La Culebra, un año después del horror del fuego

Los vecinos de los pueblos más afectados por el primer incendio relatan cómo recuerdan los estragos de las llamas: "Llegó el viento por la noche y lo arrasó todo"

Pueblos afectados por el primer incendio de 2022 en la Sierra de la Culebra.

Pueblos afectados por el primer incendio de 2022 en la Sierra de la Culebra. / José Luis Fernández

Redacción

La vida ha tenido que seguir adelante en los pueblos de la Culebra, donde una tormenta eléctrica cambió el futuro que vendría más allá del 15 de junio de 2022, cuando nacía el primero de los incendios que se comerían el 6% de Zamora.

En Ferreras de Abajo los huertos siguen trabajándose, los bares siguen sirviendo café y la gente mira hacia adelante, aunque ahora, ante sus ojos todo sigue negro ceniza. No están de acuerdo con aquella medición de 25.227,88 hectáreas quemadas; para ellos, se perdió mucho más en aquel incendio que no fue declarado como de nivel 2 hasta dos días después. La calificación máxima nunca llegaría a pesar de avanzar más de 1.200 hectáreas por hora. 

Ahora, en Ferreras de Abajo pasan camiones cargados hasta arriba de madera. Algunos de los troncos podrían pertenecer al pinar de Pedro Vara Taboada, vecino que ha recibido 144 euros por unos mil árboles quemados, calcula. Por su parte se alegra de que al menos no le haya costado dinero "sacarlos yo mismo me habría costado casi 3.000 euros", relata. Afortunadamente, se arregló con un maderero portugués. Esos troncos irán destinados a fabricar pellets en su mayoría; el saco de 15 kilos se vende en el mercado a casi 8 euros. 

A pesar de la pérdida, a Pedro la madera le importa poco, como reconoce mientras se dedica al huerto acompañado de su perro, y recuerda la memoria del bombero Daniel Gullón Vara que falleció durante el segundo incendio; eran familia. Y es que este pueblo volvería a vivir lo inexplicable solo un mes después, cuando el incendio de se llevaba por delante la vida de cuatro personas, incluida la de su primo. 

A cambio, Ferreras de Abajo ha ganado madereros que trabajan a destajo para sacar toda la madera enferma. Esta gente deja gasto en el pueblo "pero dentro de dos años se acabó", cuenta Laura Vara, propietaria del bar Juventud de la localidad. Sobre el apoyo recibido, dice que la sonada ayuda directa de 5.000 euros "se irá en parte en la declaración de la renta". Y en vez de dinero, ella pide "más promoción del turismo". 

Tras dos incendios consecutivos, el miedo a este verano está latente. Un peón especialista destinado en Ferreras de Abajo no confía en el porvenir. "La parte de la sierra que da con el parte de Montesinhos tiene peligro", confiesa, y añade que la Carballeda y los Valles tienen mucha maleza también. El peor enemigo, "el calor extremo", señala, y añade que las lluvias tampoco ayudan "hay más vegetación". 

Una mujer señala la zona quemada.

Una mujer señala la zona quemada. / José Luis Fernández

Que esto llegue a repetirse es la peor pesadilla de muchos, como el joven Jose Carlos González, que emocionado recuerda: "Lo tuvimos encima". Él fue uno de los valientes que se quedaron a ayudar en el segundo de los incendios; abandonar por segunda vez el hogar y dejarlo a capricho de las llamas no era una opción. 

Unos kilómetros más allá, los vecinos de Ferreras de Arriba no se dejan engañar por el verdor de las últimas lluvias. El monte bajo ha resurgido, pero saben que los boletus se acabaron para siempre: no volverán a verlos entre tanto tronco negro. Además de pinares, se han quemado castaños más que centenarios que estos jubilados ya heredaron de sus abuelos y que no podrán legar a sus hijos. 

Tristeza perenne

"Lo abandonaron", sentencia Clementina Moldón sobre lo que ella vio aquella noche, cuando dos rayos cayeron en el pueblo, uno a cada lado de la sierra. El primero lo apagaron dos chicos del lugar, el segundo, se dejó: "Tenía que haber venido el helicóptero". Aquel fue el que hizo más daño. Clementina conversa con dos vecinas mientras una trabaja el huerto, Ángela Folgado y María Moldón. Las tres fueron desalojadas a Benavente. "No sabes si al volver vas a encontrar lo que dejaste", comparte María mientras cava las patatas. Su huerto está entre los dos montes que abrazan el pueblo, y recuerda como el fuego descendía por ambos lados cuando tuvieron que marcharse justo a tiempo para sortear las lenguas de llamas que luego cortaron las carreteras.

El ruido del fuego

De aquella noche de huida, María no puede sacarse de la cabeza "el ruido del fuego", el estruendo de la madera doblándose y cediendo que no dejaba oír mucho más. "Aunque repueblen esto es ya para sesenta años". Y es que sin árboles este municipio micológico ha perdido también las setas, que significaban un dinero importante para los mayores y aún más valioso para los jóvenes. 

Aquel fuego sin apagar lo vio todo el mundo, aunque nadie consiguió que las autoridades intervinieran. "Avisamos de un foco pequeño, llegó el viento de por la noche y lo arrasó todo", relata Manuela Remesal sobre unas llamas que se echaban "detrás de las casas".

Sobre lo que pasó ese día, aún hay cosas que Remesal no se explica: "El mismo día del incendio por la mañana estuvo la UME. Trescientas personas en la era haciendo prácticas durante tres días y luego se largan". Ella también ha sido una de las vecinas que ha perdido el ingreso extra de la recolección de setas. 

Madera quemada.

