño asustado y al adolescente confuso que fui. Ese niño era maricón", continúa Enrique Aparicio. "Es tentador utilizar 'queer' porque en España es una palabra que no asusta, pero precisamente la incomodidad que nos provocan marica, bollera, sarasa, mariposón, travesti, etc., tiene un potencial político mucho más cercano". Para Samantha Hudson, lo ideal sería traducir ‘queer’ por "mariconeo". “Tal vez el término ‘queer’ tenga un algo más político, como marxismo, y se refiera más a esa otredad no solo ligada a la sexualidad sino a la identidad disidente, pero creo que la traducción más acertada sería esa, mariconeo. Yo soy muy de eliminar anglicismos".

Cultura popular

En los últimos años su utilización dentro de la cultura popular se ha ido extendido de una manera progresiva. En la Nochevieja que daba paso a ese mítico año en España que fue 1992, se produjo un hecho insólito en la televisión en 'prime time'. El dúo cómico Martes y Trece incluyó un 'sketch' en el que Millán Salcedo entonaba una canción que se convirtió en un himno: ‘Maricón de España’. "Creo que fue uno de los primeros actos de visibilidad, incluso de activismo en nuestro país, porque además venía de un homosexual y se hizo en un programa que vio toda España. Si te fijas, la letra no es una burla como pudiera parecer, es profundamente reivindicativa ("Y me importa un comino, que la gente en mi camino, de mí quieran murmurar" / "Si critican, que critiquen, porque de Algeciras a Pontevedra, quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra"). En aquel tiempo nos pareció una maravilla y nos sirvió para cantárnosla a nosotros mismos", rememora Paco Tomás

Aunque el uso de las redes sociales y de las nuevas tecnologías parece que haya contribuido a normalizar el término, si se escribe ‘maricón’ en Twitter, pueden cerrarte la cuenta. "El algoritmo demuestra cuál es el uso social del término, un insulto, así que de manera automática se relaciona con algo malo", dice Enrique Aparicio. En este sentido, Paco Tomás nos invita a hacer una prueba: escribir la palabra ‘homófobo’; saldrá en rojo como incorrecta y automáticamente se corregirá por ‘homófono’, que no tiene el mismo significado ni nada que ver. Hasta ese punto se encuentra integrada la discriminación de la identidad sexual dentro de nuestras propias estructuras de lenguaje. 

"Lo que no se nombra, no existe. Es oculto y marginal. Venimos del silencio, de los dobles sentidos y de escondernos avergonzados en arbustos. Nuestros espacios históricos han estado dominados por los susurros. Que no se sepa. Que no se note. Por eso es tan importante la palabra, porque nos da el lugar que merecemos, que no es otro más que el de cualquier persona, a plena luz, libre, en la calle", culmina Javier Giner. 

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