26 de septiembre de 2015
26.09.2015

La anemia de los argumentos

26.09.2015 | 04:15

No nos fustiguen más, por favor. Con la campaña del 27 S en Cataluña nadie duda ya que los ciudadanos españoles, incluso los catalanes, vamos a estar sometidos hasta Navidad a una especie de tremendismo retórico que no ayuda precisamente ni a la búsqueda de la verdad ni a perfeccionar la razón y el entendimiento necesario para ir a depositar el voto en las próximas elecciones generales. Quizás eso sea lo que se pretende. El proceso soberanista de Cataluña es un buen ejemplo de ello. Políticos, tertulianos, representantes empresariales, incluso periodistas se disputan el honor de quién dice las mayores chorradas. No quieren comprender que todo ello a lo único que lleva es a incrementar el resentimiento y a demostrar la incapacidad, sobre todo de nuestros gobernantes, para un diálogo rigoroso, público y entendible para la mayor parte de la ciudadanía. Bien es verdad que la retórica es necesaria en la vida política, pero la pedagogía y la verdad también.
Desde la España nos roba a Madrid nos roba se pueden confeccionar un conjunto de eslóganes que, como las modas, pasarán sin dejar huella aunque desde la Comunitat Valenciana sea más veraz lo segundo que lo primero. Madrid, tanto con el gobierno del PP como con los Gobiernos del PSOE nos ha mantenido en el último lugar del escalafón. Bien merecido por otra parte porque cualquier negociación sin fuerza lleva siempre a una claudicación, que es lo que nos ha sucedido a los valencianos.

Hace unas semanas escribía en que desde la Restauración canovista no se nos presentaba oportunidad mejor para tener ese necesario poder de negociación que en una democracia lo dan los votos y el número de diputados en el Congreso de Madrid. No son referentes significantes para lo que necesitamos los diputados que hasta ahora han salido de Castellón, Valencia y Alicante de los dos partidos que han gobernado España.
Santo Tomás de Aquino afirmaba «política ordinatur ad bonus communa civitatis», la política y las leyes se han de subordinar al bien común. También la retórica que nos queda por padecer se debería subordinar al bien común y, prohibido prohibir todo menos las tonterías y la falta de talento en todos aquellos que tengan algo que decir.

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