21 de agosto de 2016
21.08.2016

El viajero sedentario

21.08.2016 | 04:15
El viajero sedentario

Cuando no viajo, me gusta mirar mapas, planos de ciudades, leer libros cuyo protagonista es un nómada empedernido o un ser alérgico a las raíces. Entonces, los hoteles o las pensiones surgen como lugares de acogida, campamentos base efímeros desde los cuales uno planea rutas y expediciones de largo e imprevisible alcance. Tampoco vayamos a idealizar estos establecimientos, pues también pueden ser lugares muy fríos e inhóspitos. Aun así, siempre tienen ese punto de tierra de nadie que a algunos inquieta y a otros nos inspira, aunque sea para morirnos de tedio. Tedio que es necesario como punto de arranque para, por lo menos, comenzar a escribir alguna historia o alguna frase suelta y nada esperanzadora. Pensar con cierto placer arrebujado que esa habitación que te ha tocado en suerte no pertenece a nadie y, de alguna manera, pertenece a todos. 

Cuando no viajo, sigo viajando, y quizá con mayor intensidad. Desplegar el plano de París o Lisboa y, aguzando la vista, tratar de encontrar determinada calle o plaza es una manera de recuperar los pasos perdidos. O, en fin, de constatar que todavía queda mucho por ver. Uno recuerda caminatas por senderos polvorientos y con aire quijotesco, o pancesco, según se mire. Y como fondo, la ciudad de Albacete como una extraña aparición, como una alucinación manchega, como un brote inesperado en medio de la gran llanura. O una caminata por un Badajoz ardiente y también algo alucinatorio, siempre a punto del vahído, tratando de mantener el tipo y no derrumbarme en plena vía comercial, con sus comercios exhalando bocanadas gélidas de aire acondicionado a un exterior tórrido. Un contraste demencial.

Me salvó del desmayo la borrosa visión de una iglesia. Las iglesias, siempre tan frescas en plena canícula y que tienen la virtud de acoger al necesitado, y crean que en aquellos momentos yo era un ser absolutamente necesitado. No creo caer en blasfemia si afirmo que gracias al agua bendita que me pasé por el cuello y la frente, recuperé el aliento, la serenidad y, sí, también la vida. No todo va a ser Roma o París. Algunos de ellos, son paseos de circunvalación, suavemente periféricos. Acceder despacio a la ciudad, cualquiera que sea la ciudad, acaba siendo una conquista muy civilizada. Una aproximación demorada a su corazón. Por supuesto, continúa fascinándome el Harry Dean Stanton de París-Texas, caminando en el desierto bajo un sol descomunal, afectado de mutismo y de obstinación. Porque, cuando no camino, pienso en esos caminantes desaforados y mis piernas piden kilómetros. Entonces, el cerebro les aconseja a esas piernas que se calmen, que ya va acabando el tiempo de la escritura y de la posición sedente, y que pronto serán liberadas. 

Y cómo no acordarse de aquellas largas, casi interminables caminatas en busca de una de esas míticas calas recónditas. De ensueño, que diría el cursi que llevamos dentro. Sí, esas calas que nos han vendido como inaccesibles debido a la extrema dificultad del terreno. Calas de aguas cristalinas. Cómo no acordarse de la tremenda decepción, al constatar que tales calas están abarrotadas de bañistas que también se han enterado del secreto. Por supuesto, ya no volveremos a morder el anzuelo. Pasar de puntillas por el Ballermann, pero pasar sin miedo, y saberse un ser extraño, un marciano indígena en terreno hostil. Todo sea por el bien de la investigación y por el trabajo de campo. Cuidado con las conclusiones precipitadas que alimentan la confusión: uno no es para nada senderista o, al menos, no ejerce como tal. Claro que uno puede dárselas de exquisito y afirmar que para nada es turista o senderista, sino viajero y caminante y, sin darse cuenta, haber entrado ya en la categoría de turista en casa y de senderista por los caminos inescrutables. 

Algunos, cuando se cruzan conmigo por la calle, afirman no haberme saludado por temor a perturbar mis cavilaciones peripatéticas o, en fin, a estropearme el artículo que ando mascando con expresión de rumiante provecto. Les agradezco el sumo respeto, aunque no hace falta exagerar la nota. Ya saben, basta con un leve arqueamiento de la ceja siniestra, y listo el asunto. Aunque, de vez en cuando, se agradecen esos abrazotes que lo sacan a uno, eso sí, de forma algo brusca, de sus ensoñaciones y demás alcoholes mentales. Y, ahora, disculpen, mis piernas exigen su cuota diaria de droga blanda. Así que, con la venia, voy a caminar este artículo, a darle un buen viaje.

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