05 de abril de 2018
05.04.2018

Praga, 1968: la destrucción de una esperanza

04.04.2018 | 21:28

El año 1968 fue un año de esperanza. Parecía que se estaba a las puertas de una gran revolución mundial: los movimientos estudiantiles y las huelgas obreras se sucedían por diferentes lugares del mundo (principalmente en Italia, Francia, Japón y México); la ofensiva del Tet supuso el principio de la derrota norteamericana en Vietnam; en Estados Unidos la revuelta de los estudiantes se manifestó contra la guerra, se reorganizó el movimiento feminista y, después del asesinato de Martin Luther King, se articuló un potente movimiento afroamericano alrededor de los Black Panthers. A pesar de la contundencia de las fuerzas contrarrevolucionarias en contra de esos despertares, la esperanza daba muestras de victoria: triunfo socialista en Chile y gobierno de Allende en el año 1970, la Revolución de los claveles en 1974 en Portugal, las movilizaciones obreras y estudiantiles que marcaron el tardofranquismo en España.

Sin embargo, aquellos años de esperanza fueron una ilusión y la Primavera de Praga la primera señal de un peligroso destrozo que no solo destruyó la esperanza de millares de personas que soñaban con otros horizontes, sino que se construyó un mundo en el que se le decía a las nuevas generaciones que «no hay futuro». El primer acto de la Primavera de Praga tuvo lugar el 5 de enero de 1968. Ese día, el Comité Central del KSC (el Partido Comunista Checoslovaco), destituía a Antonín Novotný y nombraba secretario general a Alexander Dubcek, el hombre que iba a poner en marcha una reforma en el socialismo checoslovaco que no buscaba distanciarse del socialismo –como había ocurrido con la revolución húngara de 1956– sino que deseaba profundizar en su democratización.

El siguiente acto fue el 5 de abril de 1968, tal día como hoy hace 50 años. En la reunión del Comité Central del KSC celebrada ese día, se aprobaba el Programa de Acción, que entre algunos sectores comenzó a denominarse como el programa del socialismo de rostro humano y con el que los checoslovacos pretendían seguir su propio camino hacia el comunismo. El documento presentaba una serie de líneas de acción en diferentes ámbitos: con respeto a las libertades individuales y los derechos políticos, defendía la libre creación de partidos que aceptaran las instituciones socialistas, el derecho a la huelga, la libertad total de expresión y de movimientos, así como el reforzamiento de los órganos de poder democráticamente elegidos. Lo que se pretendía con este documento era reforzar el carácter democrático y avanzar en la construcción del socialismo, al tiempo que dar una respuesta a las necesidades económicas de la sociedad checoslovaca a esas alturas, que ya no venía a ser aquella de veinte años atrás.

Efectivamente, se redujo el papel del Estado a uno mero planificador general, encargado de las cuestiones macroeconómicas y del comercio internacional, favoreciendo en ese sentido la vía de la autogestión. En otros dos ámbitos como la estructura del Estado y las relaciones internacionales, se instauró el modelo federal, que reconocía los mismos derechos a Chequia que a Eslovaquia, y se mantuvieron los lazos con los países socialistas, aunque se le dio un nuevo ánimo a las relaciones basadas en la cooperación y el pacifismo o la no agresión. El socialismo que se desprende de este programa de acción, por tanto, no puede reducirse a la liberación de los trabajadores de la explotación capitalista –lo que se había conseguido nos pocos años de proceso socialista en Checoslovaquia– sino que debía conducir, también, al pleno desarrollo de las personas. He ahí la perspectiva que en el PSUC había puesto de relieve Manuel Sacristán, como expone Salvador López Arnal en la obra La destrucción de una esperanza (Akal, 2010).

La invasión y ocupación de Praga el 20 de agosto de 1968 fue el acto final de esta dramática destrucción de la esperanza. Repensar hoy sobre aquellos acontecimientos es una necesidad cierta si queremos construir una alternativa a la barbarie capitalista, pero hace falta no caer en la infructuosa tentación de repensar todo de nuevo: la obra de Sacristán, uno de los más lúcidos críticos de la invasión, es un buen punto de partida en esta nueva andadura.

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