Salvador R. L., el hombre que acaba de cumplir entre rejas 50 años y que hace tres, el mismo día que entró en la cárcel, confesó el asesinato a sangre fría del marido de su amante, se rompió ayer en pedazos cuando el fiscal le pidió que contara en voz alta los detalles del ataque traicionero y sorpresivo que acabó con la vida del ingeniero noveldense Antonio Navarro de ocho cuchilladas, la mayoría de ellas mortales de necesidad.

El Salva prepotente y chulesco de los audios con las conversaciones grabadas por la Policía dio paso a un tipo empequeñecido, sollozante, compungido, nervioso —durante la hora y media larga de declaración no dejó de mover el pie izquierdo compulsivamente ni de estrujar con la mano el pañuelo con el que se enjugaba las lágrimas y se sonaba la nariz— y hundido que, a preguntas del fiscal, implicó sin ambages a María Jesús M. C. como coautora del crimen.

Recordó que le pidió «expresamente» que matara a su marido y que lo hizo en una comida de ambos en «mi terreno de Riba-roja», a finales de junio. Aseguró que aceptó porque «estaba muy enamorado de ella y continuamente le decía los maltratos psicológicos que sufría, y en los medios es fácil leer casos de mujeres que no han denunciado nunca y tienen un desenlace fatal. Temía por su vida». «Oiga, pero hablamos de eliminar físicamente a una persona. ¿Cómo aceptó?», le inquirió un fiscal implacable. Con la cabeza gacha, Salvador musitó: «Temía perderla».

«¿Insistió mucho ella?», prosiguió el acusador público. «Lo suficiente para convencerme», respondió el acusado. En cuanto a si le había prometido algo a cambio, la respuesta de Salvador fue demoledora: «Me dijo lo contrario, que mientras estuviera Antonio, ella y yo no podíamos estar juntos».

Juicio del Caso Maje: Salva responde al interrogatorio de la defensa de Maje

La implicación de María Jesús M. C. no se quedó ahí. Explicó que el plan inicial era matarlo en julio, pero que ella no consiguió convencer a la víctima de que aparcase dentro del garaje, así que tuvieron que posponerlo hasta después de las vacaciones de Salva con su familia en Castelló. «Sentí un gran alivio porque vi que no tenía que hacerlo», expresó.

Finalmente, «se puso en contacto conmigo en agosto —casi con toda seguridad el día 3— para concertar una nueva fecha: el 16 de agosto. El plan incluía hacerlo en el garaje, solitario a esas horas —las 7.30 de un 16 de agosto, al día siguiente del festivo— y Salva aseguró que ella le dijo cuál era el coche y la plaza. «Me dijo que no me preocupase, que el coche de al lado no lo movían desde hacía tiempo, así que estuviese tranquilo por esa parte». A ella «le dije que no durmiese esa noche en casa, que se buscase trabajo, para que no se cruzase».

«¿Y las llaves? ¿Se las dio para que matara a Antonio», interrogó el fiscal, Vicente Devesa. «Sí. Me entregó una copia que había realizado o una que no usaba, y es la que utilicé para entrar». A partir de ahí, relató someramente el asesinato, cómo compró el cuchillo días antes, cómo llegó, abrió, entró y se escondió y cómo la víctima «bajó y lo sorprendí». En ese momento, la madre de Antonio, sentada a metro y medio tras el asesino de su hijo, no pudo más: enterró la cara entre las manos y estalló en un llanto silencioso.

Cuando el fiscal le pidió más detalles, Salvador simplemente no pudo. Rompió a llorar y pidió no contestar. Pese a que habían acordado «no vernos ni hablar en un tiempo», esa misma mañana la acusada «me mandó un wasap pidiéndome que nos viéramos en casa de su hermana» porque «quería que le contara». Sabía, afirma, que el asesinato estaba cometido porque la avisó como habían pactado: «Cambiando mi estado de Whatsapp».

En esa cita, asegura que le contó «por encima» y que no quiso profundizar pese a que «ella me pidió que le diera los detalles».

A preguntas de la letrada de la familia, Patricia Cogollos, afirmó que ella sabía que «iba a esconderme para atacar a Antonio», que «había comprado el cuchillo y era de tamaño medio —eligieron el arma blanca porque era silencioso y asequible»— y que fue ella quien «me dijo que Antonio muriese ese día y me dijo que no quería que fallase».

En cuanto a por qué Salva exculpaba a Maje hasta noviembre de 2018, no se cansó de repetir una y otra vez que «porque estaba enamorado» y «solo quería protegerla. ¿Y por qué ese cambio que la ha llevado al banquillo de los acusados como presunta coautora? A preguntas de su abogada, Julita Martínez, habló entre sollozos de su arrepentimiento y de la intercesión de su hija y de la pastoral de la cárcel. Pero fue con el fiscal con quien volvió a quebrarse. «¿Alguien de su familia, del juzgado, de la fiscalía le prometió algo si cambiaba de versión?». Y él, entre lágrimas y hundido, musitó: «Mi hija... Mi hija lo que siempre me ha dicho es que dijera la verdad, que dejara de mentir ya... Llevo un año sin saber de ella, pero le sigo haciendo caso».