La sentencia del sabio Miguel

Alberto Soldado

11.11.2013 | 05:30

Vive en mi pueblo un sabio, Miguel el Pelindango. Como todos los de su generación, acudió a la escuela del pueblo hasta edad de poder ayudar a las faenas del campo: diez u once años. En aquellos tiempos difíciles la conciencia productiva estaba muy impregnada en las familias. En los medios agrícolas, estudiar era cosa de los hijos de los ricos, algunos para hacer el ridículo, no crean. Los de los pobres, que eran casi todos, fabricaban sus propias carretillas para recoger las boñigas de los animales de labranza, que todo era aprovechable. Eso del reciclaje lo tenían como norma, sin saber que aprovechar los restos de comida para engordar al gorrino, o remendar zapatos y pantalones sería considerado hoy un ejemplo de comportamiento cívico. También es verdad que llegada la temporada taurina salían a las calles unos cuantos paisanos, perfectamente reconocidos, que se ensañaban con los animales a base de garrotazos a la espina dorsal. En eso, en cuestiones de garrotazos y castigos corporales o espirituales hemos avanzado hacia la civilización. En lo del espíritu de productividad, en el sentido del ahorro y en cosas relativas al santo temor a Dios, hemos tomado un camino equivocado.
Lo de la necesidad de trabajar para ganar dinero se nos inculcaba de bien niños y llegada la temporada tocaba espigolar garrofas, recoger las que el dueño se olvidaba en el campo, que se vendían al comerciante de turno. Tantos kilos, tantas pesetas. Ni IRPF, ni IVA, ni declaraciones, ni papeles llenos de siglas.
En el ayuntamiento trabajaba el discapacitado de turno. Uno. No había presupuesto para más. Y todo el mundo entendía que había que ayudar a quien no podía ganarse la vida en la obra o en el campo. En la Caja Rural, un comité de hombres de reconocida trayectoria cívica ayudaba con créditos blandos pero siempre bien garantizados a comprar más tierra, el primer tractor o reformar la casa. Nadie estaba hipotecado. Era una tacha en la credibilidad social. Llegar a la hipoteca era consecuencia de una mala administración: hombre de principios poco sólidos. Ninguno de aquellos directivos cobraba una peseta. Como mucho, una cena al año, en plan discreto. Nada que ver con los consejeros de hoy, profesionales, todos ellos hombres de una o dos carreras universitarias. Otro sabio, el tío Chivinera, viejo comunista admirador de un maestro republicano de Buñol solía decir: «Chiquillo: la inteligensia igual sirve p´haser el bien que p´haser el mal€». El tío Chivinera entendía lo de la inteligencia como tener una carrera. Los hombres sin estudios lo interpretaban así.
Tengo para mí que aquella sentencia del sabio Miguel, el Pelindango, el que vive en mi pueblo, tenía mucho de profética. Cuando desapareció la Caja Rural engullida por entidades superiores gestionadas por profesionales; se llenó el ayuntamiento de empleados, las conselleries de despachos dispuestos a inventarse trabajos improductivos y costosos, y los jóvenes se tiraban hasta los 30 años estudiando carreras sin necesidad de plegar boñigos y espigolar garrofas, se fue la luz en el bar del Raspa. Vidal, dueño y camarero, buscaba desesperado una vela para salir de la oscuridad absoluta. Momento en el que Miguel el Pelindango sentenció: «Déjalo Vidal, para lo que hay que ver€». El sabio Miguel.



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