29 de noviembre de 2016

La culpa

29.11.2016 | 04:15
La culpa

La muerte no borra la vida ni la obra de ningún difunto. La muerte, que suele venir casi siempre sin aviso, no indulta. Como tampoco lo hacen las urnas, aunque se tienda a pensar que sí. La noticia del fallecimiento de la alcaldesa vitalicia de Valencia, de la Rita de rojo del PP, pilló desprevenida a la opinión pública el miércoles de las emana pasaada a primerísima hora de la mañana. Y como pasa con estas cosas, en ese momento en el que a nadie le da tiempo a pensar, el dolor de unos, la falta de compasión de otros y la miseria moral de muchos se fueron retratando.

Primero se montó un lío por un minuto de silencio convocado en el Congreso porque no se quería confundir un homenaje político con dar las condolencias a la familia por el fallecimiento de la senadora. Después, varias voces de su entorno político se alzaron entre pésames y alabanzas cuando hasta hacía un día no era ni del mismo partido. La culpa iba y venía. En los primeros minutos de la mañana, Celia Villalobos, por el linchamiento mediático y social que había sufrido en los últimos meses, tras iniciarse la investigación por el caso Taula, responsabilizó a la prensa. Ya había verdugo. Y mientras, su partido iniciaba la campaña de elogios hacia su persona, su trayectoria política y los años de dedicación a la vez que pedía, con lamentos, reflexiones. Dos días antes, dos senadoras populares no quisieron comer con ella en la misma mesa. Y ese partido nos pedía a los demás que reflexionáramos. Era difícil acertar con el mensaje.

Su cuñado vino a dar una vuelta de tuerca y a decir que su propio partido había tenido una aportación fundamental a su muerte. Y se añadía otro verdugo. Pero, lo cierto es que con 68 años, Barberá optó por seguir dedicándose a la política, con la herida abierta de una investigación por blanqueo de capitales que tenía en el banquillo a su grupo popular. Decisión propia. Podía haberse ido. Podía pero no lo hizo. Lo que quiso fue abandonar su partido y marcharse al mixto pero no dejar la condición de senadora. Y seguir, pese a que sabía que iría a declarar al Supremo. Barberá conocía que se exponía al helor del partido y a la crudeza mediática al seguir en una vida política inmersa en el charco judicial. Y aún así, tiró adelante. Otra decisión. La última culpa llegó en el tanatorio. La exedil Mayrén Beneyto apostilló que si Rita siguió, a pesar de que prefería retirarse, fue sólo porque Rajoy y Cospedal se lo pidieron. Una losa insoportable para cualquier conciencia. Más, a las puertas de un cementerio. Para más inri, la familia decidió que sería conveniente que ningún político fuera por allí. Forma educada de decir que si en vida la habían dejado tan sola, no hacía falta que en la muerte la acompañaran. Una manera de castigarlos a todos públicamente como todos la castigaron a ella. La consecuencia es que el PP se está replanteando hoy las líneas rojas. Han crecido las voces en el partido para que la dirección suavice la mano dura a los imputados. ¿Y qué dirá entonces la opinión pública?

La prensa hizo su trabajo. Contó la causa, las irregularidades contables y la presunta corrupción política. Nada que no avalen los juzgados. Del mismo modo que los jueces y los fiscales hicieron el suyo. No se les puede pedir que no lo hagan. Como tampoco se puede pedir a la prensa que suavice las críticas ante la corrupción o a los juzgados sus líneas de investigación. Los partidos tampoco pueden aflojar con las presuntas tramas en sus senos. ¿Cómo entonces tendrán credibilidad? La opción, quizá, para dejar de tirarnos la culpa al resto, será otra. O hacerlo bien o quedarse en casa ante la posibilidad de ser investigado. La prensa ejerce la tarea de informar, de contar injusticias y de impulsar causas sociales. Y últimamente, ejerce la denuncia de corruptelas. Ojalá lo hiciera la política. Ahora bien, tirarle la culpa a la prensa de la muerte de alguien por hacer su trabajo es pretender amordazar la libertad de informar. Y terriblemente injusto.
Es peligroso repartir culpas. Sobre todo cuando no se quieren asumir las responsabilidades. Y eso de los calvarios y de los crucificados en vida suele ser de la Semana Santa, allá cada uno con su procesión.

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