Madera quemada. / José Luis Fernández

Tras el incendio, la zona se convirtió en una atracción para los curiosos y también personas solidarias, que iban a la zona en apoyo a los comercios locales. Aunque la afluencia no duró demasiado, y ya en septiembre la hostelería notó el bajón del turismo de caza: "El turismo rural hasta hoy ha bajado muchísimo", explica en su negocio de Villardeciervos María Jose Remesal, dueña del hotel y restaurante del mismo nombre.

Sin turismo, son los maderistas los que ocupan las habitaciones de este negocio que da empleo a seis personas. Sobre las ayudas a la hostelería, la propietaria no duda: "Quiero trabajo, no que me ayuden", explica sobre el bajón que ha pegado la zona en fechas como Semana Santa. Queda la incógnita de qué pasará este verano con el turismo, cuando cree que se comprobará si la zona sigue siendo atractiva para los visitantes o de por si el contrario, ha perdido toda la reputación entre los amantes del turismo rural. Porque hasta ahora, se ha vivido un efecto placebo cebado por la solidaridad de los turistas

"Acojonados"

En la gasolinera de Otero de Bodas, Natalia Rodríguez recibe a los clientes un año después de haber jugado un papel clave en la lucha contra las llamas, cuando sus compañeros garantizaron el suministro a los camiones de bomberos y equipos de rescate, incluso cuando el fuego cercó la estación. "Yo soy de las que piensan que se podía haber evitado", relata sobre un avance que al inicio sí dio tiempo: desde el miércoles por la noche, cuando empezaba en Ferreras, al jueves por la mañana, cuando solo quedaban tres focos pequeños, podría haberse actuado. Fue por la tarde cuando "empezó a saltar" y aún "ni había medios y ni la gente que estaba podía hacerlo porque no se habían dado las órdenes", relata la joven trabajadora.

Quien vio el avance, lo vivió "acojonado", dice Miguel Gómez sumándose a la conversación. A pesar de ello, este vecino de Cional, lejos de huir, decidió quedarse a ayudar. "Faltaban manos, pero aún así no pude hacer nada", cuenta sobre la magnitud de las llamas. 

Miguel no se explica por qué aquel mes de junio las cuadrillas de incendios aún no estaban contratadas, "solo tenían que apretar un botón en el ordenador, pero no tenían ni prisa ni interés". Este vecino, originario de Valladolid, rehizo su vida en Zamora buscando la tranquilidad y la naturaleza de la zona que dice "era para flipar". Pero eso se acabó. "Ya no me gusta vivir aquí", dice tajante sobre lo que el paisaje le trasmite ahora, negro: "Se me cae el alma a los pies".

Se pregunta por qué no hay gente limpiando el monte durante todo el año, que, además, "daría empleo a mucha gente". En su opinión "cuatro empresas ganan más dinero con el negocio de los helicópteros que teniendo cuadrillas trabajando". Y pregunta: "¿Dónde están los culpables?, nadie responde". 

Una opinión que comparten más allá, donde la tristeza imperante se convierte en rabia en pueblos como Otero de Bodas, un pueblo en el que las llamas entraron en varias casas y donde algunos vecinos anónimos consideran que aquel incendio fue una sentencia de muerte para ellos: "Seguimos tan abandonados como estábamos hace un año o quizá más". 

El corrillo de vecinos sabe que han perdido el monte, el medio de subsistencia gracias a las setas, la leña, las castañas y el turismo. "Se ha perdido la supervivencia de la zona". A Otero pasó después de dos días "en vez de venir un hidroavión venían los ‘bambis’, que se iban lejísimos a recargar", y señalan con indignación hacia el embalse a pie del pueblo. 

El mismo viento que azuzó al principio las llamas también fue quien les perdonó; cambió en mitad del incendio y paró las llamas que habían llegado hasta la mitad del pueblo, a la altura de la iglesia. 

Una mujer de un pueblo afectado.

Una mujer de un pueblo afectado. / José Luis Fernández

Los comentarios se cruzan como balas sobre porqué se dejó arder todo aquello: "La UME estaba con el fuego en los zapatos esperando a que el susodicho de turno levantara el teléfono", dicen unos. Otros lo saldan con un sencillo: "No interesó apagarlo".

Mientras tanto, los camiones siguen circulando desde hace semanas por las carreteras. "Se llevan lo poco que nos queda", sopesan sobre un incendio que a pesar de haberlos dejado "desahuciados", no ha supuesto ninguna dimisión. "No habrá responsables", augura el grupo de vecinos y acusan a los políticos de "evadirse" de la desgracia. "Nos quieren por los votos y los impuestos, luego no somos más que una gota de agua que se disuelve en el suelo". 

Sobre lo que queda por venir, el grupo estalla "¿Hay futuro?". Y no pueden olvidar que "el responsable aún sigue sentado en el sillón".

Sus nietos o biznietos podrían ver la sierra como ellos la vieron, aunque no creen que ocurra: "Seguramente esto quede para ciervos y jabalíes por el futuro que no nos dejan tener", cuentan convencidos de que a se quiere echar a la gente de los pueblos para que sean otros los que disfruten "de lo que nos dejaron nuestros abuelos". Y dicen que "el monte estaba sin limpiar por preservarlo todo, y ahora no queda nada", aquejan sobre que a los habitantes no se les dejaba tocar ni una sola rama de sus árboles. "En cambio a las grandes industrias de molinos y placas les dejan todo", un sector "que no deja trabajo ninguno". 

Para reflotar la zona piden acabar con la burocracia, apostar por la economía circular de la que "malvivían nuestros abuelos" y recuperar el ganado para limpiar los montes: "Tendrían que venir a vivir aquí y ver cómo es vivir en la miseria, nos hemos quedado sin nada".