22 de septiembre de 2017
22.09.2017

Piropos

22.09.2017 | 04:15
Piropos

Quiero ser libre. Sí, libertad para intentar mi búsqueda privada de la felicidad. Según mis valores y también dependiendo del resultado de mis propios esfuerzos. Hay cuestiones que parecen obvias, pero –vistas las polémicas que se siguen desatando en este país– parece que tal vez no estaría de más aclararlas de nuevo. Soy mujer. Por ser mujer no necesito que nadie me tutele y no tengo por qué tolerar que se intente controlar ninguno de los aspectos de mi vida. Tengo muy claro que no soy –ni quiero ser– igual que un hombre. Probablemente no tengo la misma fuerza física y a cambio puede que posea algo más de intuición. O no. Pero las diferencias físicas no justifican que se me considere un ser mentalmente inferior, que no puede tomar sus propias decisiones. Ni tampoco que se me pongan más dificultades para acceder a un bien, o se me niegue esa posibilidad. Llámese cargo de responsabilidad o la entrada en un club social.

Es por ello que me molestó profundamente que en uno de mis viajes a Italia –en la Europa de pleno siglo XXI– un señor me conminara a abandonar la playa en la que estaba por no llevar puesta la parte de arriba del bikini. Todo deleitándome con un bañador estrecho y un torso con una barriga cervecera apoteósica y más tetas que yo. Evidentemente, no le hice ni caso. Si no le gustaba lo que veía, lo tenía tan fácil como no mirar. Pero no, la solución era que yo me tapara o me fuera a otro sitio. Por la misma razón atiendo perpleja a la polémica desatada en Gijón con el bañador de una socorrista. Para evitar comentarios machistas y groseros la solución es que se ponga pantalón. Con ese mismo razonamiento se inventó el burka. Y probablemente es el que utilicen los energúmenos que a una chica violada le preguntan si llevaba minifalda o si se ocupó de cerrar bien las piernas.

Como mujer, voy a intentar explicarles algunas diferencias. Algunas de las que se erigen en feministas pretenden que el piropo es machista. Pobre de la literatura universal. Por no hablar del mal personificado en la poesía. A ver si lo entendemos. Ángel González escribe: «Si yo fuese Dios y tuviese el secreto, haría un ser exacto a ti; lo probaría (a la manera de los panaderos cuando prueban el pan, es decir: con la boca) y si ese sabor fuese igual al tuyo, o sea tu mismo olor, y tu manera de sonreír, y de guardar silencio, y de estrechar mi mano estrictamente, y de besarnos sin hacernos daño –de esto sí estoy seguro: pongo tanta atención cuando te beso–; entonces, si yo fuese Dios podría repetirte y repetirte». Cualquier mujer en su sano juicio estaría encantada de ser la destinataria de semejantes palabras.

Comparemos con Luis Fonsi: «Si te pido un beso, ven, dámelo. Yo sé que estás pensándolo. Llevo tiempo intentándolo. Mami esto es dando y dándolo. Sabes que tu corazón conmigo te hace bom bom. Sabes que esa beba está buscando de mi bom bom. Ven, prueba de mi boca para ver cómo te sabe. Quiero, quiero, quiero ver cuanto amor a ti te cabe. Yo no tengo prisa, yo me quiero dar el viaje». A los que no vean ninguna diferencia en el respeto con el que se trata a la mujer y la concepción que se tiene de ella en cada uno de los fragmentos es inútil que intente explicarles la diferencia entre un piropo y una grosería. Y cuál de los dos es machista. Aún así, tal es la sorpresa de que Despacito no estuviera entre las canciones sugeridas para las fiestas populares por el Instituto Vasco de la Mujer que éste se ha visto obligado a aclarar que «ningún estilo es sexista, ningún género musical alienta la violencia contra la mujer, ninguna forma de bailar y ninguna canción ha sido vetada». Claro que sí, guapi. Aunque –pensándolo bien– si no censuran las letras que ensalzan el terrorismo a ver por qué iban a hacerlo con las que denigran a la mujer.

Por todo ello resulta todavía más chocante que los de la CUP, que hablan en femenino siendo hombres porque consideran sexista que el género neutro de las palabras coincida con la forma masculina –cuando no nos martirizan con el todos y todas, compañeros y compañeras– sean los que luego ponen a la mujer a barrer en sus carteles propagandísticos. Probablemente no sea lo peor del mensaje que quieren transmitir –ni más ni menos que eliminar a la mitad de la sociedad que no piensa como ellos–, pero no por ello es menos significativo. Ni somos un peligro –al que haya que tapar para que no sea el hombre quien aprenda a controlar sus instintos– ni somos mentalmente inferiores –seres a los que haya que poner a barrer porque es lo suyo–. Hasta que no entendamos esto, la igualdad de derechos seguirá siendo una utopía. Por mucho que sigamos mareando la perdiz con anécdotas como los supuestos piropos machistas. de vuelta, como un bumerán.

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