Proustiana

Mara Calabuig

14.11.2013 | 05:30

La fascinación de Proust respecto al atuendo femenino se manifiesta considerándolo como elemento plástico indiscutible, definitorio además de cada personaje en sí mismo y en su puesto social. El autor va dibujando todo un guardarropa, atento a lo que se lleva en casa (batas, saltos de cama, albornoces, manteletas), fuera de ellas (abrigos, paletots, chalecos, manguitos, estolas) y en las recepciones o el teatro. La vestimenta es clave en las páginas de À la recherche du temps perdu. Con una mirada experta y minuciosa, el escritor revela modas y modos de la sociedad ochocentista. Así se refiere a la princesa de Guermantes: «Su cuello y sus hombros emergían de una nívea oleada de muselina sobre la que oscilaba un abanico de plumas de avestruz, y el vestido, con el cuerpo adornado por inmumerables lentejuelas de metal o de brillantes, moldeaba su cuerpo con precisión». En este caso, la referencia admite, incluso, comprobación. Existe una fotografía, tomada el 5 de septiembre de 1887 por Paul Nadar, que representa a Mme. Greffulhe „tenida como principal modelo real de la aristócrata de ficción„ vestida por Worth tal como Proust explica y con el espectacular abanico desplegado, enmarcando la cabeza suavemente ladeada.
La inagotable obra de Proust lo es igualmente en su faceta testimonial de las modas del «tiempo perdido», un tiempo en el que era ya patente la presencia de los primeros coutouriers, tal como expresa Proust: «Modelos de Callot, de Doucet o de Paquin, copiados por una modista, no serán jamás los mismos». Nombres que figuran en la escritura proustiana junto al citado Worth y, por supuesto, nuestro compatriota Fortuny, rodeado de la más alta estima, y al que asigna el escritor esta imagen: «El vestido de Fortuny que aquella noche llevaba Albertine me pareció la sombra tentadora de una invisible Venecia. Era de un azul profundo que se tornaba en oro, del mismo modo que, ante la góndola que avanza, se convierte en metal resplandeciente el agua azulada del Gran Canal».
Alguien ha señalado que las primeras apariciones de Odette hacen pensar en pinturas de Manet: «Con vestido de seda rosa y un gran collar de perlas, estaba sentada una joven acabando de comer una mandarina». En otra ocasión la retrata con un curioso maridaje masculino/femenino, bien anticipativo: «Llevaba un tocado ajustado, parecido a un bombín ribeteado de seda color cereza. Una de sus manos, veladas por mitones, sostenía un cigarrillo; la otra, un gran sombrero de paja». Sombrillas, sombreros, chales, joyas, guantes, nada escapa a la mirada de Proust, a veces acariciadora, laudatoria..., y otras, cargada de censuras hacia lo que juzga vulgar, mediocre o improcedente. Entonces emplea los dardos de una ironía sutil y punzante. La perspicacia del celebérrimo escritor es admirable. No olvidemos que, antes que novelista, Marcel Proust cultivó la crónica de modas en algunas revistas de la época. Especialidad que puede, por lo tanto, presumir del más refinado pedigree, sobre el cual habrá que volver otro día.
El propio Proust, en el tomo final de la Recherche, apunta: «Yo pensaba que sobre mi gran mesa de madera blanca, contemplado por François, trabajaría casi como ella y construiría mi libro, no me atrevo a decir ambiciosamente como una catedral; sencillamente, como un vestido». ¿Cabe más clara comparación?



Enlaces recomendados: Premios Cine