18 de junio de 2016
18.06.2016

El toro embolado, más que una fiesta

18.06.2016 | 04:15

C uando de manera coloquial la gente habla de la tradición del toro embolado, o el arraigo popular que tiene éste en algunos pueblos, puede dar la errónea sensación de que se está hablando de una fiesta con una historia más o menos reciente, de algo parecido a la Tomatina en donde unos alborotadores locales, en vez de tirarse tomates, hubieran decidido ponerle bolas de fuego a un novillo, con el fin de hacer más espectacular su lidia por las calles. Pero esta idea, equivocada y preconcebida, se encuentra muy lejos de la verdad.

Del mismo modo, tampoco tiene su origen en las tradiciones minoicas, griegas y romanas en donde, mediante el sacrificio de animales sagrados, se hacían ofrendas a los dioses. Aunque en general, toda la tauromaquia deriva directamente de estos ancestrales ritos, en particular, el toro embolado tiene un origen más concreto y preciso. Conmemora un hecho histórico, documentado y de fundamental relevancia, que sucedió hace ya la friolera de 2.244 años, que se dicen pronto...

Corría el año 228 a.C. y el jefe íbero Orisson se enfrentaba, en las cercanías de la actual Elche, al temible ejército invasor del cartaginés Amílcar Barca. Famoso general enemigo de la Roma imperial, fundador de ciudades como Barcelona y Alicante, y padre del todavía más famoso Aníbal. El ejército cartaginés era muy superior en número, así que el bueno de Orisson tuvo que ingeniárselas para poder lograr la victoria. Para eso, reunió todo el ganado de reses bravas que pudo, más los bueyes de carga, y les colocó balas de paja en las astas. Acercándose con sigilo al campamento enemigo, prendió las balas de paja, y achuchó a los astados en su contra.

El rebaño de toros embolados entró con furia en el campamento cartaginés provocando el pánico, no solo entre los soldados, sino también entre los elefantes de guerra que caracterizaban a este ejército, los cuales huyeron despavoridos ante los toros y el fuego, haciendo incluso más daño los propios elefantes que los toros. El caos reinó entre los cartaginenses, y Orisson consiguió una gran victoria sobre el ejército de Amílcar, el cual, murió poco después, en el Júcar, a causa de las heridas producidas en esta batalla.

Desde entonces, desde hace más de dos mil doscientos años, que no son pocos, en los días de fiesta del levante español, se conmemora, aunque ya se haya olvidado, dicha victoria embolando toros. Del primero sobre el que se tiene documentación es el Toro de Mora de Rubielos, el 28 de abril de 1677, que se emboló para celebrar la visita del rey Carlos II.

Así pues, el toro embolado no es una tradición surgida por arte y gracia de un vándalo cualquiera, si es que acaso dicha tradición pudiera ser considerada como algo vandálico. Conmemora un hecho histórico, real y verídico, acontecido hace ya más de dos milenios, y que sin duda, tuvo una importancia capital en el devenir de la historia de Hispania. Y por si eso no fuera poco, el toro embolado supone algo mucho más relevante, desde el punto de vista antropológico, que una mera celebración histórica: se ha convertido en uno de los pocos vestigios de rito de paso o iniciático, con muestra de valor, que quedan en Occidente.

En tiempos inmemoriales, las prehistóricas sociedades de cazadores-recolectores realizaban una serie de actos, llamados ritos de paso o iniciáticos, mediante los cuales una persona pasaba de un estado a otro, teniendo especial importancia el paso de la niñez a la madurez, y por lo tanto, a la etapa de cazador. Los ritos de paso requerían que el muchacho demostrara su habilidad, valor y destreza para convertirse en un verdadero miembro del clan. Tenía que pasar una prueba, objetiva y de cierta dificultad, que demostrara inequívocamente su madurez y valía. No servía una fiesta por su quince cumpleaños. No. Tenía que demostrar su competencia, virtud y habilidad, ya fuera con diez o con dieciocho años. No importaba la edad, sino la capacidad.

