Naciones étnicas y culturales: El síndrome de Métis

07.06.2017 | 01:24
Naciones étnicas y culturales: El síndrome de Métis

El conflicto que se viene presentando en nuestro país desde hace generaciones se atribuye a la falta de cordialidad de las instituciones estatales centrípetas con los grupos denominados étnicos, sean o no periféricos, con sus lenguas, sus tradiciones y sus ritos. El término raza no suele emplearse entre nosotros por sus connotaciones perversas. Con todo, la gente se identifica de una manera o de otra, aunque ninguna de las categorías a las que se adscribe va más allá de las construcciones sociales: ni son científicas ni antropológicas, ya que en todos los casos se desvía la atención sobre el origen social, étnico o geográfico de los individuos y de los grupos que conservan cierta coherencia interna, y se ignora la ley natural de la hibridación y el mestizaje, fácilmente demostrables.

El asunto de la identidad nacional que citan una y otra vez, con absoluta ignorancia, los líderes políticos de nuestro país, es una asignatura pendiente incluso en zonas donde realmente existe una enorme diversidad, como Canadá y Estados Unidos de América. La Oficina del Censo norteamericano hizo una revisión (30 de octubre de 1997) de los perfiles demográficos y pautas de clasificación de razas y etnicidad, estableciendo cinco categorías de base: indio-americano y nativo de Alaska, asiático, negro o afroamericano, oriundo de Hawái y otros isleños del Pacífico y, finalmente, blanco (procedente de Europa, Oriente Medio y Norte de África). Por falta de mejor asignación, quedaron aparte, por un lado, el grupo otra raza, y, por otro, aquellos que no habían declarado en la redacción del censo su pertenencia a ninguna de las susodichas. La elaboración del censo en unos casos es sumamente compleja, y en otros relativamente sencilla. Por ejemplo, los nativos de Alaska se identificaron como esquimales, aleutas, indio-alaskeños, iñupiat (de la región denominada Arctic Slope), yupik, alutiiq, egegik y privilovianos. Las tribus de Alaska constan como alasko-atabascanos, tlingit y haida.

El modelo descrito no puede aplicarse en la Comunitat Valenciana, Cataluña, Aragón, País Vasco, Andalucía, Galicia ni en el resto de comunidades del Estado español. De los poros de cada ciudadano saldría sangre hirviendo. No obstante, ha habido intentos de aproximar la llamada etnicidad a la ciencia, como el de unos investigadores del Departament de Ciències Experimentals i de la Salut, Instituto de Biología Evolutiva (CSIC-Universitat Pompeu Fabra). En su trabajo, publicado en inglés en European Journal of Human Genetics (2015) 23, 1549–1557, declaraban «haber intentado diseccionar las intricadas relaciones entre los apellidos (catalanes) y la diversidad del cromosoma Y en Cataluña, que son el resultado de no sólo de su herencia compartida, sino de la historia, la lingüística y la cultura». Su conclusión fue que «queda por demostrar qué detalles de esta relación son compartidas en otras sociedades europeas y cuáles de éstas albergan nuevos niveles de complejidad».

Ignoro el alcance de los estudios filogeográficos sobre los linajes del cromosoma Y, pero sí sabemos que los resultados obtenidos son cada vez más discutibles. Cuando se analizó y descubrió la presencia del RH negativo del pueblo vasco, se observó su especial singularidad respecto a la población europea, pero nadie ha demostrado –ni nunca se hará– que los vascos formen parte de una especie a-humana, con necesidades y destinos diferentes. Ni tampoco es fácil determinar, sin causar asombro, quién fue el primero en llegar al sitio. Hay en Girona un magnético Museo de historia de los judíos en el que se puede leer: «Los judíos no llegaron a Cataluña, sino que fue Cataluña la que llegó a un lugar donde ya había judíos desde tiempos muy remotos». Antes que tú ya estaba yo, sin más disquisiciones.

Volviendo a la cuestión de las taxonomías etno-sociológicas, el segundo país al que me he referido anteriormente –Canadá– destaca por su complicada estructura étnico-política, social, cultural y lingüística. Los nativos originarios de Canadá reciben el nombre de «primeras naciones», que alcanzan una población de 1,3 millones de personas y constituyen 634 naciones. Quedan excluidos de la terminología los inuit (o esquimales, término peyorativo) y los métis. Estos últimos (la palabra francesa métis significa mestizo) carecen de identidad aborigen, puesto que descienden, desde tiempos coloniales, de uniones exogámicas (una india y un colono francocanadiense o británico), acto conocido como «marriage à la façon du pays» –matrimonio a la paisana– y están repartidos por tierras canadienses y estadounidenses. Los métis hacen alarde de su propia cultura, al igual que los acadianos (colonos franceses fundadores de Acadia), algunos de los cuales están emparentados con los métis.

Los tratados acordados por europeos e indio-canadienses a lo largo de los siglos han servido de base a la actual administración para el reconocimiento del derecho de las diversas poblaciones –tribus, bandas, naciones– al autogobierno. Para ello se ha tenido que seguir un proceso de reconocimiento de las individualidades como integrantes de una nación concreta, aportando documentación escrita o testimonios verbales identificando a cada solicitante como miembro con pleno derecho al indigenismo.

El resultado ha sido variable. Cuando, por analogía, Quebec exigió al gobierno de Ottawa que reconociese a su provincia como nación, tal como se venía haciendo con las «primeras naciones», el Parlamento llegó a aprobar (27 de noviembre de 2006) que Quebec era «una nación en un Canadá unido».

El nacionalismo nunca acaba con solemnes declaraciones oficiales ni con actos que no conduzcan a la disgregación. Como expresamos antes, los modelos expuestos parecen ser un apaño para calmar las aspiraciones de los activistas etnocéntricos. Canadá aplica sabiamente la pauta del gobierno responsable (gobierno autonómico), tan utilizada por Gran Bretaña en sus dominios, pero conservando la plena soberanía.

Al Gobierno español le aterroriza, en cambio, que se levante la voz de la independencia en un territorio de su jurisdicción, exhibiendo una actitud hamletiana ante la posibilidad de caer en el todo o la nada. Por su parte, los líderes de la oposición enarbolan ufanos la palabra nación –nación política, nación cultural, da lo mismo, puesto que el término se lo han silbado a la oreja– sin entrar en más detalles. Pero nadie aclara cómo el resurgir de una nación crea derechos en sus propios agentes y también en los ocupantes de un territorio que carecen de RH o de apellidos privativos, un grupo numeroso que sufre, entre tanto vaivén, del síndrome de métis. La tarea de ejecutar en Cataluña, el País Vasco, Galicia, Aragón, Comunitat Valenciana o Andalucía un censo de razas, grupos étnicos, lenguas, dialectos, hablas, danzas y ceremonias propias de cada nación, pueblo, banda, tribu, barrio o familia, al estilo de Canadá o Estados Unidos, reconociendo y confiriendo a todos sus componentes, mediante tratados singulares, los mismos derechos hereditarios, nos parece inabordable y grotesco.

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