28 de marzo de 2010
28.03.2010

El mito de los granaderos

28.03.2010 | 01:00
La guardia de granaderos de la Corporació de la Verge dels Dolors del Cabanyal, en su procesión del viernes por la noche.

Tres cofradías de la Semana Santa Marinera sacan en sus procesiones un cuerpo de granaderos, antiguos soldados del Ejército español que por su condición física y valentía ocuparon durante siglos la primera línea de combate y escoltaron a la Mare de Déu. En la actualidad, el Ejército español ya no tiene este tipo de soldados, pero el mito revive cada año en los Poblados Marítimos

José Parrila | Valencia
Fotos: Bustamante
Cada Semana Santa, el mito de los granaderos, aquellos soldados de porte y valor que durante siglos encabezaron los ejércitos españoles, revive en los Poblados Marítimos acompañando a la Soledad y la Dolorosa. Con sus trajes de gala y sus reminiscencias napoleónicas constituyen el cuerpo procesional más vistoso de la semana de pasión, pero también, casi sin saberlo, mantienen vivo un legado histórico cargado de patriotismo, devoción y leyenda.
El diccionario actual define al granadero como un "soldado de elevada estatura que formaba a la cabeza del regimiento arrojando granadas". Y así ha sido siempre. La aparición de las bombas de ma?no en torno al año 1600 recomendó crear estos cuerpos para abrir brecha en el enemigo. Se elegía para ello a los soldados más altos, experimentados y valerosos y se les dotaba de hacha, sable y mosquete, además de una bolsa con 12 pequeños artefactos explosivos.
Un siglo después, allá por 1702, el rey Felipe V acometió una amplia remodelación del Ejército y, a semejanza del francés, impuso la obligación de crear una compañía de granaderos en cada regi?miento. "Era condición indispensable -dice el libro editado con motivo del 125 aniversario de la Cofradía de Nuestra Señora de la Soledad del Canyamelar- que el capitán y los oficiales hubieran servido con gran reputación y tener la edad y la robustez necesaria para soportar la fatiga de marchar a pie durante largas distancias."

Primeros desfiles
Esa condición física y mental les permitió apenas unos años después convertirse en guardianes de la Ciudadela, fortaleza reconstruida en 1707 para conmemorar la batalla de Almansa. Y ambas co?sas les abocaron también a convertirse por primera vez en escoltas de la Virgen. "En aquellos tiempos no había caminos como hoy, sino que eran senderos con acequias, barrancos y huertas por los que daba miedo aventurarse a las horas de la noche que terminaban las procesiones", pensó el monarca.
Esa primera escolta se mantuvo a lo largo del siglo y llegó hasta la época de la invasión napoleónica, que es la referencia de las cofradías actuales.
Ramón Javier Planells, presiden?te de la Asociación de Amigos del Museo Histórico Militar de Valencia y experto en el tema, recupera la historia a partir del 23 de junio de 1808, cuando las tropas francesas ya habían tomado Madrid. Ese día, con el enemigo a las afueras de Valencia, el arzobispo Company mandó sacar en procesión a la Real Senyera y a la Virgen de los Desamparados, escoltadas ambas por dos cuerpos de granaderos de los regimientos Soria y Valencia, que se habían formado días antes con soldados españoles huidos del desastre madrileño. La comitiva recorrió toda la muralla de la ciudad pidiendo protección, la que luego creyeron haber tenido cuando las tropas nacionales lograron repeler el primer ataque napoleónico.
Después de esa victoria, Valencia se consolidó como puerto de entrada de víveres y se creó un ejército para defender la plaza, pe??ro eso volvió a ponerla en el punto de mira de Napoleón, que en 1810 volvió a la conquista. El general Suchet llegó hasta las puertas del Palacio Real y los valencianos, cada más devotos de su Virgen, volvieron a sacarla en procesión, nuevamente con los granaderos dándole escolta.
Y una vez más se hizo el milagro. Apremiados por otros frentes, las tropas francesas se retiraron a Tarragona y el pueblo atribuyó la nueva victoria a la Virgen, que es nombrada capitana generala del Ejército.

El triunfo francés
La guerra continuó y finalmente en el año 1812 Valencia claudicó. Suchet forzó la rendición de la ciudad y el pueblo temió duras represalias de las otrora maltratadas tropas francesas. Pero no fue así. Es más, el general francés cambio la ciudad -crea el Parterre y la Glorieta- y para contentar a la población les permitió sacar en procesión a la Virgen, a la que nunca le retiró el título de generala. Como último detalle con los valencianos, Suchet puso a sus propios granaderos a escoltar a la Virgen, que en aquella ocasión hizo un recorrido corto por el centro de la ciudad. Fue su primer y último desfile, pero quedó para siempre en la memoria colectiva. La espectacularidad de los trajes de gala franceses cautivó a la población y cuando el general Elío recuperó la ciudad en 1814 esa impronta permaneció viva.
Cuando llegó la Semana Santa y la Virgen de la Soledad tenía que salir en procesión, las gentes de los Poblados Marítimos, que guardaban las prendas del enemigo francés como trofeo, no dudaron en ponérselas para escoltar a su patrona. "Aquel Jueves Santo de Liberación, una nutrida formación de granaderos, volteando airosos sus morriones, con la insignia napoleónica en la empuñadura de sus sables, custodiaba a la Virgen de la Soledad, escondiendo bajo piadosa careta los rostros curtidos de aguerridos marineros y pescadores que rendían a la más sublime advocación de la Virgen el botín y las prendas que, defendiendo a su patria, habían arrancado a los cuerpos del invasor", reza el libro del 125 aniversario de la cofradía.
En la actualidad, el ejército ya no tiene granaderos. Los fusiles de repetición son más eficaces en la primera línea de combate. Pero el mi?to sigue vivo y vuelve a las calles de Valencia cada vez que suenan las cornetas y tambores.

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