Muestras de estos ancestrales ritos quedan en las tribus que han permanecido asiladas del resto de la civilización. Por ejemplo, los vanatu, del Pacífico sur, demuestran su valor saltando al vacío desde una torre de 30 metros de altura, sólo sujetos por una liana, y con el objetivo de que su cabeza roce el suelo, sin llegar a estrellarse en él. Los hamar, de Etiopía, deben saltar, desnudos, por encima de los lomos de una densa fila de vacas, y si caen, no tendrán derecho a casarse ni serán considerados adultos. Sin duda, peor lo tienen los satere-mawe, del Amazonas, que deben introducir sus manos, sin dar muestras de dolor, en un guante lleno de hormigas bala, llamadas así porque su picadura es tan fuerte que parece un balazo.

Vestigios descafeinados de estos ritos de paso son la comunión y confirmación católica, la quinceañera, o el bar y bat mitzvás judío, entre otros. Sin embargo, estos actuales ritos, se han convertido en meras fiestas, que solo responden a la edad del protagonista, y en donde ni existen muestras de valor, ni de aptitud. Por contra, el toro embolado no entiende ni de edad, género o condición, y sí que evidencia una muestra de valor inequívoca. En el momento de cortar la cuerda, en la tallà, el tallaor se enfrenta él solo a un toro encolerizado, que está fresco, al cien por cien de su fuerza, y que tiene la mirada y furia fijas en la persona que le está cortando la cuerda... Es el momento de más emoción de todo el festejo, y el que más peligro reviste.

Liberar a un excitado y violento toro bravo de 500 kilos, que no para de moverse, con fuego en sus astas, metiéndote entre ellas cuchillo en mano para cortarle la cuerda que lo sujeta al pilón, y a sabiendas que él solo quiere descargar su fuerza contra la persona que tiene enfrente, requiere, además de una enorme destreza, un innegable valor. Un valor que va en la sangre, que no entiende ni de políticas, ideologías o condiciones físicas. El tallaor es un joven estudiante, un curtido hornero, un recién casado, una futura madre, un ingeniero. Tallaors los hay de izquierdas, de derechas, de centro y de nada. Hombres y mujeres. Hábiles y torpes. Jóvenes y no tan jóvenes. Es algo que tiene que ver con el valor y con el orgullo de hacerlo, con el honor de saberte miembro por derecho propio de ese exclusivo clan de tallaors.

Además, se debe resaltar que el tallaor no es un profesional de este arte. Es una persona normal, alguien que, literalmente, se juega la vida a cambio de nada. Al contrario que sucede con los toreros, al tallaor nadie lo va a conocer después, no va a ganar dinero por ese acto, ni va a conseguir fama y gloria. Sin embargo, va a tener la satisfacción personal, el orgullo, la honra, de pertenecer a ese selecto grupo de valientes que, alguna vez, cortaron la cuerda. Es un sentimiento. Una filosofía.

Una pasión. Algo que, sencillamente, hay que hacer una vez en la vida. Este acto es un genuino rito de paso que nos conecta con nuestros más lejanos ancestros, con nuestra verdadera naturaleza, con nuestro auténtico espíritu. Nos devuelve a los orígenes de la humanidad, en donde todo es rito y magia, amor y unión, sacrificio, respeto, lealtad... El tallaor realiza un viaje espiritual a la tribu, al clan, a la esencia de la humanidad.

Tanto desde el punto de vista conmemorativo, con una historia de más de 2.200 años de antigüedad, como desde el punto de vista antropológico, siendo uno de los pocos ritos de paso que existen en Occidente, el toro embolado supone un acto que va mucho más allá de un mero festejo, ya que refleja la esencia y virtud del ser humano, su valor, su inteligencia, su condición humana al tiempo que animal. Es algo único, propio, autóctono del levante español, y que debe ser considerado, sin lugar a dudas, como un importante patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, y por lo tanto, debe ser protegido y respetado como tal.

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