08 de junio de 2016
08.06.2016

Noticias del porvenir

08.06.2016 | 04:15

Los cuarenta y cinco años que median entre la aparición de la primera novela de Don DeLillo, Americana, y su decimosexta entrega, Cero K, invitan a ser contemplados no sólo como uno de los itinerarios más admirables de la literatura contemporánea, sino como uno de los más coherentes. Esta poderosa sensación de unidad viene servida a través de dos elementos decisivos: un estilo único y una temática muy precisa. DeLillo posee una escritura inconfundible, construida en torno a unas pocas características reiteradas y pulidas hasta la exasperación: diálogos donde prima el tono oracular, que se alimentan de la paradoja y el aforismo; un soberano talento para la descripción forense, a menudo cifrada en una voz glacial; un magnífico oído para detectar los argots de la época, la constelación de submundos que articulan la red semántica de la globalidad: biopolítica, economía, cibernética. Nutriendo ese estilo, descuellan los temas ineludibles de nuestro tiempo, el abecedario de temores y anhelos que el escritor neoyorquino ha elevado a rango de verdad revelada, y que en su caso podrían cifrarse en tres: la tecnología como triunfo y condena; la muerte como enigma y destino; el lenguaje como demiurgo y gran mistificador. Este matrimonio entre forma y contenido, entre un modo de narrar y un puñado de argumentos soberanos, alcanza en Cero K una de sus expresiones más perfectas, una suerte de decantación purísima. La novela posee en efecto mucho de omega literario, de puerto de llegada para una nave cargada de presagios y de preguntas.

En una obra tan atenta al rumor del aquí y del ahora, a las perspectivas siempre mutantes que faculta una velocidad de crucero tan altísima como la de la realidad actual, era inevitable que DeLillo acabara por aproximarse a un tema que ya no pertenece al campo de la ciencia ficción ni al imaginario de la literatura de anticipación, sino que está instalado en el corazón de nuestra época. Hablamos de la superación de la especie humana tal y como hoy la conocemos, de la abolición de la mortalidad o, al menos, de su domesticación. Pocos escenarios podrían servirle en bandeja a DeLillo un ambiente tan propicio para el cultivo de sus obsesiones como el de la reubicación del Homo sapiens en el orden planetario y la conquista paulatina de la inmortalidad. Cero K es, desde esta óptica, una novela religiosa, una encuesta fáustica en torno a nuestros límites, a propósito de la rebeldía del hombre como animal que se resiste a la extinción.

El elemento definitorio de la vida es que concluye. Esta idea, articulada como motivo recurrente a lo largo de la narración, sirve de percha a la peripecia intelectual y emotiva de Cero K, convirtiendo la novela en un simposio filosófico en torno al problema de la muerte en la época de la espesura digital. En Ruido de fondo, DeLillo había definido la tecnología como la naturaleza desprovista de lujuria. Tres décadas más tarde, Cero K ya no opone tecnología a naturaleza, sino que contempla la tecnología como una segunda fuerza natural añadida, cuyo dominio se ha independizado de su creador. La operación es sutil y abre perspectivas que se complementan. Por un lado, la tecnología es esa instancia que investiga el advenimiento de un tiempo en que la muerte podrá ser abolida; por otro lado, la tecnología es la garantía de que el mundo se encamina hacia su segura destrucción. Lo que acaso nos preserve mañana es lo que hoy amenaza con aniquilarnos. La pira en la que arderá la Tierra alimenta el mismo fuego que salvará a la humanidad. La camada tecnológica amamanta de forma indistinta al salvador y al asesino. Instalada en esta dialéctica, que recorre el laberinto de la circularidad argumentativa, Cero K es una invitación a convertirnos en peatones de ambas circunstancias: la debacle y la apoteosis.

La coartada para este paseo por las fronteras de lo plausible la presta un gigantesco programa de estudio llamado la Convergencia, en el que algunas de las mayores fortunas del planeta y muchos de sus mejores cerebros han unidos sus voluntades para detener el paso del tiempo, preservar a los cuerpos del deterioro biológico y aguardar el cénit de la redención tecnológica, un momento en el que quizá coincidan el final de nuestro mundo tal y como lo concebimos con la posibilidad de sustraer a nuestros organismos de la muerte. «Si somos capaces de pensar y de hablar de lo que puede suceder en los tiempos por venir», se argumenta en la novela, «¿por qué no dejar que nuestros cuerpos sigan a nuestras palabras hasta el futuro?» DeLillo no investiga con escrúpulo excesivo en las condiciones de esta operación situada entre la medicina y la teúrgia, la sintaxis robótica y los poderes del arúspice. Le basta, con su admirable poder como novelista, con sugerir el clima y el escenario, creando un espacio casi fantasmal hasta convertirlo en un renovado museo del asombro humano ante sus propios límites. Pues a lo que asiste el lector de Cero K es a la demolición del hombre y a la promesa de su renacimiento como una nueva entidad despojada de atavismos, una perspectiva mejorada y perfeccionada de su actual avatar.
El núcleo de problemas en que Cero K abunda pertenece al de los debates inaplazables. La novela ratifica de este modo la importancia de DeLillo como voz pionera en la indagación de las líneas de fuerza que dibujan nuestra época. En su análisis de las formas que hoy adoptan las viejas preguntas que nos conforman y atormentan (cuánto tiempo me queda, qué existe después de la muerte, por qué debo morir), la novela conquista una apertura que la orienta en la senda del relato filosófico, un camino del que autores como Stanislav Lem, los hermanos Strugatski, Philip K. Dick, Ursula K. Le Guin, J. G. Ballard y Thomas Pynchon se han servido cada uno a su modo para identificar no sólo los temas candentes de la contemporaneidad, sino el horizonte de la vida del ser humano sobre la Tierra.

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